25/08/2026
LA FE QUE CONSTRUYÓ UN SANTUARIO
Historia de la Parroquia y Santuario de Ntra. Sra. de San Juan de los Lagos, San Mateo Atenco, Méx.
Pbro. Dr. Daniel Valdez García
La chispa divina en la piedra
Desde los albores del tiempo, la humanidad ha buscado tejer puentes entre la tierra y el cielo. Los santuarios nacieron como faros en la penumbra, moradas terrenales concebidas para que lo divino encontrara un hogar entre nosotros. Desde los vetustos monolitos de Göbekli Tepe en Turquía, los imponentes tronos de Amón en Lúxor y Karnak, el oráculo de Apolo en Delfos o el gran altar a Zeus en Olimpia, hasta el Tabernáculo que caminaba con el pueblo hebreo en el desierto; la fe siempre ha buscado un espacio sagrado al aire libre donde respirar.
En nuestro suelo patrio, el anhelo del encuentro sagrado floreció en las alturas urbanas del Templo Mayor de Tenochtitlán, en las cumbres místicas del Tepozteco en Morelos y en los grandes caminos de peregrinación que convergen en la sagrada Cholula. Con el correr de los siglos, tras el virreinato, la gracia milagrosa transformó parajes ordinarios en fuentes inagotables de consuelo: el Señor de Chalma, la Virgen de Ocotlán en Tlaxcala, la Basílica de Guadalupe y la icónica imagen de San Juan de los Lagos en Jalisco. En el corazón de la Arquidiócesis de Toluca, este mismo fuego encendió altares emblemáticos como La Merced, Los Ángeles en Tecaxic, Guadalupe, Santiago Apóstol en Temoaya y el recóndito refugio de San Mateo Atenco.
De asfalto y lágrimas a un faro de consuelo
La historia de este santuario germinó en la misma arteria por donde fluye la vida del valle. Lo que nació entre 1793 y 1795 como el Camino Real a Toluca —diseñado por el ingeniero militar Manuel Agustín Mascaró y transitado por jinetes, carretas y el mismísimo Barón Alexander von Humboldt— se transformó con el siglo XX en una vía de terracería, luego en la Carretera Federal 15 y, finalmente, el 23 de octubre de 1973, en el dinámico Paseo Tollocan.
Hacia las décadas de 1950 y 1960, el kilómetro 55 de esa recta veloz, frente al "Rancho Don Pepe", era una franja herida por constantes accidentes automovilísticos. El peligro acechaba en el asfalto. Moviéndose por el amor a su comunidad, don Margarito González Hernández —hombre de fe, transportista y padre de una extensa familia de 84 hijos (14 de ellos junto a su esposa Teresa Pichardo Osorio)— unió esfuerzos con don Eduardo García para erigir hacia 1965 una modesta ermita en lo que hoy es la vía de baja velocidad.
El lugar parecía marcado por la prueba: una motocicleta policial y más tarde una ambulancia de rescate impactaron contra la primitiva estructura, cobrándose vidas en el intento de salvarlas. Lejos de desanimarse, la comunidad respondió con más fe. Dolores González, hija de don Margarito, trajo desde Jalisco la milagrosa imagen de la Virgen de San Juan de los Lagos. Colocada al pie de un anclaje para el campanario, la pequeña capilla comenzó a recibir las limosnas de los choferes que buscaban protección en el camino.
Con el apoyo del Sindicato de autobuses Flecha Roja y la coordinación de Manuel Zepeda, la devoción rebasó la diminuta ermita. Documentada en los archivos de la Arquidiócesis de Toluca (Vicariato de Santa Clara en Lerma, pág. 63), la presencia de la "San Juanita" obró un milagro perceptible: los accidentes en la recta comenzaron a disminuir radicalmente.
El templo levantado por las manos del pueblo
La devoción se convirtió en un torrente insostenible. En febrero de 1948, Manuel Chávez Gutiérrez y Carmelo Velázquez visitaron la imagen e impulsaron las primeras romerías desde Toluca para difundir su culto. Dada la gran afluencia de peregrinos, para 1951 ya se gestaba la idea de construir una capilla más grande; sin embargo, los planes de la Secretaría de Obras Públicas para ampliar la carretera obligaron a remover la ermita original. Lejos de detener el fervor, este cambio reavivó la gratitud: a petición de los feligreses del barrio de San Isidro, el Señor Cura Dn. Nemorio León celebró en ese lugar la primera misa entre 1953 y 1954.
