25/08/2026
“Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.” (S. Juan 1:49)
Una expresión conocida en relación a los libros es «nunca juzgarlos por su cubierta». Irónicamente, las casas editoriales y las revistas hacen todo lo posible para que sus productos sean también visiblemente atractivos para potenciales compradores. Es claro que el valor del contenido y el atractivo no están relacionados forzosamente, pero pocos podrán negar que siempre miramos el exterior antes que al interior.
La Encarnación del Hijo de Dios es un misterio tan interesante, que Jesús fue víctima de la discriminación, y no de un desconocido sino por uno de sus futuros discípulos. De alguna manera, es gracioso pensar que el primer pensamiento de San Natanael sobre su Señor estuvo informado por un estereotipo de su tiempo. Tristemente, esta historia se repite en la inmensa mayoría de personas que escuchan de Jesús por primera vez, las ideas erradas o imprecisas sobre Él atraviesan primero su pensamiento que la verdad de su Persona. Es entonces que cobra gran importancia nuestro testimonio de voz y de vida, no porque nuestra experiencia valide su mensaje, sino porque lo que las personas reciben primero, aun aquellas con verdadero interés, es lo que sus ojos y razón cerrados a Dios pueden percibir. Lo hermoso del Evangelio, como lo fue con San Natanael, es que la Palabra de Dios no nos deja en lo exterior sino llega justamente al lugar a donde necesita llegar. Y, así, una vez que la Biblia se abre para ellos, lo que sus ojos ven y su pensamiento entiende, no son las ideas de otros sino aquello que Él hace en sus vidas.
—Oración de la Noche—
Gracias, Señor, porque tu Palabra no me dejaste en la soledad de mis ideas o mal conceptos sino que abriste mis ojos y entendimiento al mensaje de tu Evangelio para mi vida. En Cristo Jesús, Amén.
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