29/01/2026
VIVA LA VERDAD, VIVA CRISTO REY
Efemérides que incomodan a los tiranos.
La historia de la Iglesia no es un álbum de estampitas piadosas, sino un campo de batalla donde la verdad suele caminar con casco y cicatrices. El año 2026 nos obliga a mirar dos efemérides separadas por cuatro siglos, pero unidas por un mismo nervio: la pretensión del poder terrenal de dictar conciencia… y la santa terquedad de la fe cristiana en no pedir permiso para obedecer a Dios.
ESPIRA 1526 / HACE 500 AÑOS
CUANDO LA PALABRA SE NEGÓ A ARRODILLARSE
En la Dieta de Espira (1526), el Edicto de Worms (1521) —que había condenado a Martín Lutero y proscrito la fe reformada— quedó, de hecho, neutralizado. El resultado fue tan simple como explosivo: cada príncipe del Sacro Imperio podría decidir si permitía en sus territorios la enseñanza y el culto reformado. No fue libertad religiosa plena, pero sí una grieta providencial en el muro del absolutismo religioso-político.
Allí resonó, aunque no siempre con trompetas, el principio que haría temblar tronos y sotanas: Sola Scriptura. La Escritura por encima de tradiciones humanas, del clero investido de infalibilidad y de supersticiones barnizadas de piedad. “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5:29). Cuando la Palabra habla, el poder debe callar… o enfurecerse.
No es casualidad que la Reforma no pidiera licencia al César. Como observó Martín Lutero con su habitual filo: “La conciencia no es segura ni recta si no está cautiva de la Palabra de Dios.” Y una conciencia cautiva de la Palabra es, para cualquier imperio, una amenaza intolerable.
México 1926 / HACE 100 AÑOS
CUANDO EL ESTADO QUISO SEÑOREAR SOBRE LA FE
Demos un salto abrupto —como suele hacerlo la historia— hasta 1926, hace 100 años, cuando en México estalló la Guerra Cristera bajo el gobierno de Plutarco Elías Calles. El conflicto no fue una discusión teológica fina, sino una confrontación armada provocada por severas restricciones a la libertad religiosa. El catolicismo romano respondió con resistencia armada; el Estado, con represión.
Ambos episodios —Espira y la Cristiada— revelan el mismo patrón: cuando los gobiernos se sienten dueños de la conciencia, la fe se convierte en delito. El problema no es solo qué religión se profesa, sino quién se arroga el derecho de regular la adoración. Y cuando el Estado se pone la mitra, siempre termina usando la espada.
La lección es incómoda, pero necesaria: la Iglesia no puede ser ingenua ni muda frente al injerencismo del poder. El respeto a las autoridades no equivale a canonizarlas.
En esta línea, es digno de mención que la Iglesia Nacional Presbiteriana de México afirma con claridad bíblica su postura: promueve el respeto a las autoridades, la colaboración por el bien común y el clamor por una nación bendecida con justicia, paz y libertad. Pero también declara —y aquí la fe se pone de pie— que “no guardará silencio ante regímenes que expresen pecado, injusticia, explotación, represión, segregación, abuso de autoridad y corrupción, que la Palabra de Dios reprueba categóricamente” (cf. Am 5:24; Constitución INPM 2022, p. 25).
Amós no era precisamente un profeta diplomático: “Corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo” (Am 5:24). Texto incómodo para palacios, pero imprescindible para púlpitos.
CASTILLO FUERTE ES NUESTRO DIOS.
Nada de esto debería sorprendernos. Jesús lo dijo sin rodeos: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros” (Jn. 15:18). La oposición a la fe no es una anomalía histórica; es parte del programa.
Por eso, cada generación de creyentes debe renovar su lealtad. No al partido, no al régimen, no a la ideología de turno, sino al Reino de los cielos. Cuando la autoridad ordena lo que Dios prohíbe, o prohíbe lo que Dios ordena, la respuesta cristiana ya está escrita —y no admite negociación—: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.” La historia lo confirma, la Escritura lo ordena y la conciencia redimida lo celebra: Viva la Verdad. Viva Cristo Rey.
Samuel Hernández Clemente / Ministro de Educación