21/10/2025
Bendiciones, amadas familias en Cristo, hermanos y hermanas y amigos en la fé, el Devocional de hoy lo llamaremos: “Cuando hables con Dios, mide tus palabras”. Basado en Eclesiastés 5:1-7
“Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie; y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios, porque no saben que hacen mal. No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras. Porque de la mucha ocupación viene el sueño, y de la multitud de las palabras la voz del necio.
Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes.
Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas. No dejes que tu boca te haga pecar, ni digas delante del ángel que fue ignorancia. ¿Por qué harás que Dios se enoje a causa de tu voz, y que destruya la obra de tus manos? Donde abundan los sueños, también abundan las vanidades y las muchas palabras; mas tú, teme a Dios”.
Salomón, el hombre más sabio de su tiempo, nos ofrece en este pasaje una enseñanza profunda acerca de cómo debemos presentarnos delante de Dios. En una época en la que el culto y las palabras se ofrecían con ligereza, él exhorta a su pueblo —y a nosotros hoy— a acercarnos a Dios con reverencia, humildad y verdad. La expresión “guarda tu pie cuando fueres a la casa de Dios” es una metáfora que implica cuidar tu comportamiento, tu actitud y tu disposición del corazón. No se trata simplemente de entrar en un templo con respeto externo, sino de preparar el alma para encontrarse con el Creador del universo. El culto a Dios no es un acto mecánico o rutinario; es un encuentro santo entre el Dios eterno y el ser humano finito. Salomón añade: “Acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios”. Aquí hay una advertencia clara: Dios no se agrada de la religiosidad vacía ni de los sacrificios sin obediencia (1 Samuel 15:22). Él desea que sus hijos escuchen primero Su voz antes de hablar. En otras palabras, la adoración verdadera nace de la escucha obediente. Muchos van a la casa de Dios a pedir, hablar o prometer, pero pocos van a escuchar Su Palabra y someterse a Su voluntad.
Salomón continúa: “No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios”. ¡Qué fácil es hablar sin pensar! Muchas veces, en la emoción o el dolor, hacemos promesas a Dios que luego olvidamos. Pero el sabio advierte que Dios toma en serio nuestras palabras, porque Él es un Dios de verdad y justicia. Jesús también enseñó esto siglos después cuando dijo: “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.”
— Mateo 5:37
La oración no es una competencia de palabras, ni una oportunidad para impresionar a los demás. Es un acto sagrado de comunión con el Dios que todo lo sabe. Por eso, nuestras palabras deben ser pocas, sinceras y llenas de fe. En los versículos 4 y 5, Salomón nos recuerda que hacer promesas a Dios es cosa seria. Cuando prometemos servirle, dejar un pecado, diezmar fielmente o entregarle un área de nuestra vida, debemos hacerlo con convicción y responsabilidad. “Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas.”
Dios no se agrada del compromiso superficial. Él busca integridad. Cumplir nuestras promesas demuestra que valoramos Su nombre y Su presencia. De lo contrario, nuestras palabras se vuelven un insulto a Su santidad.
El Salmo 15:1-2 pregunta:
“¿Quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón”. Y el versículo 4 dice del justo: “El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia.”
Eso significa que un verdadero adorador mantiene su palabra, aunque le cueste.
El pasaje termina diciendo: “Donde abundan los sueños, también abundan las vanidades y las muchas palabras; mas tú, teme a Dios”. El “temor de Dios” no significa terror, sino reverencia, respeto y obediencia. Es reconocer que Él es santo, justo y digno de nuestra máxima honra. Cuando vivimos con temor de Dios, cuidamos lo que decimos, cómo actuamos y cómo lo representamos en nuestra vida diaria. El temor de Dios es el principio de la sabiduría (Proverbios 1:7), y quien vive bajo ese temor camina con prudencia, humildad y verdad. Salomón nos enseña que la verdadera adoración no se mide por nuestras palabras, sino por nuestro corazón y obediencia.
Aplicación para nuestra vida:
1. Examina tu actitud cuando te acercas a Dios. ¿Vas a Su presencia por rutina, o realmente con el deseo de escucharlo? Recuerda que no basta con asistir al templo; es necesario acercarse con corazón dispuesto (Salmo 24:3-4).
2. Cuida tus palabras delante de Dios. Ora con sinceridad, sin adornos, sin promesas vacías. Habla menos y escucha más. Dios no necesita discursos, sino corazones sinceros.
3. Cumple tus compromisos espirituales. Si le has prometido algo al Señor, cumple con fidelidad. Él honra la obediencia (Deuteronomio 23:21-23).
4. Vive con temor reverente. Que tus decisiones diarias reflejen respeto y honra hacia Dios. El temor del Señor te protegerá del pecado y te conducirá a la sabiduría.
Oramos: Señor, enséñame a acercarme a Ti con respeto y humildad. Guarda mis labios de palabras vacías y mi corazón de promesas apresuradas. Ayúdame a cumplir lo que te he prometido y a vivir con temor reverente cada día.
Que mi adoración sea sincera, mi palabra fiel, y mi corazón obediente. En el nombre de Jesús, amén.
Bendiciones familias cumplamos lo que le prometemos a Dios, con amor en Cristo.