Pastoral Vocacional Josefina

Pastoral Vocacional Josefina Su carisma se enfoca en la educación, la evangelización y la protección de los jóvenes.

La Congregación de San José, conocidos como los Josefinos de Murialdo, fue fundada en Turín, Italia, el 19 de marzo de 1873 por el sacerdote San Leonardo Murialdo.

La paternidad espiritual del sacerdoteLa paternidad sacerdotal nace del corazón mismo de Cristo. Jesús es el Hijo eterno...
22/07/2026

La paternidad espiritual del sacerdote

La paternidad sacerdotal nace del corazón mismo de Cristo. Jesús es el Hijo eterno del Padre y, precisamente por vivir plenamente como Hijo, puede convertirse en el Pastor que da la vida por sus ovejas. El sacerdote participa de esa misma misión: recibe de Dios una fecundidad que no es biológica, sino espiritual, sacramental y pastoral.

San Pablo expresa esta realidad con una imagen extraordinaria:

«Aunque tengan diez mil pedagogos en Cristo, no tienen muchos padres; porque yo los engendré en Cristo Jesús mediante el Evangelio» (1 Co 4,15).

Pablo no dice simplemente: “les enseñé”, “los acompañé” o “les di consejos”. Dice: «los engendré». La predicación, el anuncio del Evangelio, la celebración de los sacramentos y el acompañamiento espiritual se convierten en instrumentos mediante los cuales Dios comunica una vida nueva.

El sacerdote es padre porque, a través de su ministerio, Dios puede servirse de él para que una persona vuelva a nacer a la fe, recupere la esperanza, descubra su vocación, vuelva a la Iglesia, encuentre el perdón o se reconcilie con Dios.

1. El sacerdote es padre porque engendra a la vida de Dios

La paternidad sacerdotal alcanza su expresión más profunda en los sacramentos. En el Bautismo, el sacerdote acoge a una persona que comienza una vida nueva en Cristo. En la Eucaristía, alimenta a sus hijos con el Cuerpo y la Sangre del Señor. En la Reconciliación, recibe al pecador con la misericordia del Padre.

Por eso, el sacerdote no es dueño de las almas. Es servidor de una vida que no le pertenece.

Un padre verdadero no dice: “Este hijo es mío”. Más bien reconoce: “Este hijo me ha sido confiado”. De la misma manera, el sacerdote no puede apropiarse de las personas que acompaña. Debe conducirlas hacia Cristo.

Juan el Bautista expresa perfectamente esta actitud:

«Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).

Esta debería ser una de las grandes leyes de toda paternidad sacerdotal: el sacerdote engendra hijos para Dios, no seguidores para sí mismo.



2. La paternidad sacerdotal es una paternidad de presencia

Un padre no está presente solamente cuando habla. Muchas veces su paternidad se manifiesta simplemente en estar allí.

Estar junto al enfermo.
Estar junto al que llora.
Estar junto al joven que busca su camino.
Estar junto a la familia que atraviesa una crisis.
Estar junto al moribundo.
Estar junto al niño que recibe el Bautismo.

En la fotografía el niño duerme confiado en tus brazos. Él no sabe quién eres, no comprende el significado del rito, no puede agradecerte. Pero tú lo sostienes.

Y quizás ahí hay una hermosa imagen del sacerdocio: muchas veces el sacerdote sostiene vidas que no saben cuánto necesitan ser sostenidas.

El sacerdote también sostiene a aquellos que, espiritualmente, están dormidos, cansados, heridos o incluso alejados de Dios. Y los sostiene no con sus propias fuerzas, sino con la fuerza de Cristo.



3. La paternidad sacerdotal es una paternidad de compasión

El padre no mira únicamente la conducta exterior del hijo. Mira también su historia.

Jesús es la revelación perfecta del corazón paterno de Dios. Cuando contempla a la multitud, no la mira como una masa anónima, sino como ovejas cansadas y abandonadas. Cuando encuentra al pecador, no lo reduce a su pecado. Cuando encuentra al enfermo, no lo considera una carga.

El sacerdote está llamado a mirar de esa manera.

San Juan María Vianney, el Cura de Ars, vivió esta paternidad con una intensidad extraordinaria. Su ministerio en el confesionario fue el de un padre que esperaba, escuchaba y reconciliaba. En él se cumplía aquello que tantas personas necesitan experimentar: que Dios no se cansa de recibir a sus hijos.

La paternidad sacerdotal no consiste en ser un hombre que siempre tiene respuestas. A veces consiste simplemente en poder decirle a una persona:

“No estás solo. Estoy aquí. Dios no te ha abandonado.”



4. El sacerdote es padre cuando ayuda a crecer

Un padre no desea que su hijo permanezca siempre dependiente de él. El verdadero padre educa, acompaña y, llegado el momento, ayuda al hijo a caminar por sí mismo.

