22/07/2026
La paternidad espiritual del sacerdote
La paternidad sacerdotal nace del corazón mismo de Cristo. Jesús es el Hijo eterno del Padre y, precisamente por vivir plenamente como Hijo, puede convertirse en el Pastor que da la vida por sus ovejas. El sacerdote participa de esa misma misión: recibe de Dios una fecundidad que no es biológica, sino espiritual, sacramental y pastoral.
San Pablo expresa esta realidad con una imagen extraordinaria:
«Aunque tengan diez mil pedagogos en Cristo, no tienen muchos padres; porque yo los engendré en Cristo Jesús mediante el Evangelio» (1 Co 4,15).
Pablo no dice simplemente: “les enseñé”, “los acompañé” o “les di consejos”. Dice: «los engendré». La predicación, el anuncio del Evangelio, la celebración de los sacramentos y el acompañamiento espiritual se convierten en instrumentos mediante los cuales Dios comunica una vida nueva.
El sacerdote es padre porque, a través de su ministerio, Dios puede servirse de él para que una persona vuelva a nacer a la fe, recupere la esperanza, descubra su vocación, vuelva a la Iglesia, encuentre el perdón o se reconcilie con Dios.
1. El sacerdote es padre porque engendra a la vida de Dios
La paternidad sacerdotal alcanza su expresión más profunda en los sacramentos. En el Bautismo, el sacerdote acoge a una persona que comienza una vida nueva en Cristo. En la Eucaristía, alimenta a sus hijos con el Cuerpo y la Sangre del Señor. En la Reconciliación, recibe al pecador con la misericordia del Padre.
Por eso, el sacerdote no es dueño de las almas. Es servidor de una vida que no le pertenece.
Un padre verdadero no dice: “Este hijo es mío”. Más bien reconoce: “Este hijo me ha sido confiado”. De la misma manera, el sacerdote no puede apropiarse de las personas que acompaña. Debe conducirlas hacia Cristo.
Juan el Bautista expresa perfectamente esta actitud:
«Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).
Esta debería ser una de las grandes leyes de toda paternidad sacerdotal: el sacerdote engendra hijos para Dios, no seguidores para sí mismo.
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2. La paternidad sacerdotal es una paternidad de presencia
Un padre no está presente solamente cuando habla. Muchas veces su paternidad se manifiesta simplemente en estar allí.
Estar junto al enfermo.
Estar junto al que llora.
Estar junto al joven que busca su camino.
Estar junto a la familia que atraviesa una crisis.
Estar junto al moribundo.
Estar junto al niño que recibe el Bautismo.
En la fotografía el niño duerme confiado en tus brazos. Él no sabe quién eres, no comprende el significado del rito, no puede agradecerte. Pero tú lo sostienes.
Y quizás ahí hay una hermosa imagen del sacerdocio: muchas veces el sacerdote sostiene vidas que no saben cuánto necesitan ser sostenidas.
El sacerdote también sostiene a aquellos que, espiritualmente, están dormidos, cansados, heridos o incluso alejados de Dios. Y los sostiene no con sus propias fuerzas, sino con la fuerza de Cristo.
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3. La paternidad sacerdotal es una paternidad de compasión
El padre no mira únicamente la conducta exterior del hijo. Mira también su historia.
Jesús es la revelación perfecta del corazón paterno de Dios. Cuando contempla a la multitud, no la mira como una masa anónima, sino como ovejas cansadas y abandonadas. Cuando encuentra al pecador, no lo reduce a su pecado. Cuando encuentra al enfermo, no lo considera una carga.
El sacerdote está llamado a mirar de esa manera.
San Juan María Vianney, el Cura de Ars, vivió esta paternidad con una intensidad extraordinaria. Su ministerio en el confesionario fue el de un padre que esperaba, escuchaba y reconciliaba. En él se cumplía aquello que tantas personas necesitan experimentar: que Dios no se cansa de recibir a sus hijos.
La paternidad sacerdotal no consiste en ser un hombre que siempre tiene respuestas. A veces consiste simplemente en poder decirle a una persona:
“No estás solo. Estoy aquí. Dios no te ha abandonado.”
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4. El sacerdote es padre cuando ayuda a crecer
Un padre no desea que su hijo permanezca siempre dependiente de él. El verdadero padre educa, acompaña y, llegado el momento, ayuda al hijo a caminar por sí mismo.
