31/05/2026
“Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba”
Reflexión sobre San Juan 7:37-52
En el momento culminante de la fiesta, cuando el pueblo recordaba el agua que Dios hizo brotar para Israel en el desierto, Cristo se levanta y proclama: «Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba». Con estas palabras, el Señor revela un misterio inmenso: Él no ofrece simplemente agua, sino que se presenta como la Fuente misma de la Vida.
La sed de la que habla Cristo no pertenece al cuerpo, sino a la profundidad del espíritu humano. Es la nostalgia del hombre por la comunión con Dios, el anhelo de la criatura por Aquel de quien recibió el ser. Desde la caída, el corazón humano busca descanso en muchas cosas pasajeras, pero permanece inquieto porque fue creado para participar de la vida divina.
El Señor anuncia que de quien crea en Él correrán ríos de agua viva. El Evangelista explica que hablaba del Espíritu Santo. No se trata únicamente de una gracia externa, sino de la presencia vivificante de Dios que habita en el creyente, lo transforma interiormente y lo hace templo santo. El hombre ya no vive solamente para sí mismo, sino que se convierte en instrumento de la acción divina en el mundo.
Por eso la presencia de Cristo provoca división. Algunos reconocen en Él al Profeta esperado y al Mesías; otros endurecen su corazón. La Luz siempre revela lo que hay en el interior del hombre. Quien ama la verdad se acerca a Cristo; quien se aferra a sus propias seguridades teme la luz porque ella desenmascara toda falsedad.
Los guardias enviados para arrestarlo regresan sin cumplir la orden y pronuncian una de las confesiones más hermosas del Evangelio: «Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre.» No perciben solamente la elocuencia de sus palabras, sino la autoridad del Verbo eterno que habla. En Cristo, la Palabra de Dios no es un mensaje acerca de Dios; es Dios mismo que se comunica al hombre.
Este pasaje nos invita a preguntarnos si todavía tenemos sed de Dios o si hemos aprendido a conformarnos con los pozos vacíos del mundo. La verdadera tragedia espiritual no es sentir sed, sino dejar de buscar el agua viva. Quien reconoce su pobreza interior ya está cerca de la gracia, porque el Señor jamás rechaza al que se acerca a Él con humildad.
Que nuestros corazones no se contenten con los bienes pasajeros, sino que busquen incesantemente la Fuente eterna. Y que el Espíritu Santo haga de nuestra alma una morada de la presencia divina, para que la vida de Cristo brote en nosotros como un río que conduce a la eternidad. ✠ Arzobispo Elías Sleyman