También el sacerdote debe tener esta madurez espiritual.

La paternidad sacerdotal no crea dependencias afectivas. No busca que las personas necesiten permanentemente al sacerdote. Al contrario, busca que cada persona pueda descubrir su propia relación con Dios y responder a su vocación.

Por eso, un sacerdote es verdaderamente padre cuando ayuda a una persona a descubrir:

• su dignidad de hijo de Dios;
• su propia vocación;
• sus dones y responsabilidades;
• su capacidad de servir;
• su libertad interior;
• su camino hacia la santidad.

Especialmente en la pastoral vocacional, esta paternidad es fundamental. El promotor vocacional no debe “fabricar vocaciones”. Debe ayudar a los jóvenes a escuchar la voz de Dios.

El sacerdote puede decir:

“Yo no soy el dueño de tu vida. Pero puedo ayudarte a descubrir en qué dirección te está llamando Dios.”



5. La paternidad sacerdotal exige ternura y fortaleza

A veces se piensa que la paternidad consiste solamente en proteger. Pero un padre también corrige, educa y exige.

La ternura sin verdad puede convertirse en permisividad.
La verdad sin ternura puede convertirse en dureza.

Cristo une ambas cosas.

El sacerdote está llamado a ser un padre que sepa abrazar, pero también un padre que sepa orientar. Un padre que consuele, pero también que diga la verdad. Un padre que perdone, pero que también invite a la conversión.

San Leonardo Murialdo comprendió profundamente que la educación debía estar marcada por el amor. Su famosa experiencia espiritual —«Dios me ama, ¡qué alegría!»— puede iluminar también la paternidad sacerdotal.

Quien se sabe profundamente amado por Dios puede convertirse en un hombre capaz de amar. Y quien ha experimentado la misericordia del Padre puede convertirse en un sacerdote que no aplasta al pecador, sino que lo ayuda a levantarse.



6. La paternidad sacerdotal nace de la Eucaristía

Hay una conexión muy profunda entre el altar y la paternidad.

En cada Eucaristía, el sacerdote pronuncia las palabras de Cristo:

«Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes».

El sacerdote es padre precisamente en la medida en que aprende a decir con su propia vida:

“Mi vida es para ustedes.”

No para ser admirado.
No para ser servido.
No para ocupar un lugar de poder.

Sino para entregarse.

La paternidad sacerdotal es, en el fondo, una forma concreta de la caridad pastoral. Es permitir que el corazón del sacerdote se vaya configurando con el corazón de Cristo.

Por eso, un sacerdote puede tener muchos hijos espirituales sin poseerlos. Puede amar profundamente a muchas personas sin apropiarse de ellas. Puede llorar por sus sufrimientos, alegrarse por sus logros y acompañar sus caminos, sabiendo siempre que esos hijos pertenecen a Dios.



Una imagen para concluir

Al contemplar la fotografía, pienso que el sacerdote aparece como un hombre que sostiene una vida pequeña, frágil y confiada.

Pero también podemos contemplarla desde otra perspectiva:

Ese niño representa a cada persona que Dios pone en los brazos del sacerdote.

Algunas llegan dormidas.
Otras heridas.
Otras confundidas.
Algunas con miedo.
Otras sin saber siquiera cuánto necesitan ser amadas.

Y el sacerdote recibe la misión de sostenerlas por un tiempo.

No para quedarse con ellas.

Sino para llevarlas, poco a poco, hacia los brazos del Padre.

Esa es la verdadera paternidad sacerdotal: ser un signo humano de la ternura, la misericordia, la firmeza y la presencia de Dios Padre.

Y quizá, al final de la vida, el sacerdote podrá comprender que todos aquellos hijos que Dios puso en sus brazos —los que bautizó, confesó, acompañó, corrigió, consoló, formó y amó— no fueron realmente suyos.

Fueron un regalo.

Y podrá decirle al Señor:

“Padre, aquí están los hijos que me confiaste. Yo hice lo que pude. Los amé con el corazón que tú me diste. Ahora, recíbelos tú en tus brazos.”

La paternidad sacerdotal no consiste en tener hijos propios, sino en entregar la propia vida para que muchos puedan descubrir que tienen un Padre en el cielo.

HomilíaXVI Domingo del Tiempo OrdinarioMateo 13, 24-43“Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha.”El Evangelio de este d...
19/07/2026

Homilía

XVI Domingo del Tiempo Ordinario

Mateo 13, 24-43
“Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha.”

El Evangelio de este domingo nos presenta una de las parábolas más profundas de Jesús: la parábola del trigo y la cizaña.

No es simplemente una enseñanza sobre la paciencia de Dios. Es, sobre todo, una revelación del misterio del corazón humano.