También el sacerdote debe tener esta madurez espiritual.
La paternidad sacerdotal no crea dependencias afectivas. No busca que las personas necesiten permanentemente al sacerdote. Al contrario, busca que cada persona pueda descubrir su propia relación con Dios y responder a su vocación.
Por eso, un sacerdote es verdaderamente padre cuando ayuda a una persona a descubrir:
• su dignidad de hijo de Dios;
• su propia vocación;
• sus dones y responsabilidades;
• su capacidad de servir;
• su libertad interior;
• su camino hacia la santidad.
Especialmente en la pastoral vocacional, esta paternidad es fundamental. El promotor vocacional no debe “fabricar vocaciones”. Debe ayudar a los jóvenes a escuchar la voz de Dios.
El sacerdote puede decir:
“Yo no soy el dueño de tu vida. Pero puedo ayudarte a descubrir en qué dirección te está llamando Dios.”
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5. La paternidad sacerdotal exige ternura y fortaleza
A veces se piensa que la paternidad consiste solamente en proteger. Pero un padre también corrige, educa y exige.
La ternura sin verdad puede convertirse en permisividad.
La verdad sin ternura puede convertirse en dureza.
Cristo une ambas cosas.
El sacerdote está llamado a ser un padre que sepa abrazar, pero también un padre que sepa orientar. Un padre que consuele, pero también que diga la verdad. Un padre que perdone, pero que también invite a la conversión.
San Leonardo Murialdo comprendió profundamente que la educación debía estar marcada por el amor. Su famosa experiencia espiritual —«Dios me ama, ¡qué alegría!»— puede iluminar también la paternidad sacerdotal.
Quien se sabe profundamente amado por Dios puede convertirse en un hombre capaz de amar. Y quien ha experimentado la misericordia del Padre puede convertirse en un sacerdote que no aplasta al pecador, sino que lo ayuda a levantarse.
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6. La paternidad sacerdotal nace de la Eucaristía
Hay una conexión muy profunda entre el altar y la paternidad.
En cada Eucaristía, el sacerdote pronuncia las palabras de Cristo:
«Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes».
El sacerdote es padre precisamente en la medida en que aprende a decir con su propia vida:
“Mi vida es para ustedes.”
No para ser admirado.
No para ser servido.
No para ocupar un lugar de poder.
Sino para entregarse.
La paternidad sacerdotal es, en el fondo, una forma concreta de la caridad pastoral. Es permitir que el corazón del sacerdote se vaya configurando con el corazón de Cristo.
Por eso, un sacerdote puede tener muchos hijos espirituales sin poseerlos. Puede amar profundamente a muchas personas sin apropiarse de ellas. Puede llorar por sus sufrimientos, alegrarse por sus logros y acompañar sus caminos, sabiendo siempre que esos hijos pertenecen a Dios.
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Una imagen para concluir
Al contemplar la fotografía, pienso que el sacerdote aparece como un hombre que sostiene una vida pequeña, frágil y confiada.
Pero también podemos contemplarla desde otra perspectiva:
Ese niño representa a cada persona que Dios pone en los brazos del sacerdote.
Algunas llegan dormidas.
Otras heridas.
Otras confundidas.
Algunas con miedo.
Otras sin saber siquiera cuánto necesitan ser amadas.
Y el sacerdote recibe la misión de sostenerlas por un tiempo.
No para quedarse con ellas.
Sino para llevarlas, poco a poco, hacia los brazos del Padre.
Esa es la verdadera paternidad sacerdotal: ser un signo humano de la ternura, la misericordia, la firmeza y la presencia de Dios Padre.
Y quizá, al final de la vida, el sacerdote podrá comprender que todos aquellos hijos que Dios puso en sus brazos —los que bautizó, confesó, acompañó, corrigió, consoló, formó y amó— no fueron realmente suyos.
Fueron un regalo.
Y podrá decirle al Señor:
“Padre, aquí están los hijos que me confiaste. Yo hice lo que pude. Los amé con el corazón que tú me diste. Ahora, recíbelos tú en tus brazos.”
La paternidad sacerdotal no consiste en tener hijos propios, sino en entregar la propia vida para que muchos puedan descubrir que tienen un Padre en el cielo.