19/01/2026
La vida y muerte en nuestra regla de Òrìsà nunca están separados, pues son procesos cíclicos. Nacemos para tener una vida que nos lleve a un estado de evolución y moriremos. Repetiremos este ciclo hasta que alcancemos un estado tal de elevación, que ganemos el derecho de vivir junto a Olodumare y nuestra familia nos adore como a un ancestro o a un Òrìsà. Este concepto es muy similar a la idea oriental del karma y el dharma. Sin embargo, debemos tomar en cuenta que varias deidades toman parte en este concepto de muerte. Para ello debemos comprender que los yoruba ven las cosas un poco diferentes. Para nosotros, al igual que en otras religiones, existen dos tipos de muerte: la muerte física y la muerte espiritual, aun cuando esta última no existe para nosotros, ya que nuestra alma es inmortal y está concebida para venir a la Tierra a evolucionar. Para nosotros, nuestro “cuerpo” se divide en ori, ará y emí. En orí podríamos decir que se concentran varias cosas, pero para simplificarlo podemos decir que es nuestra alma, representada por nuestra cabeza, ya que ella escoge en el cielo nuestro destino en la tierra. Ará es nuestro cuerpo físico y emí lo que se conoce como nuestro aliento vital, representado como la hija de Olodumare, que éste nos regala para vivir.
Del proceso de morir físicamente, o sea de la muerte de nuestro ará o cuerpo, se encarga la deidad que conocemos como Ikú, o sea el Señor de la Muerte, que de manera conceptual podríamos ver como “ santa Muerte”. Desde la perspectiva de la religión yoruba, la Muerte es una deidad creada por Olodumare (dios para los yorubas), con el objetivo de cumplir la tarea de reciclaje humano. Cuando una persona cumple su tiempo de estancia en la Tierra, Ikú sería el encargado de llevárselo.
Este concepto de “morir” es un poco complicado para la mentalidad que no está acostumbrada a un panteón tan basto, y hasta en nuestra tradición resulta un poco confuso. Debemos tener presente que el cuerpo para los yoruba está separado de todo lo que representa la cabeza. Como se observa, Ikú es el “antidios” o ajogun que se presenta para llevarse nuestro cuerpo, o sea el ará. Sin embargo, ya hemos visto que no puede matar de manera directa, pues esto le fue prohibido por Olodumare debido a que se dedicaba a aniquilar a todos, aun cuando su tiempo no estuviese cumplido aún, ya que su comida favorita es la carne humana. Para llevarse a alguien, Ikú debe buscar el concurso de una deidad u otro ajogun que lo haga por él (Obara Yekun). También tiene un pacto con Orunmila, que no se puede llevar a sus hijos a menos que éste se lo indique (Ogbe Fun). Cuando los orisás u otros ajogun han hecho su trabajo, él se encarga de llevarse a la persona para comer, pero ha de compartir con la Madre Tierra, a quien le quedan los despojos para que acabe con ellos (Irete Kután). Hasta este punto vemos cómo nuestro cuerpo desaparece y el hecho de enterrarnos para los yoruba es enviarnos al “cielo”, ya que para ellos este concepto se encuentra debajo de la Tierra, en vista de que todas las deidades, menos Changó, se adentraron y viven en el interior de la misma. Cuando nos toca morir, Ikú se presenta ante nuestro ángel de la guarda, quien nos entrega con una buena muerte a Ikú para que se haga cargo de nuestro cuerpo. Si hemos sido obedientes, experimentaremos una muerte apacible y sin sufrimientos. De hecho, Ofun Meyi, el odu ifá, nos dice de qué forma somos llevados para una buena muerte. Es más: Ofun Meyi nos muestra que esto pasaba porque Eleddá se negaba a abandonar el cuerpo de la persona y la dejaba en larga agonía. Éste es el mismo principio de Tánatos, el dios griego de la buena muerte, de donde se deriva la palabra castellana “eutanasia”, práctica que muchas veces realizamos con los animales que tenemos de mascota, de modo que no sufran. Sin embargo, si no hemos vivido de esa forma y hemos hecho un desastre de nuestra vida, las deidades se molestan mucho y se encargan de enviar a la Muerte por lo que la persona fallece en forma violenta o dolorosa, con una gran agonía. A una muerte violenta por atropellamiento o a causa de un arma de fuego se le asocia con Oggún; si es debido al fuego o a un rayo, con Changó; por descargas eléctricas, con Oyá; por ahogamiento, con Yemayá u Ochún, entre otras. Para los yoruba este tipo de “mala muerte” no otorga los méritos para ser adorado ni venerado. De hecho, muchas de estas malas muertes se asocian con malas artes utilizadas por enemigos y hasta por el ensañamiento de la deidad de la hechicería, a la que conocemos como Iyami Osoronga. Para nosotros todo este proceso puede llega a alcanzar un grado más de confusión. Se debe recordar que entre nosotros el alma, a la que llamamos iwir, no muere, debido a que está supuesta a cumplir ciclos de evolución. De acuerdo con nuestra tradición, cuando morimos Babalú Ayé lleva a iwir al cementerio, donde lo recibe Obbá. En el féretro lo acompaña Yewá, y finalmente nuestra alma es acompañada al cielo por Oyá. Para que se vea que no es tan complicado, Echu y Babalú Ayé llevan a nuestro iwir al cementerio, lo que equivale a la carroza fúnebre. Si tomamos en cuenta que iwir queda vagando alrededor de la casa y que corre serios riesgos de ser secuestrado, a la muerte de una persona se deben realizar ciertos ritos en forma inmediata. Aun cuando en la mentalidad yoruba el iwir queda al azar y