Catedral Ortodoxa Griega Santa Sofía

Catedral Ortodoxa Griega Santa Sofía Espiritualidad, notas y actualidad de la Iglesia Ortodoxa y el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla.

30/07/2026
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26/07/2026

+ Santo Evangelio según San Mateo 14:14-22

Imagina esto: un adolescente de pie frente a un refrigerador o una despensa llena de comida, diciendo: «Aquí no hay nada para comer». ¿Te resulta familiar? Probablemente nosotros mismos hemos hecho algo parecido y luego hemos decidido salir a comer o pedir comida a un restaurante. En este sentido, somos bastante afortunados, porque tenemos los recursos para obtener cualquier alimento, en cualquier momento y de la manera que deseemos. Por supuesto, esta es una situación peligrosa, porque puede conducir a dos cosas: la ingratitud y la glotonería.

Nuestra situación tiene contrastes y similitudes con la de los antiguos israelitas, a quienes Moisés condujo desde la esclavitud bajo los egipcios hacia el desierto del Sinaí (Éxodo 16). Tenían hambre y comenzaron a quejarse con Moisés, diciendo que hubieran preferido morir con el estómago lleno en Egipto antes que estar hambrientos y libres en el desierto (vv. 2-3). Eran ingratos por su libertad y carecían de fe. Sin embargo, Dios, por supuesto, ya tenía un plan para alimentar a su pueblo. Aquella tarde llegaron codornices y cubrieron el campamento, y por la mañana el maná yacía por todas partes (v. 13). El maná era una sustancia fina, pequeña y redonda (v. 14), semejante a semillas de cilantro blanco, con un sabor parecido al de las obleas hechas con miel (v. 31). Moisés declaró que era el pan que el Señor les había dado (v. 15).

Mientras proporcionaba alimento a los israelitas, Dios estableció tres mandamientos para el consumo del maná. Primero, cada hombre debía recoger según las necesidades de su familia (vv. 4, 16). Segundo, debía recogerlo cada mañana (vv. 4, 21). Y tercero, debía recoger el doble los viernes para poder descansar —es decir, no recoger maná— durante el santo sábado dedicado al Señor (vv. 5, 22-23). ¿Por qué dio Dios estos mandamientos? Él dice: «Para ponerlos a prueba, a ver si andan en mi ley o no» (v. 4). No debemos olvidar que Dios proporcionó el maná, en primer lugar, para que los israelitas «sepan que el Señor los ha sacado de la tierra de Egipto… y vean la gloria del Señor» (vv. 6-7). Estos mandamientos también fueron dados por el Señor para enseñar a los israelitas la santidad mediante tres principios: 1) la templanza, para protegerse contra la glotonería; 2) hábitos regulares de trabajo, para evitar la pereza; y 3) un descanso intencional, con el propósito de adorar a Dios.

Ahora bien, mientras Dios buscaba poner a prueba a su pueblo, algunos intentaban ponerlo a prueba a Él al tratar de acumular más maná del que necesitaban. Algunos recogían menos por pereza y otros salían a recogerlo durante el sábado. Dios también estaba dispuesto a enseñarles a estas personas orgullosas. Porque «el que recogió mucho no tuvo más, y el que recogió poco no tuvo menos» (v. 18). Los israelitas debían consumir el maná diariamente, pero quienes intentaban almacenarlo en sus casas descubrían que se echaba a perder al día siguiente (v. 20). «Algunos del pueblo salieron el séptimo día para recoger, pero no encontraron nada» (v. 27). Aparentemente, les tomó mucho tiempo aprender la lección, porque los hijos de Israel comieron maná durante cuarenta años en el desierto (v. 35).

La gran multitud y los discípulos que siguieron a Jesús en el Evangelio de hoy, el octavo domingo según Mateo 14:14-22, seguramente conocían la historia de los israelitas y del maná en el desierto. Por eso, cuando Cristo tomó los cinco panes y los dos peces y alimentó a cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y los niños (vv. 17, 21), la gente debió comenzar a comprender que Él era verdaderamente el Hijo de Dios, el mismo Dios que había alimentado a los israelitas cientos de años antes.

