29/07/2026
Santa Marta de Betania.
Discípula predilecta del Señor Jesucristo, modelo de hospitalidad, servicio y firme confesión de la fe.
Siglo I d. C.
29 de julio. Blanco.
Santa Marta de Betania resplandece entre las discípulas más amadas de Nuestro Señor Jesucristo por la amistad singular que el divino Maestro le manifestó. Junto con sus hermanos, Lázaro y María, abrió las puertas de su hogar en Betania para recibir al Salvador, convirtiendo aquella casa en un lugar de descanso, amistad y comunión. En ella la Iglesia contempla el ejemplo de quienes sirven a Dios con generosidad, poniendo todos sus dones al servicio de Cristo y de los hermanos.
Los Santos Evangelios presentan a Marta como una mujer diligente, activa y profundamente entregada al cuidado de quienes llegaban a su casa. Su amor por el Señor se expresaba mediante una hospitalidad sincera y una caridad concreta. Mientras preparaba todo lo necesario para recibir dignamente al Maestro, manifestó el deseo de ofrecerle lo mejor de sí misma. Su servicio, nacido de un corazón amante, constituye un modelo para todos los los cristianos llamados a santificar las tareas ordinarias mediante el amor de Dios.
En una ocasión, preocupada por los muchos quehaceres del servicio, Marta acudió al Señor para pedirle que su hermana María la ayudara. Entonces Jesucristo le respondió con aquellas palabras inmortales: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; una sola es necesaria». Lejos de ser un reproche al trabajo generoso, estas palabras revelan que toda actividad cristiana debe brotar de la escucha de la Palabra de Dios y de una íntima unión con Él. El servicio encuentra su plenitud cuando nace de la contemplación y conduce nuevamente a ella.
La grandeza espiritual de Santa Marta alcanza uno de sus momentos más sublimes con motivo de la muerte de su hermano Lázaro. En medio del dolor, salió al encuentro de Jesucristo y sostuvo con Él un diálogo lleno de confianza y esperanza. Cuando el Señor le declaró: «Yo soy la Resurrección y la Vida; el que cree en Mí, aunque haya mu**to, vivirá», Marta respondió con una de las más solemnes profesiones de fe de todo el Evangelio: «Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que has venido al mundo». Estas palabras la colocan entre los grandes testigos de la divinidad del Salvador y muestran la fortaleza de una fe que permanece firme incluso frente al sufrimiento y la muerte.
Poco después, Marta contempló el inmenso poder de Cristo cuando llamó a Lázaro fuera del sepulcro después de cuatro días de haber mu**to. El milagro confirmó la verdad de la confesión que ella había pronunciado y fortaleció la fe de muchos. Desde entonces, su nombre quedó unido para siempre al anuncio de la victoria de Jesucristo sobre la muerte, anticipando el misterio glorioso de la Resurrección del Señor y la esperanza de todos los creyentes.
La antigua tradición cristiana afirma que, después de la Ascensión del Señor y de las primeras persecuciones, Santa Marta abandonó Palestina junto con algunos de los discípulos para anunciar el Evangelio. Diversas tradiciones occidentales la sitúan en la región de la Galia, especialmente en la Provenza, donde continuó sirviendo a Cristo mediante la predicación, la hospitalidad y el testimonio de una vida enteramente consagrada al Señor. Aunque estos relatos pertenecen a la venerable tradición de la Iglesia y no al testimonio directo de las Sagradas Escrituras, manifiestan el profundo afecto con que los fieles han venerado desde antiguo a esta santa discípula.
En esa misma tradición provenzal nació la célebre leyenda de la Tarasca, un monstruo que, según los relatos medievales, devastaba las cercanías de Tarascón y sembraba el terror entre sus habitantes. Se cuenta que Santa Marta, confiando únicamente en el poder de Cristo, armada con la señal de la santa Cruz, el agua bendita y la fuerza de su oración, logró amansar a la terrible criatura y conducirla mansamente hasta la ciudad, donde dejó de causar daño. Más allá de su carácter legendario, esta narración encierra una profunda enseñanza espiritual: la santidad, la mansedumbre y la gracia de Dios vencen aquello que la violencia humana no puede dominar. Por esta razón, la iconografía cristiana representa frecuentemente a Santa Marta llevando una cruz, un hisopo o un recipiente de agua bendita, mientras somete a la Tarasca, símbolo del pecado, del demonio y de todas las fuerzas del mal vencidas por el poder de Cristo.
Desde los primeros siglos, Santa Marta ha sido reconocida como modelo de la vida activa iluminada por la contemplación. En ella no existe oposición entre el trabajo y la oración, sino una perfecta armonía que recuerda a todos los cristianos que las obras adquieren valor eterno cuando nacen del amor a Dios. Su ejemplo enseña que la santidad se alcanza también en el cumplimiento fiel de los deberes cotidianos, cuando todo se realiza para la gloria del Señor.
La Iglesia honra a Santa Marta como patrona de quienes ejercen el servicio doméstico, la hospitalidad, la atención a los peregrinos, los trabajadores del hogar, los cocineros, hoteleros y de todos aquellos que, mediante el servicio generoso, hacen presente la caridad de Cristo. Su vida continúa invitando a los fieles a abrir las puertas del corazón al Salvador, a servir con alegría, a escuchar atentamente su Palabra y a profesar con firmeza la fe en Jesucristo, único Señor y fuente de la vida eterna.
Oración
Oh gloriosa Santa Marta de Betania, fiel amiga de Nuestro Señor Jesucristo, que recibiste al divino Maestro con amor generoso y lo serviste con sincera hospitalidad, alcánzanos la gracia de abrir siempre nuestro corazón a la presencia del Salvador, para que nuestras obras estén animadas por la fe y nuestra vida sea un constante acto de caridad.
Enséñanos a unir el servicio con la oración, el trabajo con la contemplación y la entrega cotidiana con la escucha fiel de la Palabra de Dios. Así como, según la venerable tradición, venciste con la fuerza de Cristo a la Tarasca, ayúdanos también a vencer los monstruos del pecado, del miedo, del egoísmo y de la desesperanza que buscan apartarnos del camino del Evangelio.
Haz que, siguiendo tu ejemplo, confesemos siempre con firmeza que Jesucristo es el Hijo de Dios, la Resurrección y la Vida, y que, perseverando en su amistad hasta el fin de nuestros días, alcancemos la dicha de contemplarlo eternamente en la gloria del Reino de los Cielos.
Santa Marta de Betania, ruega por nosotros. Amén.