1. Dios solamente sabe sembrar el bien

La parábola comienza diciendo:

“Un hombre sembró buena semilla en su campo.”

Jesús quiere que fijemos nuestra mirada primero en este hombre.

Dios nunca siembra el mal.

Todo lo que procede de Él es bueno.

Desde las primeras páginas del Génesis escuchamos repetidamente:

“Y vio Dios que era bueno.”

Pero cuando llega el momento de crear al ser humano, la Escritura dice:

“Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno.” (Gn 1,31)

Es como si el autor sagrado quisiera decirnos que el ser humano ocupa un lugar privilegiado dentro de toda la creación.

En nuestro corazón Dios sembró su propia imagen.

Sembró capacidad para amar.

Capacidad para perdonar.

Capacidad para la misericordia.

Capacidad para la justicia.

Capacidad para la compasión.

Todo aquello que pertenece a Dios también está sembrado como una semilla dentro del corazón humano.

Nosotros no nacimos para odiar.

No nacimos para destruir.

Fuimos creados para amar.

2. Mientras todos dormían…

La parábola continúa con una frase muy significativa:

“Mientras todos dormían…”

Aquí aparece una segunda figura importante.

Los trabajadores estaban dormidos.

Habían recibido el encargo de cuidar el campo, pero descuidaron la vigilancia.

Podemos pensar en todos aquellos que tenían la misión de custodiar al pueblo de Dios: profetas, escribas, fariseos, maestros de la Ley y, en realidad, todo aquel que recibe la responsabilidad de cuidar la vida espiritual de los demás.

Pero también esta imagen nos interpela personalmente.

¿Cuántas veces nosotros mismos dejamos de vigilar nuestro propio corazón?

Nos descuidamos en la oración.

Descuidamos la Palabra.

Descuidamos la Eucaristía.

Y cuando dejamos de velar, el mal encuentra espacio para entrar.

3. El enemigo siempre trabaja en la oscuridad

Dice Jesús:

“Vino su enemigo y sembró cizaña.”

El enemigo nunca crea.

Sólo imita.

Sólo destruye.

Sólo corrompe.

Mientras Dios siembra vida, el enemigo siembra división.

Mientras Dios siembra misericordia, él siembra resentimiento.

Mientras Dios siembra verdad, él siembra mentira.

Mientras Dios siembra paz, él siembra violencia.

Y lo hace de manera silenciosa.

La cizaña, durante mucho tiempo, parece trigo.

El pecado casi siempre comienza disfrazándose de algo bueno.

Por eso es tan peligroso.

4. La cizaña del corazón

Quizá la enseñanza más importante de esta parábola es comprender que el verdadero campo también es nuestro corazón.

Todos experimentamos esa lucha interior.

Queremos amar…

pero aparece el egoísmo.

Queremos perdonar…

pero nace el resentimiento.

Queremos servir…

pero surge el orgullo.

San Pablo lo expresará maravillosamente:

“No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.”

Existe una batalla espiritual dentro de cada persona.

5. ¿Por qué Dios no arranca inmediatamente la cizaña?

Los trabajadores hacen una pregunta muy lógica:

”¿Quieres que vayamos a arrancarla?”

Y aquí encontramos una respuesta sorprendente.

Dios dice:

“No, porque podrían arrancar también el trigo.”

No es indiferencia.

Es misericordia.

Dios conoce la fragilidad del corazón humano.

Sabe que una persona nunca se reduce a sus pecados.

Sabe distinguir el trigo escondido entre la cizaña.

Por eso espera.

Porque siempre cree en nuestra conversión.

Porque nunca deja de confiar en nosotros.

La paciencia de Dios no es debilidad.

Es amor.

6. Cristo ya ha vencido al enemigo

Cuando Jesús explica la parábola, afirma que la cosecha llegará al final de los tiempos, cuando el mal será definitivamente derrotado.

Sin embargo, esa victoria comenzó ya en la Pascua.

En la Cruz, Cristo enfrentó el pecado.

En la Resurrección venció a la muerte.

Desde entonces, quien vive unido a Cristo recibe un corazón nuevo.

La gracia no elimina mágicamente nuestra libertad ni la posibilidad de pecar, pero sí nos da la fuerza para que el trigo crezca más fuerte que la cizaña.

Cada confesión.

Cada Eucaristía.

Cada acto de perdón.

Cada obra de caridad.

Son signos de que el Reino ya está creciendo dentro de nosotros.

Conclusión

Al terminar esta parábola, la pregunta ya no es:

¿Cuánta cizaña hay en el mundo?

La verdadera pregunta es:

¿Qué estoy cultivando en mi corazón?

Porque Dios sigue sembrando todos los días.

Sigue sembrando su gracia.

Sigue sembrando su Espíritu.

Sigue sembrando amor.

No permitamos que la cizaña del orgullo, del rencor, de la indiferencia o de la envidia ahogue la buena semilla.

