22/07/2026
Reflexión del Evangelio de hoy
Anunciar a los suyos la alegría pascual
La oración colecta de esta festividad nos sitúa en el más profundo cambio vivido por María Magdalena. El encuentro con el Resucitado le cambia la vida, llevándola más allá de aquella inicial conversión. Y eso solamente puede ocurrir a partir de la experiencia. El oído y la mirada, escuchar para ver. La imaginación de María le lleva a concluir erradamente: se han llevado el cuerpo del Señor. Así lo comunica a Simón Pedro y el otro discípulo, Juan. Y retorna a llorar y lamentarse por la pérdida.
En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma…
Ni el lecho, ni la noche, son espacios y tiempos de búsqueda. Constata que no lo encontraba y toma una determinación: Me levantaré y rondaré la ciudad, en calles y plazas, preguntando por doquier, sin éxito.
No saben decirme lo que quiero, apunta Juan de la Cruz, con toda razón. La encuentran los centinelas y a ellos pregunta “¿Habéis visto al amor de mi alma?”. No hay respuesta. Hay que pasarlos. Hay que escuchar en la intimidad, pues solamente allí se reconoce al amado.
María Magdalena, repite machaconamente la respuesta facilitada por su imaginación, por eso permanece en la noche, por eso no encuentra. Preguntada por los ángeles, insiste en su interpretación. Sorda y ciega. El fuerte dolor de la crucifixión la ha marcado y no hay salida para ella. El sepulcro vacío solo le conduce a un robo.
Tiene a Jesús delante y no lo reconoce, para ella es el hortelano. Y la súplica es la misma: si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. La búsqueda de María es sincera, su dolor es fruto del amor que siente por el Maestro, pero ella, como ellos, no entendieron cuando les hablaba de su muerte y resurrección.
Buscar a Jesús es buena determinación, pero hay que buscarlo no dónde nosotros decidimos, sino dónde él nos ha indicado. El Resucitado indica: “id a decirle a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán”. Ni en el lecho ni en la noche, hay que volver al principio, recordar lo que él decía. Escuchar. Una ocupación que Jesús resalta en María de Betania: escuchar al Maestro. Jesús nos lo ha dicho: Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.
"Mi alma está sediente de ti, Dios mío"
Repetimos una y otra vez: mi alma está sediente de ti, Dios mío. Como el salmista tenemos que clarificar qué es lo que realmente deseamos. No son suficientes las emociones. Necesitamos algo más, que de verdad sacie nuestra hambre y apague nuestra sed. Es preciso caer en la cuenta de cómo todo nuestro ser ha de buscarle a él. Alma sedienta y carne con ansia de ti. Es consecuencia de caer en la cuenta de cuál es nuestra naturaleza. Somos amor, a imagen de quien nos creo amor por él que es amor y en la permanencia en el amor, radica la progresiva satisfacción de una comunión plena. Dice el Cantar que cuando los hubo pasado (a los centinelas) encontró al amor de su vida.
"Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?"
La pregunta hecha por el supuesto hortelano, recibe la misma respuesta: que María está buscando al amor de su vida...y llena de tristeza y angustia, no lo encuentra.
Es en ese momento, cuando pronuncia su nombre, que se produce una reacción diferente. El había dicho que conocía sus ovejas por su nombre y ellas reconocían su voz. ¡¡María!!, y ella, reconoce por su voz al que sus ojos no identificaban. Ella se vuelve, dejando de mirar el sepulcro, que es tanto como quedarse en el pasado, y con la expresión Rabuni, se identifica como discípula, ahora dispuesta a seguirle.
Es el cambio que se produce en María. Pasar de la desolación al gozo. De estar amarrada al pasado a abrirse al futuro que es presente. Porque ya no se trata de un anuncio: resucitará al tercer día. Ahora está ante el presente: ha resucitado. Tampoco vale abrazarse, sujetándole. Jesús le manda: no me retengas. La razón: todavía no he subido a mi Padre. Con esa expresión se introduce el encargo, la misión. Si antes María fue, por propia iniciativa con un mensaje que nace de ella, ahora es enviada. Ahora se le dice lo que debe anunciar.
Y el anuncio comienza: He visto al Señor. Ello significa anunciar su resurrección. La que antes señalaba el robo como explicación de la desaparición de un cadáver, ahora afirma que él vive. Ha visto al Señor y le ha cambiado la vida. No comunica ella su interpretación de lo que ha visto. Ahora es portadora de un mensaje, que no le pertenece, sino que lo ha recibido para entregarlo: Y a dicho esto. Ella es enviada a los mismos que antes había visitado angustiada, diciendo: se han llevado el cuerpo del Señor. Ahora lo que les dice es lo que a ella se le ha dicho: ve y diles a mis hermanos, subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.
Como a la Magdalena, también a nosotros se nos envía y encomienda una misión, que no es otra diferente, sino la misma: decir a nuestros hermanos los hombres, que Jesús vive y que nos precede en el camino hacia el Padre.
¿A quién busco yo? ¿Qué tengo que comunicar al mundo de hoy?