15/05/2026
Santo del Día, San Isidro Labrador 💐💐💐
Hoy celebramos a San Isidro Labrador, patrono de los campesinos, agricultores y de los animales.
San Isidro nació en España, de unos padres campesinos tan pobres que ni siquiera pudieron enviarlo a la escuela. Pero en casa, le enseñaron a tener temor de ofender a Dios, un gran amor de caridad hacia el prójimo y un enorme aprecio por la oración, la Santa Misa y la Comunión.
Quedó huérfano y solo en el mundo a los 10 años de edad y comenzó a trabajar como peón de campo, ayudando en la agricultura a Don Juan de Vargas, un dueño de una finca, cerca de Madrid. Allí pasó muchos años de su vida labrando las tierras, cultivando y cosechando.
Isidro se casó con una sencilla campesina que también llegó a ser Santa. San Isidro se levantaba muy de madrugada y nunca empezaba su día de trabajo sin haber asistido antes a la Santa Misa. Varios de sus compañeros muy envidiosos lo acusaron ante el patrón por “ausentismo” y abandono del trabajo.
El señor Vargas se fue a observar el campo y notó que sí, que era cierto que Isidro llegaba una hora más tarde que los otros, pero que mientras Isidro oía misa, un ángel le guiaba sus bueyes y estos araban juiciosamente como si el propio san Isidro los estuviera dirigiendo.
Cuando los musulmanes se apoderaron de Madrid y de sus alrededores, los católicos tuvieron que salir huyendo; y san Isidro fue uno de los inmigrantes y sufrió por buen tiempo lo que es irse a vivir donde nadie lo conocía y donde era muy difícil conseguir empleo y confianza. Pero sabía aquello que Dios había prometido varias veces en la Biblia: “Yo nunca te abandonaré”, y confió en Dios y fue ayudado por Dios.
Lo que ganaba como jornalero, Isidro lo distribuía en 3 partes: una para el templo, otra para los pobres y otra para su familia (él, su esposa y su hijito). Un día lo invitaron a un gran almuerzo. Él se llevó a varios mendigos a que almorzaran también. El invitador le dijo disgustado que solamente le podía dar almuerzo a él y no para los otros. Isidro repartió su almuerzo entre los mendigos y alcanzó para todos y sobró.
Sus domingos los distribuía así: un buen rato en el Templo rezando, asistiendo a Misa y escuchando la Palabra de Dios. Otro buen rato: visitando pobres y enfermos; y por la tarde saliendo a pasear por los campos con su esposa y su hijito.
Pero un día, mientras ellos corrían por el campo, dejaron al niñito junto a un profundo pozo de sacar agua y en un movimiento brusco del chiquitín, la canasta donde estaba dio vuelta y cayó dentro del profundo hoyo. Entonces se arrodillaron a rezar con toda fe y las aguas de aquel aljibe fueron subiendo y apareció la canasta al nivel de la tierra con el niño, y a éste, no le había sucedido ningún mal.
Volvió después a Madrid y se alquiló como obrero en una finca, pero los otros peones, llenos de envidia lo acusaron ante el dueño de que trabajaba menos que los demás por dedicarse a rezar y a ir al templo. El dueño le puso entonces como tarea a cada obrero cultivar una parcela de tierra. Y la de Isidro produjo el doble que las de los demás, porque Nuestro Señor le recompensaba su piedad y su generosidad.
En el año 1130 sintiendo que se iba a morir hizo humilde confesión de sus pecados y recomendando a sus familiares y amigos que tuvieran mucho amor a Dios y mucha caridad con el prójimo, murió santamente.
A los 43 años de haber sido sepultado, en 1163 sacaron del sepulcro su cadáver y estaba incorrupto, como si estuviera recién mu**to. La gente consideró esto como un milagro.
Poco después el rey Felipe III se hallaba gravísimamente enfermo y los médicos dijeron que se moriría de aquella enfermedad. Entonces sacaron los restos de San Isidro del templo a donde los habían llevado cuando los trasladaron del cementerio. Y tan pronto como los restos salieron del templo, al rey se le fue la fiebre y al llegar junto a él los restos del santo, se le fue por completo la enfermedad. A causa de esto el rey intercedió ante el Sumo Pontífice para que declarara santo al humilde labrador, y por este y otros muchos milagros, el Papa lo canonizó en el año 1622 junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier y San Felipe Neri.
Recojamos pues, pacientemente, los frutos celestiales más que los terrenales a ejemplo de San Isidro y pidámosle que nos ayude a trabajar fervientemente por la Fe y que siempre podamos ser generosos con los más necesitados, es especial, en esta situación de pandemia.