16/08/2026
Cuando llegamos a Cristo, comenzamos un proceso de transformación. Dios conoce nuestra situación y nuestro proceso, y continúa trabajando en aquellas áreas de nuestra vida que necesitan ser rendidas a Él. Muchas veces llegamos con heridas, rechazo, falta de perdón y raíces de amargura que hemos cargado durante años sin ser concientes de ello.
Nos damos cuenta que una herida no tratada puede crecer y afectar nuestra manera de pensar, sentir y relacionarnos con los demás. Así como una pequeña piedra dentro de un zapato comienza siendo una molestia y con el tiempo provoca una herida, una ofensa guardada en el corazón puede convertirse en resentimiento, amargura y dolor. Por eso, las personas heridas pueden terminar hiriendo a otros, mientras que las personas sanadas y restauradas pueden ayudar a sanar y restaurar a quienes las rodean.
Como punto importante, debemos entender que la falta de perdón puede surgir a partir de ofensas, rechazos, decepciones o traiciones. Sin embargo, perdonar no significa negar lo ocurrido, justificar el daño o fingir que no nos dolió. Tampoco significa necesariamente reconciliarnos o volver a tener una relación cercana con quien nos lastimó. Perdonar es una decisión de voluntad: es liberar a quien nos ofendió y cancelar la deuda emocional que sentimos que tiene con nosotros.
Como hijos de Dios, no debemos permitir que el dolor, el resentimiento o la ofensa permanezcan gobernando nuestro corazón. Aunque lo que nos hicieron haya sido injusto y nos haya causado dolor, estamos llamados a perdonar y entregar esa situación a Dios, confiando en que Él puede sanar nuestras heridas y restaurar nuestro corazón. El perdón no cambia lo que ocurrió, pero sí cambia la manera en que permitimos que aquello afecte nuestra vida.
Es importante enfatizar que el tiempo, por sí solo, no sana las heridas. Cuando una ofensa no se procesa correctamente, en lugar de desaparecer puede hacerse más profunda.
Por eso, no debemos esperar que con el paso de los años el dolor desaparezca por sí mismo; es necesario llevar esas heridas delante de Dios y permitir que Él obre en nuestro corazón.
El verdadero perdón implica renunciar al deseo de venganza, soltar el resentimiento y dejar de permitir que aquello que nos hicieron gobierne nuestra vida. Perdonar no significa olvidar lo ocurrido ni decir que estuvo bien, sino decidir que esa situación ya no tendrá control sobre nuestras emociones, nuestra paz ni nuestra relación con Dios. Al perdonar, dejamos de cargar con una ofensa que nos limita y permitimos que Dios traiga sanidad y restauración a nuestro corazón.
Las ofensas son inevitables, pero lo importante es decidir qué hacemos con ellas. El enemigo puede utilizar una ofensa como una trampa para llevarnos al rencor, al orgullo y a la pérdida de paz. La verdadera trampa no está solamente en lo que nos hicieron, sino en permitir que esa ofensa permanezca en nuestro corazón.
Existen actitudes que nos hacen más vulnerables a la ofensa, como la inseguridad, la inmadurez espiritual, el orgullo y la sensibilidad excesiva. La verdadera madurez espiritual se refleja en cómo reaccionamos cuando somos heridos.
La falta de perdón tiene consecuencias espirituales, emocionales, personales y, especialmente, en nuestra fe. Por eso debemos recordar que la falta de perdón no castiga al ofensor, sino que mantiene prisionero a quien guarda la ofensa. Perdonar no significa justificar lo ocurrido, sino decidir soltar el dolor, entregarlo a Dios y no permitir que siga gobernando nuestra vida.
Perdonar es una decisión de obediencia y libertad que permite a Dios sanar nuestro corazón, recuperar nuestra paz y evitar que nuestras heridas afecten a los demás.
Hermano Marco Dominguez