01/06/2023
BASÍLICA DE SANTA MARÍA MAYOR
VISITA AD LIMINA DE LOS OBISPOS DE MÉXICO GRUPO 2
Homilía del 1º de junio de 2023,
Mons. Juan Espinoza Jiménez
Muy queridos Señores Cardenales, Arzobispos, Obispos, sacerdotes, religiosas y fieles: Como el indio Juan Diego, muy de madrugada, nos hemos encaminado a esta colina del Esquilino, en la Ciudad Eterna, para entrar a esta “casita sagrada” y encontrarnos con la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella desde aquí bendice a todos sus hijos del mundo entero. Saludémosla con la misma ternura de nuestro pueblo mexicano y digámosle, con la simplicidad y cariño de San Juan Diego: "Patroncita, Señora, Reina, Hija mía la más pequeña, mi Muchachita”.
Contémosle a ella lo que hemos dialogado, escuchado, reflexionado y orado en estos días, bajo la sombra de San Pedro, y lo que nos han propuesto en los distintos Dicasterios de la Curia Romana, que hemos visitado. Ofrezcamos a Ella, que estuvo al píe de la cruz, y ahora es Reina de los cielos y Señora de este mundo, nuestra vida episcopal y la vida de nuestros sacerdotes y fieles, con sus cruces y sus glorias, sus tristezas y alegrías, sus luchas y éxitos, sus sueños y proyectos.
Esta Basílica Patriarcal de Santa María Mayor, construida en el año 358, es una auténtica joya que conserva en su interior, no solo obras de inestimable valor artístico, cultural y religioso, sino sobre todo la memoria de la FE de miles de peregrinos de todo el mundo, que han venido a este recinto sagrado, desde hace más de dieciséis siglos, y siguen viniendo hoy, buscando la ternura y el amor maternal de la Virgen María. Y aquí se cumple hoy lo narrado en la primera lectura.
Para nosotros, como Obispos en Visita ad Limina Apostolorum, y en el marco de la Fiesta de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, estar en esta Basílica es muy significativo, porque de la misma manera como la Virgen María estuvo con los Apóstoles en el cenáculo y los acompañó después de Pentecostés en su caminar misionero, está hoy con nosotros y camina con nosotros en nuestro ministerio episcopal. Ella en cuanto Madre, tanto de los fieles como de los Pastores, modelo y tipo de la Iglesia, Mujer Sinodal, nos sostiene como Obispos en nuestro empeño interior de configuración con Cristo y en nuestro servicio eclesial. En la “Escuela de María” podemos aprender la contemplación del rostro de Cristo, encontrar consolación en la realización de nuestra misión eclesial y fuerza para anunciar el Evangelio de la salvación en forma sinodal, caminando juntos y siempre de la mano de María, pues ella nos muestra el verdadero Camino (Cfr. DMPO, 35).
El Evangelio de San Juan que hemos escuchado nos presenta una doble mirada: Primero la mirada de María. Ella, en el monte calvario, al pie de la Cruz, no comprende ese gran misterio, pero acepta el sufrimiento porque es la voluntad del Padre Celestial. Su corazón es traspasado por una espada y su dolor no tiene límites. Así se cumple la profecía de Simeón, cuando viéndola, casi una niña con su Hijo en brazos, el día de la Presentación en el Templo, entre otras cosas, le dice a María: "una espada atravesará tu corazón"... y ahora, María está de pie junto a la Cruz de Jesús. Cruz de amor, de entrega total, de martirio, de muerte y semilla de redención, glorificación y salvación. El despojo del Crucificado es total: ¡no le queda para entregar más que su Espíritu!
Es preciso colocarse en medio de este círculo vital y fatal de la cruz, que unos lamentaban y otros celebraban; en ese triste final y en medio de ese remolino, podríamos imaginar que la Madre, aferrada a su fe para no sucumbir emocionalmente, exprese: "Padre mío, en tus brazos deposito a mi querido Hijo".
Fue el sacrificio perfecto, la oblación total del Hijo y de la Madre. Y así, María adquirió una altura espiritual vertiginosa, nunca fue tan pobre y tan grande, que parecía una sombra pálida, pero al mismo tiempo, tenía la estampa de una gran reina (cfr. P. Larrañaga, "El silencio de María").
El evangelio nos relata que: “Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre.” (Jn 19,25-27). Y fue en ese momento en que la Madre de Jesús se hizo Madre de todo el género humano. Su dolor junto a la cruz dio a luz a la Iglesia. Esta mujer dolorosa, pero firme, al pie de la cruz, nos está diciendo que solo la fe nos dará fuerza para los grandes dolores que la vida nos depare y para seguir engendrando a los nuevos hijos de Dios.
La segunda mirada es la de Jesús.
El evangelista Juan, nos presenta la preocupación de Jesús por su madre y su discípulo amado, quienes lo acompañan al pie de la cruz. A María y al discípulo amado, que representa a todos los discípulos, Jesús no los deja solos, pues les pide que se acompañen y cuiden en pertenencia mutua (él es «tu hijo»…, ella es «tu madre»). El reinado de Jesús hace de los suyos una familia que tiene un mismo Padre, el Padre celestial que hace partícipe de su vida a todos, y una misma madre, la madre de Jesús a quien le entrega el cuidado de sus discípulos. A los discípulos, por su parte, les incumbe recibir como propia a la madre de Jesús, siguiendo el modelo del discípulo amado.
Por eso, hemos de estar seguros que, desde la entrega en el calvario, la Virgen María nos acompaña con su intercesión maternal para penetrar más profundamente en la verdad de la fe y custodiarla íntegra y pura como lo estuvo en su corazón, para fortalecernos en las pruebas de la cruz; para reavivar nuestra confiada esperanza, que se ve realizada en la Madre de Jesús “glorificada ya en los cielos en cuerpo y en alma” y para alimentar nuestra caridad pastoral.
¡¡Queridos hermanos en el episcopado!!, que nuestra presencia en esta Basílica de Roma, dedicada a la Virgen María, alimente nuestra devoción a la Madre de Dios y Madre de la Iglesia; que nos mueva a imitarla en su entrega generosa y en su actitud servicial hacia todos, especialmente, hacia los más pobres. Que también nosotros aprendamos a estar al pie de la cruz con nuestros hermanos y nos dejemos acompañar por María en nuestro camino discipular y misionero. A ella, Madre de Cristo Sacerdote, consagremos nuestro ministerio episcopal y la vida de todos los sacerdotes de México para que juntos sigamos forjando nuestra vida según el modelo de Cristo, su Divino Hijo, y nos enseñe siempre a custodiar y distribuir con misericordia los bienes que Él adquirió en el calvario para la salvación del mundo.
Para terminar esta reflexión, les invito a seguir en su corazón esta oración del Cardenal Eduardo Pironio: Señora de la Pascua, Señora de la Cruz y de la Esperanza. Señora del Viernes y del Domingo. Señora de la noche y de la mañana. Hoy queremos decirte "muchas gracias". Muchas gracias, Señora por tu Fiat, por tu completa disponibilidad de "esclava". Por tu pobreza y tu silencio. Por haberte quedado con nosotros a pesar del tiempo y la distancia. Amen.