19/05/2026
En aquel tiempo, elevando los ojos al cielo, Jesús, exclamó: "Padre ha llegado la hora; ¡Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te dé Gloria a Tí!.
Yo ya no estoy más en el mundo, pero ellos se quedan en el mundo, mientras yo vuelvo a Tí.
Padre Santo, guárdalos en ese Nombre tuyo que a mí me diste, para que sean uno como nosotros".
Juan 17, 1.11
Después de vivir durante tres años en el seno de aquella familia itinerante, cuidándolos con tanto cariño, luchando, para formar con ellos, una familia unida, poniendo en práctica todas las exigencias de amor, porque el Padre de Jesús era también el Padre de los Apóstoles, y el Dios de aquellos pescadores era también el Dios de Jesús; al final, antes de levantar el vuelo para subir al Padre, Jesús dio la razón profunda de aquella singular convivencia: levantó sus ojos, y, con una expresión hecha de veneración y cariño dirigió al Padre una súplica:
"que sean UNO, Padre amado, como Tú y Yo".
Existía, pues, una raíz subterránea que mantenía en pie todos aquellos "árboles": El Padre.
Más allá de las diferencias temperamentales o sociales, una corriente elemental unificaba, en un proceso identificante, a todos aquellos que tenían un Padre en común.
El misterio existencial de la vida fraterna consistirá siempre, en imponer las convicciones de fe sobre las emociones espontáneas: el Padre de ese hermano es mi Padre, el Dios que me amó y me acogió es el Dios de ese hermano. Será necesario abrirme, aceptarlo y acogerlo como el hijo de “mi Padre”.
Extractado del L. Sube Conmigo
P. Ignacio Larrañaga
tovpil.org
fundaciontovpil.org