08/05/2022
Hoy celebramos el IV Domingo de Pascua, “Domingo del Buen Pastor”.
El cuarto domingo de Pascua, llamado «domingo del Buen Pastor», cada año nos invita a redescubrir con estupor siempre nuevo esta definición que Jesús dio de sí mismo, releyéndola a la luz de su pasión, muerte y resurrección.
«El buen pastor da la vida por sus ovejas»: estas palabras se realizaron plenamente cuando Cristo, obedeciendo libremente a la voluntad del Padre, se inmoló en la Cruz. En abierta oposición a los falsos pastores y a diferencia del mercenario, Cristo Pastor es un guía atento que participa en la vida de su rebaño, no busca otro interés, no tiene otra ambición que la de guiar, alimentar y proteger a sus ovejas. Y todo esto al precio más alto, el del sacrificio de su propia vida.
En la figura de Jesús, Pastor bueno, contemplamos a la Providencia de Dios, su solicitud paternal por cada uno de nosotros. ¡No nos deja solos! La consecuencia de esta contemplación de Jesús, Pastor verdadero y bueno, es la exclamación de conmovido estupor que encontramos en la segunda Lectura de la liturgia de hoy: «Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre...» (1 Jn 3, 1).
Es verdaderamente un amor sorprendente y misterioso, porque donándonos a Jesús como Pastor que da la vida por nosotros, el Padre nos ha dado lo más grande y precioso que nos podía donar.
Es el amor más alto y más puro, porque no está motivado por ninguna necesidad, no está condicionado por ningún cálculo, no está atraído por ningún interesado deseo de intercambio. Ante este amor de Dios, experimentamos una alegría inmensa y nos abrimos al reconocimiento por lo que hemos recibido gratuitamente.
Pero «contemplar» y «agradecer» no basta. También hay que «seguir» al buen Pastor. En particular, cuantos tienen la misión de guía en la Iglesia –sacerdotes, obispos, Papas– están llamados a asumir no la mentalidad del mánager sino la del «siervo», a imitación de Jesús que –despojándose de sí mismo– nos ha salvado con su misericordia.
Que María Santísima obtenga para el Papa, para los obispos y para los sacerdotes de todo el mundo la gracia de servir al pueblo santo de Dios mediante la alegre predicación del Evangelio, la sentida celebración de los Sacramentos y la paciente y mansa guía pastoral.