31/03/2026
Hola, yo me llamo Anne Askew. Laura May
Nací en Inglaterra hace muchos años, en una familia que tenía buena posición, pero lo más
importante para mí no eran las riquezas ni los títulos, sino conocer la verdad de Dios. Desde
pequeña tuve la oportunidad de aprender a leer, y cuando comencé a leer la Biblia, descubrí
algo maravilloso: Dios habla a su pueblo por medio de su Palabra. Mientras más leía, más
entendía que la verdad de Dios es clara y suficiente para guiarnos en la vida.
En mi juventud, viví en un tiempo en el que muchas personas seguían tradiciones religiosas sin
examinar si eran correctas. Yo escuchaba enseñanzas diferentes y, a veces, confusas. Por eso decidí buscar en las Escrituras la verdad. Allí aprendí que Jesucristo murió por los pecadores
y que la salvación es un regalo de la gracia de Dios, no algo que podamos ganar por nuestros
propios esfuerzos. Esta verdad llenó mi corazón de gozo y me dio un profundo deseo de
compartirla con otros.
Me gustaba conversar con las personas sobre la Biblia. Hacía preguntas, escuchaba respuestas y
comparaba todo con lo que Dios había dicho en su Palabra. Algunas personas se sorprendían de
que una mujer hablara tanto de las Escrituras, pero yo sabía que todo creyente, hombre o mujer,
puede amar y aprender la verdad de Dios. Para mí, obedecer a Dios era más importante que
agradar a los hombres.
Con el tiempo, mis enseñanzas llamaron la atención de las autoridades religiosas. Me llevaron
ante jueces y líderes que querían que negara lo que creía. Me preguntaban una y otra vez si
cambiaría mis ideas, pero yo respondía que mi conciencia estaba sujeta a la Palabra de Dios.
No quería discutir por orgullo, sino permanecer fiel a la verdad que había aprendido de las
Escrituras.
Fui arrestada y llevada a prisión. Allí experimenté dolor, cansancio y momentos de tristeza, pero
también experimenté la presencia de Dios. Oraba, recordaba versículos de la Biblia y confiaba
en que el Señor tenía el control de todo. Aunque mi cuerpo estaba débil, mi fe se fortalecía cada
día. Aprendí que Dios sostiene a sus hijos aun en medio de las pruebas más difíciles.
Finalmente, fui condenada por causa de mi fe. Sabía que mi vida en la tierra terminaría, pero
también sabía que la vida eterna con Cristo es segura para los que creen en Él. Morí confiando
en el Señor, con paz en mi corazón, porque sabía que la verdad de Dios vale más que cualquier
cosa en este mundo.
Mis principales aportaciones fueron estas:
Yo ayudé a mostrar que la Biblia es la autoridad más importante para la vida cristiana. En
un tiempo en que muchas personas seguían tradiciones humanas sin examinarlas, yo insistí en
que todo debía compararse con la Palabra de Dios. Enseñé que la verdad no depende de lo que
la mayoría dice, sino de lo que Dios ha revelado en las Escrituras.
También defendí con firmeza que la salvación es por la gracia de Dios y no por las obras
humanas. Esta enseñanza ayudó a muchas personas a entender que no necesitamos hacer
méritos para ganar el amor de Dios, sino confiar en Jesucristo como nuestro Salvador. Mi vida
fue un testimonio de que la gracia de Dios es suficiente para sostenernos aun en medio del
sufrimiento.
Otra de mis aportaciones fue mostrar que las mujeres pueden amar profundamente la
Palabra de Dios y ser valientes en la fe. Aunque en mi tiempo no era común que una mujer
hablara de teología o defendiera sus creencias, yo lo hice con respeto y firmeza. Esto animó a
otras mujeres a estudiar la Biblia y a confiar en Dios.
Finalmente, mi vida mostró que vale la pena permanecer fiel a Cristo aun cuando eso traiga
dificultades. Mi sufrimiento no fue en vano, porque muchas personas después de mí fueron
animadas a confiar en la verdad de la Biblia y a seguir a Jesús con valentía.
Niños y padres, quiero dejarles este mensaje:
Amen la Biblia, crean en Jesucristo y manténganse firmes en la verdad, aunque otros no
estén de acuerdo. Dios siempre está con los que confían en Él.