14/07/2025
“Tu lucha no es lo que crees. Ves el síntoma como una necesidad, pero Yo curaré la enfermedad. Oras por la herida hallada en una flor, pero quiero ir a la raíz y nutrirla.” —Dios
Jeremías 17:7-8 Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. 8 Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.
Muchas veces nos enfrentamos a luchas que creemos entender: el estrés, la soledad, la falta de recursos, una relación dañada, el miedo al futuro... Pero detrás de cada lucha visible, hay raíces más profundas.
Podemos pasarnos la vida orando por que desaparezca el dolor sin darnos cuenta de que solo estamos tocando la superficie. Queremos que se cierre la herida sin atender la infección que la mantiene abierta. Pedimos alivio sin transformación.
Dios, en cambio, no se limita a arreglar lo aparente. Él va más allá. Y es ahí donde Dios quiere trabajar. Él sabe que si la raíz está sana, el buen fruto brotará sin esfuerzo.
Quienes confían en el Señor no se limitan a resistir el calor o la sequía, sino que prosperan. ¿Cuál es el secreto? Tener raíces profundas en la corriente de Dios. No es la ausencia de problemas lo que nos mantiene en pie, sino la presencia de una raíz bien nutrida en Su verdad, nutrida por su Espíritu Santo.
A veces oramos para que algo cambie: que se vaya la ansiedad, que se calme el conflicto, que no duela tanto. Y no está mal. Pero muchas veces estas situaciones son el reflejo de algo más profundo. Tal vez estás orando por los síntomas, sin darte cuenta de que hay algo en la raíz que necesita atención.
La herida que no cierra, la inseguridad que te sabotea, el cansancio constante, la necesidad de validación… no son el verdadero problema, sino señales. Señales de que algo dentro necesita ser sanado, ser rendido, ser nutrido por Dios. Y Dios no se conforma con tapar el dolor. Él quiere llegar ahí donde ni tú ni yo podemos llegar.
Por eso, vale la pena hacer una pausa y preguntarse con honestidad: ¿Estoy orando solo para que desaparezca el dolor… o estoy permitiendo que Dios trabaje en lo profundo? ¿Hay áreas de mi vida que ya no tienen vida? ¿Relaciones que ya no florecen, emociones que se marchitan? ¿Estoy confiando de corazón en Dios, o sigo dependiendo de mis fuerzas, mis rutinas, mis evasiones para no afrontar directamente lo que ocurre?
No hay vergüenza en reconocer que algo está seco por dentro. Por el contrario, reconocerlo es un acto de valentía. Dios no quiere solo cambiar lo que te pasa. Quiere transformarte.