28/05/2026
VIII Jueves del Tiempo Ordinario o JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE
Sacerdote: Daniel Valdez García
Hermanos y hermanas en Jesucristo, nos acercamos a este tema central de nuestra fe: ¿quién es Jesús para nosotros en su sacerdocio? ¿Qué significa su sacerdocio para la vida de la Iglesia y para la nuestra como creyentes? Hoy quiero conducirles por un camino claro y persuasivo: Jesús es el único Sumos Sacerdote verdadero; su ministerio no se agota en el Antiguo Templo, sino que establece un nuevo pacto en el que cada creyente participa, no por mérito propio, sino por la gracia de Cristo. Y a la vez, el papel de nosotros los ministros ordenados no es ejercer un sacerdocio propio, sino custodiar y servir al Pueblo de Dios dentro del sacerdocio único de Cristo.
1) Jesús es el único Sumo Sacerdote verdadero
La Escritura nos dice con claridad que Jesús es el gran Mediador entre Dios y los hombres. No se trata de un simple personaje que realiza una función simbólica, sino de aquel que actúa con autoridad divina: “Tenemos un gran Sumo Sacerdote, que penetró en los cielos, Jesucristo, el Hijo de Dios” (Hebreos 4,14). En Él la misericordia de Dios se nos ofrece con libertad para acercarnos confiadamente al trono de la gracia (Hebreos 4,16).
Este sacerdocio de Cristo es eterno y perfecto. A diferencia de los sacerdotes del Templo, que servían bajo la antigua dispensación, Jesús no pertenece a la tribu de Leví sino a la orden de Melquisedek, inaugurando un sacerdocio superior que se funda en su persona y en su sacrificio definitivo (Hebreos 7,11-28). Por eso, cuando contemplamos a Jesús, no vemos simplemente a un hombre que actúa, sino al Dios- hombre que abre un acceso directo a la comunión con el Padre.
2) El antiguo sacerdocio y la novedad de Cristo
El sacerdocio levítico cumplía un pacto ceremonial y rito-sacrificial específico. Pero la persona de Jesús y su misión muestran que el corazón del acto de sacrificio no reside solamente en completar un rito, sino en obedecer a la voluntad de Dios y en ofrecer una entrega que transforma a los hombres (Hebreos 9,11-14; 10,1-14).
La crucifixión de Jesús, vista desde esa perspectiva, no es una ofrenda ritual del sacerdocio del Templo, sino la consumación de la misión del Mesías: un sacrificio perfecto que quita el pecado del mundo. En la cruz, Cristo no sólo muere; Él ofrece un sacrificio que redime y que abre un camino nuevo de relación con Dios. “No fue para sí mismo que murió, sino para que nosotros vivamos para Él.” Este acto es la clave de todo el ministerio sacerdotal de Cristo: la ofrenda que nos reconcilia con Dios y que nos llama a una vida nueva (Hebreos 9,26-28; 10,12-14; 1 Pedro 2,24).
3) El ministerio de Jesús y su mediación continua
Jesús, en su vida terrena, fue Maestro y Mediador entre Dios y los hombres. No se presentaba como sacerdote del Templo, sino como Rabí, Maestro de vida eterna, cuya cercanía a la gente revela al Padre. Y después de su Resurrección y Ascensión, el Espíritu Santo abre la Iglesia a una misión compartida: los apóstoles y sus colaboradores asumen tareas de servicio que, si bien no se presentan con la etiqueta “sacerdotal” del Antiguo Testamento, llevan en su interior un sentido sacerdotal: la santificación de los creyentes y la edificación de la comunidad en la gracia de Cristo.
En la teología cristiana, vemos cómo Pablo usa un lenguaje sacerdotal para describir su ministerio y el de otros, no para afirmarse con un sacerdocio autónomo, sino para participar del Sumo Sacerdocio de Cristo. Él escribe que ha perdonado los pecados “in persona Christi” (2 Corintios 2,10): no mediante una mera representación, sino porque Cristo mismo actúa con sus ministros y “in persona Christi” obra la gracia salvadora. Así, el ministerio de los apóstoles y de quienes somos ministros de la Iglesia tiene un fundamento sacerdotal, pero siempre en la medida en que participa del sacerdocio único de Cristo.