Nosotros también podemos aprender de estos dos relatos. Las mañanas de los domingos son un buen ejemplo. La Iglesia nos ha prescrito no trabajar en el Día del Señor y ayunar de alimentos y de pecado como preparación para recibir el nuevo Maná, el nuevo pan del cielo: el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Debemos preguntarnos: «¿Nos hemos hecho físicamente hambrientos mediante el ayuno para poder concentrarnos en nuestra hambre espiritual de Dios?».

La manera en que Jesús multiplica los panes y los peces nos proporciona un buen ejemplo para nuestras comidas diarias. ¿Miramos hacia el cielo, comprendiendo que los alimentos que tenemos delante y todo lo que poseemos provienen, en última instancia, de Dios? (Mt. 14:19). ¿Bendecimos y consagramos nuestros alimentos, nuestro hogar, a nosotros mismos y a nuestra familia, para que todo ello pueda convertirse en un sacrificio y un sacramento para Dios? ¿Partimos y compartimos nuestros alimentos y nuestras posesiones con los demás, especialmente con quienes tienen necesidad?

Estos santos hábitos de mente y cuerpo sirven para preparar el terreno de nuestro corazón y nuestra alma. Vivimos en una sociedad y en un mundo espiritualmente desolados. Estamos constantemente influenciados por este entorno, que carece de conexión con Dios. Nuestras quejas en la vida a menudo pueden centrarse en lo que creemos que está mal en el mundo y en las personas que nos rodean, y ciertamente hay muchas cosas incorrectas cuando buscamos encontrarlas. Sin embargo, arreglar a las personas y al mundo que nos rodea es imposible. Permitir que Dios nos transforme a nosotros sí es posible.

Por lo tanto, debemos estar agradecidos por los alimentos materiales y las posesiones con los que Dios nos ha bendecido. Además, debemos volvernos hacia Cristo en busca de plenitud espiritual cuando estamos aburridos, cuando sufrimos, cuando somos perseguidos y cuando nos sentimos alienados. Su maná se encuentra en la oración, en su Palabra, en el consejo espiritual y la confesión, en la reconciliación, en alimentar a otras personas y en muchos otros santos hábitos que la Iglesia enseña. Si todos buscamos ser alimentados y saciados de esta manera, entonces, como dice san Pablo en la lectura de la epístola de hoy, no habrá divisiones entre nosotros y estaremos perfectamente unidos en un mismo sentir (1 Corintios 1:10). ¡Amén!

Fr. Richard Demetrius Andrews
orthochristian.com

+ Santo Evangelio según San Mateo 5:14-19Esta lectura del Evangelio forma parte del Sermón de la Montaña de nuestro Seño...
19/07/2026

+ Santo Evangelio según San Mateo 5:14-19

Esta lectura del Evangelio forma parte del Sermón de la Montaña de nuestro Señor. En esta homilía, Jesús describe el tipo de vida que deben llevar quienes buscan el Reino de Dios.

El Sermón de la Montaña comienza detallando cómo son aquellos que pertenecen a Jesús: son pobres de espíritu; lloran, tienen hambre, son pacificadores y tienen sed de lo que es justo. Entonces Cristo continúa y dice a sus discípulos: «Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no puede ocultarse. Tampoco se enciende una lámpara para ponerla debajo de un almud, sino sobre un candelero; así, dejen que su luz brille delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (vv. 14-16).

La luz es un símbolo de Dios, quien es la verdadera luz increada. La revelación central de este pasaje es que, cuando las personas ven las obras buenas y portadoras de luz de los cristianos, glorifican al Padre que está en los cielos, no a nosotros. Estamos llamados a ser la luz del mundo para que, cuando las personas nos vean, no nos glorifiquen a nosotros, sino que glorifiquen a Dios, pues es Dios quien manifiestamente inspira a personas de tal calidad espiritual y paciencia.

