13/05/2026
El Sol apenas comienza a calentar el asfalto de la Calzada de Guadalupe, pero el calor humano ya es absoluto. Nos encontramos en la exglorieta de Peralvillo, y el ambiente es una mezcla vibrante de incienso, sudor y cánticos. Hace apenas unos minutos, en punto de las 8:00 AM, la columna de la Diócesis de Ciudad Altamirano se ha puesto en marcha.
El contingente es imponente. En la vanguardia, abriendo paso con un paso rítmico y solemne, se encuentran los hermanos peregrinos de a pie. Sus rostros, curtidos por el sol y marcados por el cansancio de los días que llevan caminando desde la catedral de nuestra diócesis, son el espejo de una fe que no conoce de fatigas. Sus huellas, que traen el polvo de los caminos de Guerrero, se funden ahora con el pavimento de la capital.
A su lado, con una presencia que infunde serenidad y guía, camina nuestro Administrador Diocesano, el Padre Oton. Su participación a la cabeza de esta manifestación de fe no es solo protocolaria; es el pastor que camina con sus ovejas, compartiendo el último tramo de este sacrificio que hoy busca la mirada de la Madre.
La escena en este momento:
El estruendo de la fe: Los tambores y las trompetas de las bandas de guerra anuncian a la ciudad que Altamirano está aquí.
El rostro de la esperanza: Se observan cientos de estandartes que ondean al ritmo de la caminata; cada uno representa una comunidad, una familia y una petición que está a punto de ser entregada.
La meta a la vista: Al fondo, la silueta de las torres del Tepeyac aguarda. Hay lágrimas en los ojos de quienes, tras kilómetros de distancia, saben que están a solo unos pasos de entrar a la "Casita de la Virgen".
La procesión avanza. No es solo un grupo de personas caminando; es una diócesis entera que se mueve como un solo cuerpo hacia el encuentro con la Morenita. La peregrinación apenas comienza su último tramo, y el fervor es, sencillamente, desbordante.