4) Los ministros y el servicio en la Iglesia primitiva
Tras la resurrección y la venida del Espíritu, la Iglesia organizó su vida en torno a ministros que, aunque recibían cargos y tareas específicas, no eran sacerdotes “a título propio”. Se usaron otras designaciones: apóstolos (enviados), epíscopos (supervisores), presbíteros (ancianos) y diáconos (servidores). Con todo, a través de estas funciones se manifiesta un mismo sentido sacerdotal: guiar, enseñar, orar, santificar y servir, para que el pueblo de Dios crezca en madurez y en la experiencia de la gracia. San Pablo, en sus cartas, describe su ministerio con un lenguaje sacerdotal, no para erigirse autónomamente, sino para dirigir a los creyentes hacia la plenitud de Cristo (Efesios 4,11-16; 1 Corintios 12; 1 Timoteo 3 y Tito 1-2).
Este es un punto decisivo: la Iglesia no tiene un sacerdocio independiente de Cristo; nos tiene a ministros consagrados y llamados por Cristo para ayudar a la comunidad a vivir y experimentar el sacerdocio de Cristo en la historia. Los ministros consagrados para el sacerdocio somos servidores al servicio del reino de Dios y de la la Iglesia, para orientar a los santos y hacer que la gracia de Cristo fluya a todos los rincones del cuerpo de Cristo.
5) El sacerdocio de todos los creyentes
Una de las grandes aportaciones de la fe cristiana es la afirmación de que no solo algunos son sacerdotes consagrados, sino que todos los creyentes participan de un mismo sacerdocio en Cristo, se llama sacerdocio común, real o bautismal que recibimos el día de nuestro bautismo. La Escritura llama a la Iglesia a ser “un reino de sacerdotes” y a presentar sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (Romanos 12,1; 1 Pedro 2,9). Somos un pueblo llamado a ofrecer adoración, a servir, a predicar el Evangelio y a vivir de manera que otros vean la gloria de Dios en nuestras acciones diarias.
El concepto de “in persona Christi” se mantiene: Cristo actúa en su Iglesia a través de su Espíritu y de la gracia que nos sostiene. En ese sentido, cada creyente es llamado a un papel de intercesión, de testimonio, de servicio y de santificación personal y comunitaria, no por mérito propio, sino a la luz del sacerdocio único de Cristo (1 Corintios 12; 1 Pedro 2,5-10; 2 Corintios 2,10).
6) Llamado a una vida de sacerdocio activo
Qué implica, hoy, vivir esta verdad? Implica acercarnos con confianza al Padre a través de la fe en Cristo, sabiendo que no necesitamos intermediarios humanos para entrar en su presencia, sino que el camino está abierto por la sangre de Jesús (Hebreos 4,14-16). Implica presentar ante Dios nuestras vidas como sacrificio vivo, cada día, en nuestra conducta, en nuestras relaciones y en nuestra misión en el mundo (Romanos 12,1-2). Implica también servir a nuestros hermanos con amor, humildad y diligencia, reconociendo que cada don, cada palabra de gracia, cada acto de servicio es una participación en el sacerdocio de Cristo (Efesios 4,11-13; 1 Pedro 4,10-11).
Conclusión
Hermanos, Jesucristo es el Unico, Sumo Sacerdote único, perfecto, eterno y misericordioso. Su sacrificio en la cruz abre un camino nuevo entre Dios y la humanidad; y su resurrección y envío del Espíritu santifica, capacita y envía a la Iglesia a vivir un sacerdocio que ya no es meramente ceremonial, sino vital, transformador y universal. Los ministros ordenados cumplen una función de liderazgo y servicio dentro de este único sacerdocio de Cristo; nosotros, por nuestra parte, somos llamados a vivir ese sacerdocio en nuestra vida cotidiana, en nuestra oración, en nuestra solidaridad, en nuestra misión.
Que, con la gracia de Dios, se haga real en cada uno de nosotros la verdad de que somos “reino de sacerdotes” (1 Pedro 2,9) y que, por medio de la fe en Cristo, podamos acercarnos al Padre con confianza, ofrecer nuestras vidas como sacrificio vivo y participar de la gloria de su reino, hasta que Él vuelva.
Oración final:
Señor Jesús, Sumos Sacerdote, te damos gracias por tu sacrificio que nos reconcilia contigo y con el Padre. Ayúdanos a vivir plenamente nuestro sacerdocio en Cristo: a adorarte con sinceridad, a servir a los demás con humildad, y a proclamar tu nombre con valentía. Que tu Espíritu nos fortalezca para que cada día seamos luz y sal en medio del mundo.
Amén, Señor Jesús.