El milagro es que, en este mundo caído, donde las personas a menudo están en guerra unas contra otras, Dios produce personas santas que aman a todos sin excepción; personas santas que son pobres, que lloran, que son humildes, que tienen sed de lo que es justo, que son misericordiosas, que tienen un corazón puro, que procuran la paz y que soportan la persecución, el ridículo y los insultos sin devolver los insultos.

La existencia de tales personas es un fenómeno. Pero debemos recordar que esto es aquello a lo que estamos llamados a ser. Por tanto, las virtudes cristianas no tienen únicamente una función personal, sino también pública. Al vivir de acuerdo con el Evangelio y practicar la verdad, daremos frutos de buenas obras y mostraremos la bondad del Padre a todas las personas.

Greek Orthodox Christian Society

+ Santo Evangelio según San Mateo 9:1-8Cuando venimos a la Iglesia, estamos constantemente expuestos a las palabras de l...
12/07/2026

+ Santo Evangelio según San Mateo 9:1-8

Cuando venimos a la Iglesia, estamos constantemente expuestos a las palabras de los Evangelios y a los innumerables milagros de nuestro Señor Jesucristo. A veces, cuando estamos "demasiado expuestos" a algo, corremos el riesgo de darlo por sentado. Uno de los aspectos más importantes de nuestra vida espiritual es seguir contemplando todas las cosas con ojos nuevos. Se nos recuerda que no debemos dar nada por hecho.

Es como el joven que se esfuerza por conquistar a la mujer de sus sueños. Espera, ora y sueña con hacerla su esposa. Pero, una vez que ella se convierte en su esposa, ¿qué hace? ¿Cómo la trata? ¿Se acerca a ella cada día con un entusiasmo renovado y con un amor siempre fresco? ¿O la descuida y la considera algo rutinario, sin novedad ni interés? ¿La maltrata o vive cada día procurando servirla y demostrarle un amor inagotable? Así es como debemos acercarnos al Evangelio de Jesucristo: con un entusiasmo renovado cada día. Si sentimos que el Evangelio se ha vuelto viejo o rutinario, quizá no sea el Evangelio el que ha envejecido, sino nosotros, y lo que necesitamos es una renovación del corazón y de la mente.

La lectura de hoy nos dice que el Señor llegó a su propia ciudad, y le llevaron a un paralítico. Nos resulta imposible imaginar el sufrimiento y la lucha de quien no puede mover su cuerpo. Sin embargo, no nos cuesta tanto imaginar otras formas de parálisis. Hay quienes están paralizados por el miedo. Otros, por la ansiedad y la preocupación. Algunos están paralizados por sus adicciones. Otros, por el odio o los resentimientos que guardan. También podemos quedar paralizados por situaciones extremadamente difíciles, muchas de ellas fuera de nuestro control. Pero, por encima de todo, todos estamos paralizados por el pecado. El pecado nos impide hacer el bien y, aún más grave, nos impide entrar en una relación profunda con nuestro Maestro y Señor.

Lo que vemos en el Evangelio de hoy es que la primera preocupación del Señor no coincide necesariamente con la nuestra. Quienes llevaban al paralítico en su camilla estaban preocupados por su enfermedad física; pero el Señor Jesucristo fue directamente a lo más importante: la condición espiritual de aquel hombre. El Señor no comenzó sanándolo para que pudiera caminar; comenzó sanando su alma para que pudiera caminar hacia Dios. Como decía san Macario de Optina:

> «El alma es más grande que el cuerpo. El cuerpo enferma y todo termina allí. Pero la enfermedad espiritual se prolonga hasta la eternidad. Líbranos, Señor, de semejante enfermedad y concédenos la curación.»

