25/10/2025
EL FARISEO Y EL PUBLICANO
(El Evangelio desde el Refugio Arroyo Seco Queretaro)
Amigos, estos personajes cuestionan la forma como busco a DIOS en el templo, y la manera, como sigo a JESUS (Lc 18, 9-14)
A veces me parezco al Fariseo, porque me siento importante, cumplidor de la ley, y buen creyente.
Pienso salvarme por los ayunos y los golpes de pecho.
Desprecio a los pobres, me siento perfecto, y creo ser mejor que los pecadores.
Rechazo los cambios eclesiales, los vientos nuevos, y el Magisterio reciente.
Condeno sin misericordia y presumo ser justo.
Rezo para ser visto, finjo ser piadoso, y prohíbo el sentido crítico.
Quiero tener siempre la razón, no tolero otras opiniones, y acuso con mentiras.
Cuando asisto al Templo miro a los demás y los critico.
Me fijo en como van vestidos, la ropa de marca, y la ropa del mercado.
El carro que usan, lo que ponen en la limosna, y el chicle que mastican.
Los niños que lloran, el celular que suena, y el sudor que me afecta.
Y si hay mucha gente, me pongo necio y renuente.
Pero también, aunque menos veces, me he sentido como el Publicano: Pecador, indigno, y vulnerable.
Pequeño ante la grandeza divina, sin derecho a la gracia, y malo desde el vientre materno.
Me cuesta levantar los ojos al cielo, y me siento avergonzado.
Prefiero la espiritualidad que libera, y no la religión que mata, el amor a la condena, la paz a la violencia, y la verdad al engaño.
Me acepto vulnerable, débil, y de perdón necesitado.
Por Dios mi Padre quiero ser abrazado, levantado por su misericordia, y ungido por el Espíritu Santo.
En el Templo disfruto del Salmo, las lecturas, y la homilía, aunque sea larga. Orar con las manos levantadas, dar la paz, y la Comunión solidaria.
Agradezco si puedo sentarme, no me quejo si me toca de pie, y disfruto cada momento.
La tarea, es erradicar esas formas ruines de comportarnos y, asumir una forma de vivir más humana, donde todos seamos hermanos, y nos reconozcamos necesitados de ayuda mutua; porque de nada sirve la prepotencia, y el rechazo constante de propuestas evangelizadoras, que pueden transformar la comunidad y los pueblos.
Pero como el Fariseo, nos hemos apropiado del Templo, y solamente nosotros, queremos "mover el pandero".
Pero hay que dejar, que otros también participen en las decisiones, y en los "comites", organicen actividades misioneras, y se involucren.
Hay que soltar "el poder acumulado", y compartirlo con otros.
En el fariseo esta la maldad de los que odian y discriminan, sintiéndose superiores.
Y en el publicano, están los rostros de los migrantes, los excluidos, y los que tienen otras preferencias sexuales.
Los que tienen otros colores en su piel, y los marginados por un sistema fiel al dinero.
Los rechazados en las Iglesias, y divorciados vueltos a casar, que no cumplen los requisitos.
Según la parabola el publicano salió perdonado, porque reconoció sus pecados; y el fariseo condenado por su soberbia incorregible; y eso mismo nos puede pasar a nosotros.
Soy el Padre Guerrero y esta es mi humilde opinión.