13/09/2026
Evangelio de hoy Bendiciones 🙏
Evangelio de hoy Sábado 12 de Septiembre 📖
Del Santo Evangelio según San Lucas 6, 43-49
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.
El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón; y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón.
¿Por qué me dicen 'Señor, Señor', y no hacen lo que yo les digo? Les voy a decir a quién se parece el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica. Se parece a un hombre, que al construir su casa, hizo una excavación profunda para echar los cimientos sobre la roca. Vino la creciente y chocó el río contra aquella casa, pero no la pudo derribar, porque estaba sólidamente construida.
Pero el que no pone en práctica lo que escucha, se parece a un hombre que construyó su casa a flor de tierra sin cimientos. Chocó el río contra ella e inmediatamente la derribó y quedó completamente destruida".
Palabra del Señor
Escucha el Evangelio de hoy y su reflexión
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Reflexión
“¿Por qué me dicen 'Señor, Señor', y no hacen lo que yo les digo?” A Jesucristo, lo llamamos Señor y hacemos bien, porque lo es; y ha venido a nosotros y ha decidido quedarse y actuar a través de la Iglesia, para salvarnos; pero la salvación no es algo mágico que se nos ha dado como un pase o salvoconducto que nos llevará directo al cielo al momento de la muerte; no es algo que se recibe para guardarlo sin más, ni tampoco la obtenemos por nuestras propias fuerzas, bondades o méritos.
Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida; Él es el Bien Supremo y nadie va al Padre si no es por Él. Él, siendo el origen de la vida misma, ha participado de la muerte para destruir la omnipotencia de la muerte que ésta tenía sobre nosotros y para abrir el camino al Cielo. Él es el único Camino, Él es el gran puente que nos permite llegar al Cielo, Él es el único Mediador. Pero, repito, no basta con mirar pasivamente; la salvación exige nuestra participación, nuestra libre respuesta y voluntad.
Cuando señalamos que Cristo es la Verdad y el Bien Supremo, afirmamos que el bien y el mal no dependen de opiniones o consensos y aunque la razón puede distinguir entre lo que es objetivamente bueno o malo, es la enseñanza de Cristo –contenida plenamente en la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia– la que garantiza el correcto discernimiento; por lo que si nosotros no decidimos cruzar por ese puente que son las enseñanzas de Cristo y por esa puerta que es Cristo mismo –y que solo Él podía abrirnos– no podremos ser liberados ni de la muerte en vida, ni de la muerte eterna y no daremos, ni ahora, ni nunca, los buenos frutos de los que habla el Evangelio.
Hermano, Dios respeta tu libertad y nunca te forzará a entrar al cielo si no das pasos concretos hacia Él y tampoco basta con que al final de tu vida quieras ir al Cielo sin haber obrado a lo largo de tu vida en consecuencia, por eso pregunta Jesús en el Evangelio ¿Por qué no hacen lo que yo les digo? Y es que no depende solo de una decisión divina, pues “Él quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.
Él ya ha hecho y sigue haciendo su parte, Él desea más que nadie, más que tú, tu propia salvación, pero necesita de tu correspondencia, y justo a esto se refería San Agustín cuando afirmaba que "Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. De tal forma que el edificio de tu vida no puede estar cimentado en ocurrencias o en la enseñanza del mundo; sino que, para que sea estable y fuerte, debe estar cimentado solo en la Revelación misma que es inmutable, en roca firme, en Cristo.
Una buena forma de identificar cómo has ido asimilando la Persona y la Palabra de Cristo, puede ser el poner atención a lo que haces o a lo que dicen tus palabras, sobre todo en los momentos más relajados y de mayor intensidad emocional; es decir: en los momentos de mayor tristeza, alegría o enojo, o al hablar con las personas con las que tienes una relación más estrecha o más difícil, o al practicar o contemplar un deporte o aquello que te apasiona más; pues como dijo Jesús en el Evangelio: “la boca habla de lo que está lleno el corazón”.
Comienza por escucharte y si cuando hablas salen groserías, vulgaridades, dobles sentidos, críticas destructivas o chismes; si tiendes a lastimar o humillar, si usas mucho el “yo”, (yo hice, yo tengo, yo soy) el “mi” (mi casa, mi tiempo, mis propuestas) el “me”, el “conmigo” y sus derivados, entonces podrás hacer un buen diagnóstico de qué hay en tu corazón y qué tienes que erradicar, para que, en su lugar, sea Cristo con su Palabra, quien lo habite y para ello, debes llenarte de Dios. Ahora bien, seguramente habrá también cosas buenas –bendito Dios– sin embargo, es necesario, reconocer lo malo, el pecado, lo que es desagradable a Dios, para que puedas trabajarlo, detestarlo, evitarlo y, con su gracia, hacer justo lo contrario.