Muchas veces he leído este pasaje y siempre me conmueven profundamente las palabras de Jesús, su misericordia y su ternura, no solo hacia aquel hombre, sino hacia cada uno de nosotros. Cuando somos jóvenes, realmente no comprendemos que somos pecadores. Conforme crecemos y maduramos, comenzamos a descubrir cuán difícil es permanecer fieles a Dios y vivir la vida que Él quiso para nosotros. Empezamos a comprender que no somos perfectos. Y, en ocasiones, esa conciencia puede convertirse en una carga pesada que nos oprime junto con nuestros pecados.

Pero doy gracias a Dios porque Él está lleno de una misericordia inagotable y continuamente dice a cada uno de los que acudimos a Él: «¡Ánimo, hijo mío!», o «¡Ánimo, hija mía! Tus pecados te son perdonados». ¿Nos damos cuenta de lo extraordinarias que son estas palabras? Estamos tan acostumbrados a escucharlas que corremos el riesgo de darles poca importancia, cuando en realidad no deberíamos hacerlo jamás.

La libertad del pecado cambia por completo la realidad de nuestra vida. Podemos atravesar situaciones terribles y muy difíciles, pero Dios nos ofrece la liberación de la peor esclavitud que la humanidad ha conocido. El Señor inició esa liberación en el árbol de la Cruz, pero no terminó allí. Tampoco basta con hacer una declaración de fe en Jesucristo y continuar viviendo como antes. Eso se parecería más a un acto de magia que a una fe verdaderamente transformadora.

La vida cristiana consiste en una renovación continua de nuestra existencia espiritual, y esa renovación proviene de la vida que Cristo nos comunica por medio de su gracia. No se trata simplemente de una idea hermosa ni de un deseo piadoso. Es una realidad que comienza en nuestro Bautismo y continúa mientras permanecemos inmersos en Cristo y en su Iglesia.

La gracia de Jesucristo se manifiesta claramente en este pasaje, porque el paralítico nunca pide nada. El Señor lo ve y conoce sus necesidades más profundas. Mira más allá de su apariencia exterior y contempla directamente su corazón. ¿Nos detenemos alguna vez a pensar que Dios puede ver el fondo de nuestro corazón? Él sabe de qué estamos hechos. Conoce nuestros deseos. Conoce nuestras enfermedades y las dolencias de nuestra alma. Por eso no tiene sentido esconderse ni fingir. Él ve a través de cada uno de nosotros.

El Señor ayudó a un hombre que no podía ayudarse a sí mismo en absoluto. Pero tú y yo no estamos completamente indefensos. Cristo puede ayudarnos si somos capaces de reconocer que también nosotros estamos paralizados y necesitamos su poder sanador, y si estamos dispuestos a acudir al lugar donde esa sanación se ofrece.

San Juan Crisóstomo, escribiendo en el siglo IV, decía:

> «La Iglesia es un hospital y no un tribunal para las almas. No condena a causa de los pecados, sino que concede el perdón de los pecados. Nada hay tan lleno de alegría en nuestra vida como la acción de gracias que experimentamos en la Iglesia. En la Iglesia, los alegres fortalecen su alegría; los preocupados encuentran consuelo; los tristes hallan gozo; los atribulados reciben alivio y los agobiados encuentran descanso.

> "Vengan a mí todos los que están fatigados y cargados por las pruebas y los pecados, y yo les daré descanso" (Mateo 11, 28).

> ¿Qué puede ser más deseable que escuchar esta voz? ¿Qué hay más dulce que esta invitación? El Señor te llama a la Iglesia para un abundante banquete. Te conduce de las luchas al descanso y de los tormentos al alivio. Te libera del peso de tus pecados. Cura tus preocupaciones con la acción de gracias y transforma tu tristeza en alegría. Nadie es verdaderamente libre ni verdaderamente feliz sino aquel que vive para Cristo. Esa persona vence todo mal y ya no teme nada.»

Que Cristo nuestro Señor nos conceda todas estas gracias y sane nuestra profunda parálisis, para que podamos comenzar a correr hacia Él con fortaleza, fervor y amor.

Gloria sea a Dios por los siglos. Amén.

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