09/03/2026
La iglesia que se divide por orgullo, protagonismo o preferencias humanas ha olvidado algo esencial: en la Iglesia de Cristo no hay lugar para las DIVISIONES.
Pablo ruega a los corintios que hablen una misma cosa y que no haya divisiones, sino que estén perfectamente unidos en una misma mente y parecer (1 Co 1:10). El problema no era doctrinal sino carnal: contiendas que formaron bandos: “yo soy de Pablo”, “yo de Apolos” (1 Co 1:11–12). Cuando la iglesia se organiza alrededor de personas, gustos o liderazgos, deja de centrarse en Cristo. Por eso Pablo lanza la pregunta que destruye todo partidismo: “¿Está dividido Cristo?” (1 Co 1:13). La respuesta es obvia: no. Cristo es uno, su iglesia también debe serlo (Ef 4:3–6). Las divisiones nacen del orgullo y la sabiduría humana (Stg 3:16).
Hoy muchas iglesias repiten el pecado de Corinto: grupos internos, bandos silenciosos, lealtades a líderes más que a Cristo. Algunos no se han ido, pero ya están divididos en el corazón.
Es tiempo de arrepentirse. Cristo no murió para fundar partidos dentro de su iglesia (Jn 17:21). Si tu orgullo alimenta divisiones, estás atacando el cuerpo de Cristo (1 Co 12:25). Humíllate, busca la unidad y sométete a Cristo, porque una iglesia dividida no refleja al Señor que dice servir.