sólo en la creencia afrocubana pasa por varios orisás, en un proceso similar a una cadena de custodia, Obba nos recibe, lo que iconográficamente establece que pasamos la puerta del cementerio para no regresar, y Yewá nos acompaña a esa morada final, que en el mismo sentido representa en sí la tumba donde descansaremos, de modo que nuestra alma quede conforme en que todo se cumplió. Por último, Oyá lleva a iwir ante Olodumare para que seamos juzgados y se decida si debemos regresar o pasar una temporada de entre tres y nueve generaciones en Òrún-Apadi… Se trata de nuestra alma, no de nuestro cuerpo, y esto se lleva a cabo para que no quedemos vagando en este mundo como un alma en pena. El sentido místico de este proceso consiste en que a diferencia de la creencia yoruba, nuestra alma siempre será acompañada si hemos tenido una buena muerte y no tendremos que preocuparnos de que los espíritus desalmados nos secuestren y nos lleven al “cielo oscuro” de manera injusta. Entre aquéllos con una mala muerte y los que no se les han realizado los ritos propiciatorios, su iwir no tendrá los beneficios de esta custodia y se verá condenado a vivir como un fugitivo en el mundo, no sólo huyendo de espíritus malvados que tratan de secuestrarlo, sino de las personas que trabajan con mu***os y andan a la cacería de un espíritu capaz de pactarse y quedar encerrado en un caldero. No creemos que esto sea tan complicado. Es sólo que cada proceso dentro de la cultura yoruba está precedido por alguna deidad o entidad encargada de vigilar cada paso. Por ejemplo, la maternidad, en nuestra cultura, se asocia con Yemayá. Sin embargo, en caso de embarazos deficientes o dificultosos, la que está presente es Ochún. Cuando es difícil concebir, se recurre a Obbatalá Fururú y hasta a Orunmila, que pueden ayudar con más propiedad a la mujer. Cuando la criatura nace, el aliento vital lo proporciona Emí, y al nacer se llega a los cuidados de Dadá, para que luego se determine quién es el orisha que cuidará de la criatura y se pase a su custodia. Son procesos que en sentido iconográfico nos dicen que en cada paso de nuestra vida y muerte siempre tendremos una deidad a nuestro lado; de ahí la importancia de adorarlas a todas.
Como ya se ha mencionado, para los practicantes de la religión yoruba la muerte no es el fin de la vida, sino su continuación de una forma diferente. Es pasar de un estado material a otro espiritual, pero se considera que la presencia y el trato con quien llega a esa etapa seguirá siendo muy cercano. Los lazos que unen a la familia tanto biológica como espiritual nunca se rompen, ni siquiera después de la muerte, aunque existen diferentes formas de tratar a los difuntos, según haya sido su muerte. Sin embargo, para comprender la muerte primero debemos entender la vida. La vida y la muerte poseen una dinámica y forman un ciclo constante de nacer y morir hasta alcanzar lo deseado: nuestra propia evolución. Para los yoruba la reencarnación se da en el seno familiar. Para nosotros, los creyentes afrocubanos, puede ser en cualquier otra persona, no necesariamente de la familia. Esto no es del todo un error, ya que como familia también contamos la religiosa, y es por ello importante mantener el linaje religioso del cual venimos. Para nosotros el “cielo”, al que llamamos Orun, tiene entre siete y nueve niveles, según la región de la que estemos hablando. Basta saber que cuando queremos o debemos venir de nuevo a la Tierra, nos dirigimos a un lugar llamado Ìsálú Òrún. Este nivel es donde nuestras almas reciben un nuevo cuerpo y tienen la oportunidad de escoger su propio destino, incluyendo su personalidad, ocupación, suerte y un día fijo para regresar al cielo. Una vez que hemos cumplido con todos los requisitos –hacer sacrificios y dejar todo listo en nuestra morada celestial–, nos presentamos ante Olodumare y le manifestamos nuestros deseos en la Tierra, de lo cual tenemos dos testigos: Orunmila y nuestro ángel de la guarda o, como se le conoce, Òrìsà alagbatori, Òrìsà tutelar u Òrìsà aláleyó. Olodumare nos oye, y una vez que hemos terminado nos da la bendición y uno que otro consejo. Claro que las peticiones a Olodumare deben ser razonables, ya que se puede negar a concedernos lo que pedimos. Es entonces cuando comenzamos nuestro viaje a la Tierra, y para ello cruzamos el puente que la divide del cielo y nos metemos en una matriz. Quien pide estos deseos celestiales es nuestro orí, o sea nuestra cabeza. En el cielo queda nuestro doble espiritual, que en la tradición afrocubana llamamos iponri. Luego Olodumare nos da el aliento vital al regalarnos a su hija Emí. Entonces pasamos a ocupar el cuerpo que nos corresponde, al cual llamamos ará. En la mentalidad yoruba la cabeza es un ente y el cuerpo otro. Sin embargo, por una sentencia de la deidad del infortunio, que es la guardiana de la bóveda de los tesoros de Olodumare y se llama Elenini, estamos condenados a olvidar todo lo que pedimos a Olodumare en el cielo. Por ello, al llegar a la Tierra no recordamos absolutamente nada de nuestros deseos, y es allí donde comienzan nuestros problemas. Lo que escogemos en el cielo es nuestro destino, que en yoruba se llama ayanmo. Al no recordarlo tampoco podemos cumplirlo. Para cumplirlo debemos ir al pie de Òrìsà o de Orunmila y que éste sea quien nos manifieste cuáles fueron esos deseos y promesas celestiales que hicimos.