En 1954, Manuel Chávez, junto a Dn. Martín y Dn. Eduardo García, formalizó el comité de obras para dar forma al nuevo recinto. El proyecto tomó un impulso decisivo entre 1961 y 1965 gracias al entusiasmo del Pbro. Roberto Estévez Cedillo, Vicario Ecónomo de Lerma. Con los planos diseñados por el arquitecto Mario C. Millán, la primera piedra fue bendecida y colocada el 23 de marzo de 1961 por Mons. Arturo Vélez Martínez, primer obispo de Toluca. Cada bloque de cemento y cada varilla fueron financiados moneda a moneda por los transeúntes y peregrinos, mientras el contador Luis Osorio González llevaba un registro impecable del prodigio constructivo.
El fruto de este esfuerzo comunitario alcanzó su reconocimiento institucional el 7 de diciembre de 1969, cuando Mons. Vélez Martínez emitió el decreto de erección del recinto como Santuario dedicado a Nuestra Señora de San Juan de los Lagos. Poco después, en septiembre de 1980, el presbítero Gerardo Menchaca M. solicitó formalmente elevar el recinto a sede parroquial; petición que culminó el 5 de septiembre de 1980, fecha en que se erigió oficialmente como parroquia independiente, desprendiéndose de la jurisdicción de Santa Clara en Lerma.
Un faro contemporáneo de paz y acogida
A diferencia de los templos tradicionales de varias naves y muros sombríos, la Parroquia de San Juan de los Lagos se alza con una sola nave de arquitectura contemporánea, amplia y luminosa, semejante a un barco de luz que abraza al navegante exhausto. Ubicado estratégicamente en la esquina de Paseo Tollocan y Reforma, en los límites de la colonia Buenavista, el recinto elimina cualquier barrera arquitectónica con sus accesos para sillas de ruedas, encarnando la verdadera inclusión evangélica.
Conocido entrañablemente por la comunidad local como "Santa Juanita", este espacio no solo cura el alma mediante el culto y las peregrinaciones, sino que cuida el cuerpo a través de su Centro de Salud parroquial. Su dignidad espiritual y relevancia comunitaria lo llevaron a ser designado sede oficial para obtener la indulgencia plenaria en los Grandes Jubileos de la Misericordia en 2016 y de la Esperanza en 2025.
Banquete de identidad: Sabores y fe en las inmediaciones
Las festividades patronales —que alcanzan su cúspide litúrgica y popular el primer domingo de febrero— convierten al santuario en un mosaico viviente donde la fe se saborea. El atrio y sus alrededores se transforman en una mesa compartida donde la tradición gastronómica del Valle de Toluca abraza a los peregrinos:
Sopes y Tacos de Chorizo Verde: El sello inconfundible de San Mateo Atenco, sazonado con cilantro, pepita de calabaza y hierbas locales.
El Obispo: Manjar tradicional de carne de cerdo sazonada, servido al momento en su versión tradicional o especial (con piñones, pasas y almendras).
Cecina y Carnitas: Acompañadas de nopales asados, cebollitas cambray, pápalo fresco y salsas de molcajete.
Garnachas de Maíz Azul: Tlacoyos, huaraches y quesadillas comacheadas al momento y rellenas de chicharrón prensado, requesón o tinga.
Pancita y Pozole: Reconfortantes platillos dominicales para tonificar el cuerpo de la familia y el romero.
El Dulce Abrazo de Jalisco
Como un cordón umbilical espiritual que une a San Mateo Atenco con el santuario matriz de Jalisco, los festejos se adornan con la dulzura del norte: la tradicional cajeta de leche de San Juan de los Lagos (envinada, de nuez o tres leches) compartida en degustaciones gratuitas, y los artesanales dulces de convento —jamoncillos, cocadas, borrachitos y obleas— que los fieles llevan a sus hogares como un recuerdo bendito de su peregrinar.