16/02/2022
¿Quienes somos?
Los Santos Abades Roberto de Molesmes, Alberico y Esteban Harding dieron una forma peculiar a la tradición benedictina, cuando en el año de salvación 1098, construyeron el Nuevo Monasterio de Císter, nuestra madre común, y fundaron la Orden Cisterciense. Hacia el año 1125, el mismo San Esteban instituyó el monasterio de monjas, vulgarmente llamado "Tart", como hijas propias de Císter, encomendadas al cuidado pastoral del Abad de esta misma casa. El Exordio Parvo y las cartas de caridad describen la vocación y la misión que los fundadores recibieron de Dios y que la Iglesia aprobó y aprueba con su autoridad para su tiempo y para el nuestro.
De tal forma se propagó este ideal de renovación bajo el impulso de San Bernardo de Claraval y otros, que los monasterios de monjes y de monjas seguidores de la Observancia Cisterciense se extendieron más allá de la Europa Occidental. Ya en aquella época se recibieron en la Orden los Hermanos conversos y las Hermanas conversas.
La vida y trabajo de muchos monjes y monjas creó un valioso patrimonio espiritual, que se encuentra reflejado de forma particular en sus escritos y cantos, en su arquitectura y arte, e incluso en la sabia administración de sus propiedades.
Los monjes y las monjas de la Orden se sienten realmente deudores del movimiento llamado de la "Estrecha Observancia", que, en tiempos difíciles, defendió con tesón algunos valores del patrimonio cisterciense, y que, gracias a los esfuerzos del Abab de Rancé y a las iniciativas de Dm. Agustín de Lestrange, se pudieron transmitir a futuras generaciones.
En el año 1892, tres de aquellas Congregaciones, procedentes de Valsanta, se unieron y formaron una Orden autónoma, la Orden de los Cistercienses Reformados de Nuestra Señora de la Trapa, hoy llamada Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia.
El deseo de una auténtica vida monástica, siempre activo en diversas formas a lo largo de los siglos, continua animando también hoy a los monjes y monjas de la Orden a renovar diligentemente su vida.
Siguiendo los principios del Concilio Vaticano II, se esfuerzan en adquirir un conocimiento más profundo de sus propias fuentes y al mismo tiempo en ser hoy dóciles a la acción de Dios.
El Capitulo General del año 1969, con la Declaración de la Vida Cisterciense y el Estatuto de Unidad y Pluralismo. reafirmó la adhesión de la Orden a la Regla de San Benito como interpretación del Evangelio que le ha sido transmitida. Dio además, directrices y abrió nuevos caminos para su fiel observancia en las cambiantes situaciones del mundo.
En estos documentos el Capitulo General distinguió entre el espíritu de la Regla, las observancias fundamentales que constituyen la vida cisterciense, y todo aquello que se puede adaptar a las circunstancias locales.
Esta recopilación de Constituciones y Estatutos es el fruto de la experiencia de estos años de renovación. Es de desear que se convierta en instrumento eficaz que ayude a la Orden a conseguir su perfección según el espíritu del Concilio Vaticano II, y a estar cada vez más dispuesta a cumplir su misión específica en la Iglesia y en el mundo.
EL PATRIMONIO CISTERCIENSE
-La tradición de la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia
La orden Cisterciense de la Estrecha Observancia proviene de la tradición monástica de vida evangélica expresada en la Regla de Monasterios de San Benito de Nursia.
Los fundadores de Cister dieron a esta tradición una forma peculiar, cuyos ideales defendieron vivamente los monasterios de la Estrecha Observancia. En el año 1892 se unieron tres Congregaciones de la Estrecha Observancia y formaron una Orden que actualmente se llama: Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia.
Naturaleza y fin de la Orden
Dicha Orden es un Instituto monástico de vida íntegramente ordenado a la contemplación. Por eso los monjes se dedican al culto divino según la Regla de San Benito dentro del recinto del monasterio. En soledad y silencio, en oración constante y gozosa penitencia, ofrecen a la divina majestad un servicio humilde y digno a la vez, observando la vida monástica según se determina en estas Constituciones.
El espíritu de la Orden
La vida cisterciense es cenobitica. (Vivir en comunidad)
Los monjes cistercienses buscan a Dios y siguen a Cristo bajo una Regla y un Abad en una comunidad estable, escuela de caridad fraterna.
Porque los hermanos tienen un solo corazón y un solo espíritu lo poseen todo en común. Al llevar unos las cargas de los otros, cumplen con la ley de Cristo y, al participar de su pasión esperan entrar en el reino de los cielos.
El monasterio es escuela del servicio divino. En ella Cristo se forma en los corazones de los hermanos mediante la liturgia, la enseñanza del Abad y la vida fraterna. La Palabra de Dios instruye a los monjes en la disciplina del corazón y en la ascesis. De este modo, dóciles al Espiritu Santo, pueden alcanzar la pureza de corazón y el recuerdo constante de la presencia de Dios.
Los monjes siguen las huellas de quienes, en tiempos pasados, fueron llamados por Dios al combate espiritual en el desierto. Como ciudadanos del cielo hacen extraños a la conducta del mundo. Ejercitados en la soledad y el silencio anhelan la paz interior en la que se engendra la sabiduría y se niegan a sí mismos para seguir a Cristo.
Combaten la soberbia y la rebelión del pecado con la humildad y la obediencia. Buscan la bienaventuranza prometida a los pobres en la sencillez y el trabajo. Gracias a una gozosa hospitalidad, comparten con los que también son peregrinos como ellos, la paz y la esperanza que Cristo brinda generosamente.
El monasterio es figura del misterio de la Iglesia. En él nada se anteponga a la alabanza de la gloria del Padre; no se ahorre esfuerzo alguno para que toda la vida comunitaria se acomode a la ley suprema del Evangelio y para que la comunidad no carezca de ningún don espiritual. Los monjes se esfuerzan por vivir en comunión con todo el pueblo de Dios y participar en el vivo deseo de la unión de todos los cristianos.
Con su vida monástica llevada con fidelidad, y por la secreta fecundidad apostólica que les es propia, sirven al pueblo de Dios y a todo el género humano.
Todas las iglesias de la Orden y todos los monjes están consagrados a la Bienaventurada Virgen María, Madre y Figura de la Iglesia en la fe, en la caridad y en la perfecta unión con Cristo.
Toda la organización del monasterio tiene como fin que los monjes se unan íntimamente a Cristo, porque sólo en el amor entrañable de cada uno por el Señor Jesús pueden florecer los dones peculiares de la vocación cisterciense.
Los hermanos solamente serán dichosos en la vida sencilla, escondida y laboriosa, si no anteponen absolutamente nada a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna.