25/10/2025
EL CHICO QUE SE ROBÓ LA OFRENDA
La ofrenda del Día de Mu***os en la plaza del pueblo era un espectáculo de colores y aromas. Cempasúchil, velas, fotografías de difuntos queridos, calaveritas de azúcar y, lo más importante: la comida favorita de aquellos que ya no estaban. Para Miguel, un chico de once años con el estómago vacío y los zapatos rotos, aquel banquete era una tentación imposible de resistir.
Su madre trabajaba limpiando casas hasta tarde, y esa noche no había cenado. El aroma del mole, los tamales y el pan de mu**to le hacían la boca agua. Miró a su alrededor. La plaza estaba casi vacía; solo algunas personas mayores velaban la ofrenda a lo lejos. Con el corazón latiéndole fuerte, se acercó sigilosamente y, en un descuido, tomó un plato de mole con pollo, dos tamales y un pan de mu**to con forma de calavera. Los escondió bajo su suéter y corrió calle abajo hasta el terreno baldío donde a veces jugaba.
Bajo la luz de la luna, devoró la comida. Estaba deliciosa, pero con cada bocado, sentía un escalofrío que atribuyó a la noche fría. Cuando terminó, solo quedaban las migajas y un hueso de pollo. Satisfecho, se durmió arrullado por los grillos.
Esa noche soñó con un hombre delgado, de bigote gris y sombrero, que lo miraba fijamente sin decir palabra. Al despertar, Miguel notó algo extraño: en el suelo, donde había dejado el hueso de pollo, ahora había una pequeña calavera de barro. La apartó con el pie, sin darle mayor importancia.
Al día siguiente, las cosas empezaron a torcerse. En la escuela, sus compañeros se quejaban de un "olor a tierra mojada" que parecía seguirlo a todas partes. Los perros callejeros le ladraban con el lomo erizado, y su reflejo en los charcos a veces mostraba una figura delgada y pálida detrás de él.
La pesadilla se repitió. Esta vez, el hombre del bigote estaba más cerca, y Miguel podía ver los hilos de caracol en su traje negro, como los que usan los mu**tos en las ofrendas. Al despertar, junto a su cama, había dos calaveritas de barro.
El miedo empezó a apoderarse de él. Fue a la plaza, con la intención de confesar y pedir disculpas a los organizadores de la ofrenda. Pero cuando llegó, se encontró con una sorpresa: junto a la ofrenda principal, había una fotografía que reconoció al instante. Era el hombre de sus sueños. Don Aurelio, decía la placa. Fallecido hacía un año. Y debajo de su foto, en un pequeño plato vacío, una nota escrita a mano: "Para Aurelio, que amaba el mole de su esposa".
Miguel sintió que la tierra se abría bajo sus pies. No había robado comida cualquiera; había robarado la ofrenda personal de un difunto.
Esa tercera noche, Don Aurelio ya no solo estaba en sus sueños. Lo encontró sentado en la silla rota de su casa cuando regresó de la escuela. No flotaba, ni tenía ojos luminosos. Solo estaba allí, pálido y transparente, con las manos sobre las rodillas.
—Tienes hambre, hijo —dijo la aparición, con una voz que sonaba a viento a través de hojas secas—. Yo también.
Miguel, temblando, intentó disculparse.
—Lo siento, señor. No lo volveré a hacer. Tenía mucha hambre.
Don Aurelio inclinó la cabeza.
—El hambre de los vivos es pasajera. La de nosotros... es eterna. Tomaste lo que era mío. Ahora, yo debo tomar algo tuyo.
—¿El qué? —preguntó Miguel, con la voz quebrada.
—Tu calor —respondió el fantasma—. Tu aliento. La vida que aún te sobra.
Desde ese día, Miguel cambió para siempre. Ya no tenía hambre de comida, pero siempre tenía frío, un frío que ningún abrigo podía quitar. Su risa se apagó, y sus mejillas se hundieron. Los demás niños decían que parecía un fantasma, pálido y silencioso.
Y cada noche, en el Día de Mu***os, cuando el aroma del mole y los tamales vuelve a llenar la plaza, Miguel no se acerca a la ofrenda. Se queda a distancia, viendo cómo su propia sombra, larga y delgada, se proyecta sobre el suelo, a veces adoptando la silueta de un hombre con bigote y sombrero.
Porque cuando robas lo que pertenece a los mu**tos, una parte de ellos se queda contigo... y a veces, te piden a cambio un lugar en tu propia piel.
ADAPTADA POR ☠️ BRYANS RODRÍGUEZ 🎃