16/08/2026
Alegría franciscana
La santidad tiene una sonrisa
A veces imaginamos la santidad como rostros serios, un comportamiento perfecto y el no causar nunca ningún desorden.
Pero luego está San Francisco.
Él cantaba. Él reía.
Se maravillaba ante los pájaros.
Llamaba «Hermano» al sol y «Hermana» a la luna. Abrazaba a los pobres.
Caminaba descalzo.
Hacía cosas que probablemente llevaban a la gente respetable a preguntarse qué estaba haciendo.
San Francisco poseía una santidad alegre y juguetona. No infantil. Con espíritu de niño.
La diferencia es importante.
La actitud infantil busca llamar la atención.
El espíritu de niño sabe maravillarse.
La actitud infantil necesita ganar.
El espíritu de niño sabe reírse de sí mismo.
La actitud infantil se toma todo como algo personal.
El espíritu de niño sabe dejar ir las cosas.
San Francisco alcanzó la libertad suficiente para dejar de actuar para el mundo. No necesitaba parecer importante. No necesitaba tener la última palabra. No necesitaba que todo saliera a su gusto para poder alegrarse.
Esa libertad le otorgó algo hermoso:
la capacidad de disfrutar y maravillarse.
Un pájaro podía interrumpir su día y convertirse
en oración.
Un amanecer podía transformarse en alabanza. Una comida sencilla podía dar paso a la gratitud. Un hermano pobre podía convertirse en Cristo. Incluso el sufrimiento podía ser una invitación a un amor más profundo.
Y aquí es donde la alegría franciscana se vuelve seria, sin llegar a ser excesivamente solemne.
San Francisco no estaba alegre porque su vida fuera fácil. No lo fue.
Conoció el rechazo.
Conoció la enfermedad.
Conoció la decepción.
Conoció el sufrimiento.
Pero se negó a permitir que el sufrimiento se convirtiera en toda la historia. Quizás por eso San Francisco nos resulta tan maravillosamente humano.
Nos recuerda que llegar a ser santo no significa volverse aburrido, rígido o permanentemente solemne.
Significa ser lo suficientemente libre como para volver a maravillarse.
Lo suficientemente libre para reírse de uno mismo. Lo suficientemente libre para fijarse en un pájaro. Lo suficientemente libre para cantar.
Lo suficientemente libre para ser pequeño.
Lo suficientemente libre para alegrarse.
Esa es una de las cosas más hermosas de la alegría franciscana: no pretende que la vida sea siempre hermosa, sino que descubre que, aun así, es posible encontrar a Dios en ella.
San Francisco de Asís, ruega por nosotros.
Capilla Santa Cruz del apostolado