20/08/2020
SI HAY AMOR GENUINO,
¿SE OPONDRÍA DIOS A LA UNIÓN HOMOSEXUAL?
(Lectura de 4 minutos)
La comunidad LGBT se ha pronunciado en respuesta a la desaprobación bíblica de sus prácticas. De hecho, han propuesto respuestas teológicas a la “problemática homosexual” que la Biblia pudiera presentar. Básicamente, sostienen que los textos que generalmente se usan (Gn. 19:1-13; Lev. 18:22, 20:13; Ro. 1:18-32; 1 Co. 6:9-10 y 1 Tim. 1:8-11) no son aplicables ya que, por lo general, están relacionados a otros pecados y aspectos culturales; por lo que poco y nada podrían decir sobre la unión homosexual legítima, mucho menos condenarla.
Después de todo, dicen ellos, ¿qué problema podría haber con dos personas que libremente decidan unirse en amor que, lejos de toda perversidad, es un acto genuino? ¿Acaso Dios, siendo amor, no aprueba actos amorosos sinceros? Algunos comentaristas bíblicos de ese sector han afirmado que la Biblia sí condena ciertos tipos de prácticas homosexuales como la violación en bandas, idolatría, promiscuidad y actos lujuriosos. Sin embargo, no dice nada en cuanto a la “orientación sexual” y “la relación de amor y compromiso similar a cualquier relación heterosexual". Por lo tanto, hay una propuesta en nombre del “amor” y eso no debería ser desaprobado por Dios. ¿Por qué debería?
Pues bien, quizá pudieran tener razón en que la Biblia parece guardar silencio en cuanto a la orientación sexual en sí o a esta unión amorosa que no parece “perversa”, “promiscua” o “lujuriosa”. No obstante, la Biblia claramente advierte que, aunque haya “amor genuino”, todavía es posible estar completamente desaprobado por Dios.
En otras palabras, ¡el amor está presente aún en el error! Veamos algunos ejemplos bíblicos de amores equivocados:
1. Jesús describe la condenación, no como la falta de amor, sino como el “amor a las tinieblas más que la luz” (Juan 3:19).
2. El apóstol Pablo advierte que en un futuro será común que haya “amadores de sí mismos” y “amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:2, 4).
3. Y lo que casi todos conocen: Según el mismo apóstol Pablo, la raíz de todo mal no se trata del odio o la indiferencia, sino del “amor al dinero” (1 Timoteo 6:10).
4. Y demás está decir que existen quienes aman la mentira (Salmos 62:4), la muerte (Proverbios 8:36), el soborno (Isaías 1:23), la vanagloria (Lucas 9:46), etc.
A la luz de la cosmovisión bíblica, el amor, por más genuino y sincero que sea, no está libre de error ni garantiza la aprobación de Dios. Por lo general, cuando estos sectores proponen una aceptación divina, ya que Dios ama tal cual sea alguien, no parece tomar en cuenta una verdad bíblica fundamental: El pecado.
El mal del pecado no ha eliminado los atributos que Dios plasmó en el ser humano que es su imagen (sea homosexual o no), sino que lo ha degradado y desviado para que sirvan al error. El hombre continuó amando, aunque equivocadamente; así también continuó adorando, aunque ya no al Creador (Romanos 1).
En este caso, la unión homosexual, aunque sea en nombre del amor, es una degradación de lo establecido por Dios. Aunque cierta "comunidad cristiana homosexual" desee comparar su propuesta de unión con la unión heterosexual establecida por Dios, Génesis 2 siempre derribará sus esfuerzos por "santificarlo".
Génesis 1 establece la “igualdad de sexos” y Génesis 2 establece una unión “complementaria” donde dos personas de dos sexos distintos se unen para ser compañeros sociales y sexuales. ¡Solo ellos pueden ser una sola carne! (Génesis 2:24). Jesús mismo reconfirma esto sugiriendo que este tipo de unión pertenece al plano originalmente diseñado por Dios (Marcos 10:4-9).
A esto, John Stott concluye lo siguiente: “….las escrituras definen el matrimonio instituido por Dios en términos de monogamia heterosexual. Es la unión de un hombre con una mujer, que ha de ser reconocida públicamente (dejar padre y madre), sellada por la vida (se unirá a su mujer) y consumada físicamente (serán una sola carne). Las Escrituras no contemplan otra clase de matrimonio ni de relación sexual, pues Dios no ofreció otra alternativa”.
Al igual que al amor mismo, el pecado ha dañado el matrimonio y la sexualidad proponiendo uniones ilícitas. Aunque siguen presentes, están distorsionadas. Y todos (sea homosexual o no) han sido objetos de esa distorsión. Sin embargo, Jesús vino a salvar lo que se había perdido (Mateo 18:11) y a hacer nueva todas las cosas (2 Corintios 5:17; Apocalipsis 21:5).
Por tanto, todos debemos confiar en la Palabra de Dios y acercarnos, homosexual o no, a Cristo en arrepentimiento y fe.
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Gracia & Verdad, 2020