01/05/2026
“…desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación,” (1 Pedro 2:2)
Una de las etapas más hermosas de la vida es la niñez. La vida que se tiene está marcada por la aventura y el aprender siempre algo nuevo. Incluso para los que son espectadores, la niñez está caracterizada por todo un futuro sin suceder que, por algunos años, puede esperar. Esta hermosura, no obstante, solo es posible cuando el contexto en el que se desarrolla la infancia tiene cubiertas, o al menos cuidadas, todas las necesidades integrales del menor.
La Resurrección de Jesús fue el milagro que hizo posible a través de hechos históricos un nuevo nacimiento. Los que morimos con Cristo en el Bautismo somos resucitados con Él a una nueva vida que puede extenderse por años en este mundo. De muchas maneras, iniciarse en los caminos del Señor es verdaderamente un volver a dar los primeros pasos de esto que llamamos vida cristiana. Y de la forma en la que un niño se conoce a sí mismo conociendo a su familia, también aprendemos más de nuestra condición al conocer a nuestros hermanos para juntos crecer en el conocimiento último de nuestro Dios. Todo esto es posible, no obstante, solo porque Jesús ya se ha encargado de todos aquellos elementos y garantías que posibilitan un crecimiento cristiano pleno. De éstos, el más importante es, ciertamente, nuestra eternidad. Pues solo así, como hijos del Padre y hermanos de Cristo, podemos aventurarnos en el misterioso mundo de la vida en Él sabiendo que un día comenzaremos una nueva travesía en gloria que nunca tendrá fin.
—Oración de la Noche—
Gracias, Señor, porque me has hecho hijo tuyo. Porque me has dado una vida en Cristo tan hermosa como la niñez, y porque puedo aventurarme en ella porque tu Hijo ha cuidado de todos los detalles Ayúdame en mis pasos y dirígelos. En Cristo Jesús, Amén.
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