25/05/2026
*MUERTE QUE PRODUCE VIDA*
Gálatas 2:20 NTV
[20] *Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí.*
En esta Escritura Bíblica el apóstol Pablo nos confronta con una verdad que va en contra de la mentalidad actual: *Mi vida ya no me pertenece completamente a mí; ahora Cristo vive en mí.*
En una generación donde muchos siguen solamente sus emociones, impulsos y deseos personales, este pasaje nos recuerda que el creyente fue llamado a algo más grande que simplemente *hacer lo que siente*
Pablo declara: *He sido crucificado con Cristo* Eso significa que la vieja naturaleza —el orgullo, la rebeldía, los deseos desordenados, el egoísmo y todo aquello que nos aleja de Dios— debe morir diariamente. Crucificar la carne no es perder libertad; es dejar morir aquello que destruye nuestro propósito. Muchas veces queremos vivir el sueño de Dios sin renunciar a los hábitos, relaciones o actitudes que apagan Su voluntad en nosotros. Pero no puede haber resurrección sin cruz.
Hoy muchos desean resultados espirituales sin procesos espirituales. Quieren paz sin rendición, propósito sin obediencia y bendición sin transformación. Sin embargo, cuando nuestra carne gobierna, terminamos frustrando el diseño de Dios para nuestra vida. La carne siempre buscará comodidad; el Espíritu siempre nos llevará a crecimiento.
Crucificar la carne implica decir:
- “No” a lo que me aparta de Dios.
- “No” a mi orgullo cuando debo perdonar.
- “No” a mis impulsos cuando quieren dominarme.
* “Sí” a la voluntad de Cristo aunque me incomode.
*
El resultado de esa entrega es glorioso: Cristo comienza a manifestarse en nosotros. Nuestra manera de hablar cambia, nuestras decisiones cambian, nuestras prioridades cambian. Entonces dejamos de perseguir solamente sueños personales y empezamos a caminar en el propósito eterno de Dios.
El “sueño de Dios” para nosotros no es simplemente tener éxito terrenal; es reflejar a Cristo, vivir con propósito y dejar huella eterna. Cuando la carne muere, el Espíritu toma el control. Y donde el Espíritu gobierna, hay dirección, fruto, paz y vida abundante.
La cruz no solo fue para salvarnos; también es el lugar donde nuestro viejo yo debe morir para que la nueva vida de Cristo pueda manifestarse plenamente.