25/03/2026
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A lo largo del año litúrgico escuchamos términos que, aunque suenan parecidos, tienen significados muy distintos… y comprenderlos no solo es cuestión de conocimiento, sino de profundizar en nuestra fe.
Hoy queremos ayudarte a no confundirlos, pero sobre todo, a descubrir la belleza que hay en cada uno.
La Anunciación del Señor nos recuerda el momento en que todo comenzó: cuando Dios, con infinita delicadeza, pidió permiso a una joven para entrar en la historia humana. Y María respondió con un “sí” que transformó el mundo. Aquí aprendemos que la voluntad de Dios no se impone… se acoge con amor.
La Inmaculada Concepción nos habla del inicio de María: elegida desde siempre, preservada del pecado por pura gracia de Dios. No por mérito propio, sino porque Dios la preparó para una misión única. Aquí entendemos que Dios también tiene un plan para cada uno de nosotros desde el principio.
La Ascensión del Señor nos muestra a Jesús regresando al Padre, no como quien abandona, sino como quien cumple su misión y nos abre el camino al cielo. Cristo asciende por su propio poder, recordándonos que Él es verdaderamente Dios.
Y la Asunción de María es la respuesta amorosa de Dios a quien le dijo “sí” sin reservas: María es llevada al cielo en cuerpo y alma. No asciende por sí misma… es Dios quien la eleva. Es promesa y esperanza para todos nosotros.
Cuatro momentos distintos.
Cuatro verdades profundas.
Un mismo hilo: el amor de Dios obrando en la historia.
Porque cuando entendemos nuestra fe, no solo dejamos de confundir conceptos… comenzamos a contemplar el misterio.
Que hoy también podamos decir como María:
“Hágase en mí según tu palabra.”