20/05/2026
💙🩷SEXTO DÍA - MARÍA MADRE DE LA PALABRA AL OÍDO💙🩷
María, madre de la palabra al oído, nos educa en el arte más difícil y más necesario en
el acompañamiento de los jóvenes: hacer que el otro se sienta verdaderamente acogido,
sinceramente amado. Don Bosco nos ha dejado un criterio precioso: «hazte amar antes
que temer». Se trata de comprometerse a conquistar la confianza mostrando humanidad,
cercanía, autenticidad. María es maestra en esto: su presencia, discreta y fuerte, hace caer
las defensas, porque entra en la vida de las personas con respeto y ternura, como madre.
La «palabra al oído» es la palabra que nace después de una mirada verdadera. Antes de
hablar, en efecto, María mira. Mira a Isabel y percibe su alegría y su cansancio; mira a los
esposos de Caná y advierte que el vino se ha terminado antes de que alguien lo diga. La
suya es una mirada que escucha, que sabe leer entre líneas. También con los jóvenes es así:
solo cuando se sienten mirados de este modo pueden percibir que la palabra que se les
susurra es para su bien. Entonces el consejo, la corrección, la indicación del camino no pesa
como una orden, sino que se acoge como un gesto de amor.
María sabe hacerse amar porque es toda para los demás. En Nazaret, en Caná, en el
Cenáculo, es una presencia que sostiene, anima, reza con los discípulos y por los discípulos.
La tradición cristiana la invoca como Madre de misericordia y Madre de la ternura,
reconociendo en ella una cercanía que no humilla, sino que levanta, que no acusa, sino
que acompaña. Junto a ella, cada joven puede sentirse seguro: acogido con su historia,
escuchado en sus preguntas, impulsado con dulce firmeza a llegar a ser lo que está llamado
a ser. Y quien educa, mirando a María, aprende que el primer anuncio pasa por el estilo:
una presencia buena, una mirada que abraza, una palabra al oído que nace del corazón y,
por eso, llega al corazón.
Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti. Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén