26/04/2026
Te voy a contar algo que los libros de historia decidieron omitir entre tanto "evangelización" y "vida de clausura".
En los conventos de la Nueva España, dependiendo de cuánto dinero traías al entrar, podías tener celda propia con cocina, recámara, patio privado y — agárrate — tina de baño con agua caliente que te ponían tus esclavas. Sí: tus esclavas. Las que vivían contigo dentro del convento. Porque en los conventos de "vida particular" (que eran la mayoría de los grandes, en Ciudad de México, Puebla, Oaxaca), cada monja entraba con su séquito. Por cada religiosa había entre tres y cinco sirvientas o esclavas. Algunos conventos llegaron a concentrar hasta 800 mujeres en total entre monjas, criadas y esclavas. Eso no era un convento. Eso era una ciudad dentro de la ciudad.
¿Y la dote para entrar? Entre 3,000 y 4,000 pesos de la época — lo equivalente a una casa — pagada por tu familia. Las que no tenían dinero pero tocaban bien el arpa o el clavicémbalo entraban con beca, porque la música era indispensable, no solo para los rezos sino para el entretenimiento cotidiano. Sí: entretenimiento. Las monjas novohispanas tenían vida social.
Ahora lo del chocolate. En los conventos existía un cuarto exclusivo llamado "El Chocolatero", donde las monjas se reunían a tomar su bebida favorita con tanto ruido y tanto chisme que un obispo de Puebla, desesperado, tuvo que publicar un decreto en 1769 para prohibirlo y mandarlas a tomarlo en el refectorio. El hombre literalmente legisló contra el cotilleo monjil. Para el siglo XVII ya había habido un debate teológico formal sobre si el chocolate rompía el ayuno — y la respuesta oficial fue que no, que el chocolate era medicinal. El jesuita Antonio de León Pinelo publicó un tratado entero en 1636 argumentando que el chocolate alivia el asma, los cólicos y los malos humores. Así que las monjas se tomaban su chocolate en ayunas y con la conciencia limpia.