26/03/2026
Señor, escucha mi plegaria, que mis gritos lleguen hasta Ti.
No me escondas tu rostro en el día de mi desgracia, vuelve tu oído hacia mí el día que te invoco, apresúrate en socorrerme.
Salmo 102 (101), 2-3
No me cansaré de repetir: la única salida liberadora y consoladora que puede encontrarse en este mundo frente a los duros golpes de la vida es la fe. La única ventana de trascendencia que podemos abrir cuando se clausuran todos los horizontes es la ventana de la fe.
Lo único que nos puede dar consuelo, alivio y paz cuando la fatalidad inexorable se abate sobre el hombre es la visión de la fe.
Esa fe que nos dice que detrás de los fenómenos y apariencias está aquella Mano que organiza y coordina, permite y dispone todo cuanto sucede en el mundo.
Frente al mundo ignoto se de las eventualidades, es mucho mejor detenerse y permanecer en silencio, abandonados en las manos del Padre, asumiendo con gratitud el condicionamiento personal y el misterio de la vida.
Si tuviéramos la perspectiva de eternidad que tiene el Padre, todas las cosas adversas que nos suceden cada día, las habríamos de considerar como cariños especiales del Padre para con nosotros sus hijos, para liberar, sanar, despertar, purificar ...
Contemplada la vida en esa perspectiva, jamás la fatalidad se enseñoreará sobre nuestros destinos.
Cierro, pues, la boca, beso su Mano, quedo en silencio, asumo todo con amor, y una profunda paz será mi herencia.
Extractado del L. Muéstrame tu Rostro
P. Ignacio Larrañaga
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