Pidámosle hoy al Señor la gracia de permanecer vigilantes y de dejarnos transformar por Cristo, para que cuando llegue el día de la cosecha pueda reconocer en nosotros el fruto bueno que Él mismo sembró desde el principio.

“Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.” (Mt 13,43)



El diablo nunca puede sembrar antes que Dios. Cuando el enemigo llega, Dios ya había sembrado primero. La gracia siempre es anterior al pecado; el amor de Dios siempre es más antiguo que nuestra miseria.

14/07/2026
HomilíaXV Domingo del Tiempo OrdinarioEvangelio: Mateo 13, 1-23 (Parábola del Sembrador)Introducción: La pregunta que na...
12/07/2026

Homilía

XV Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio: Mateo 13, 1-23 (Parábola del Sembrador)

Introducción: La pregunta que nace del fracaso

Queridos hermanos:

No fue fácil para Jesús llevar adelante el proyecto del Reino de Dios. Muy pronto experimentó la incomprensión, la crítica y el rechazo. Muchos escuchaban sus palabras, pero pocos parecían dejarse transformar por ellas.

Seguramente sus discípulos comenzaron a preguntarse: ¿vale la pena seguir? ¿Tiene sentido sembrar tanto esfuerzo cuando parece que casi nadie responde?

Jesús responde a esa inquietud con una de las parábolas más hermosas y esperanzadoras de todo el Evangelio: la parábola del sembrador.

No es simplemente una explicación sobre los diferentes tipos de terreno. Es, sobre todo, una invitación a no perder nunca la esperanza.



I. Dios nunca deja de sembrar

Lo primero que sorprende es el comportamiento del sembrador.

No calcula. No selecciona únicamente el terreno perfecto. Siembra por todas partes.

Así actúa Dios.

Su amor no hace distinciones. Su gracia alcanza al santo y al pecador, al creyente fervoroso y al que se ha alejado, al joven lleno de inquietudes y al adulto cansado por la vida.

Jesús pasó haciendo exactamente eso.

Sembró misericordia donde había pecado.

Sembró esperanza donde había desesperación.

Sembró perdón donde existía odio.

Sembró dignidad donde todos veían personas descartadas.

Porque Dios nunca deja de creer en el ser humano.



II. El verdadero problema no es la semilla, sino el corazón

La semilla siempre es buena.

Lo que cambia es el terreno.

Jesús describe cuatro clases de corazones.

Está el corazón endurecido, donde la Palabra ni siquiera logra entrar.

Está el corazón superficial, que se entusiasma rápidamente, pero abandona la fe ante la primera dificultad.

Está el corazón lleno de espinas, donde las preocupaciones, el dinero, el éxito o el egoísmo terminan sofocando el Evangelio.

Y finalmente está el corazón bueno, humilde y disponible, donde la Palabra produce fruto abundante.

La gran pregunta del Evangelio no es:

¿Qué clase de semilla recibo?

La pregunta es:

¿Qué clase de tierra soy yo?



III. No somos llamados a cosechar éxitos, sino a sembrar esperanza

Vivimos en una cultura obsesionada por los resultados.

Todo se mide por números.

Cuántos seguidores.

Cuántas personas participan.

Cuánto éxito tiene una actividad.

Con esa misma mentalidad podemos mirar también la vida de la Iglesia.

Nos preocupa que disminuyan las vocaciones.

Que las iglesias no estén tan llenas.

Que muchos jóvenes parezcan indiferentes.

Entonces aparece el desaliento.

Pero Jesús jamás nos pidió contar cosechas.

Nos pidió sembrar.

La Iglesia no existe para conquistar espacios de poder.

Existe para sembrar el Evangelio.

Nuestra misión no consiste en imponer la fe, sino en ofrecerla.

No consiste en dominar el mundo, sino en llenarlo de esperanza.

Cada palabra de consuelo…

Cada gesto de misericordia…

Cada acto de perdón…

Cada vida entregada…

Es una semilla que Dios hará crecer.



IV. El Evangelio sigue teniendo fuerza para transformar el mundo

A veces pensamos que vivimos tiempos demasiado difíciles para creer.

Vemos violencia.

División.

Consumismo.

Indiferencia religiosa.

Y podemos concluir que el Evangelio ya no tiene fuerza.

Pero Jesús piensa exactamente lo contrario.

La semilla trabaja en silencio.

Debajo de la tierra parece que no sucede nada.

Sin embargo, allí comienza la vida.

También hoy existen innumerables personas que viven con generosidad.

Hay jóvenes que buscan sinceramente a Dios.

Hay matrimonios que luchan por permanecer fieles.

Hay familias que educan en el amor.

Hay hombres y mujeres que entregan su vida al servicio de los pobres.

Todo eso es la fuerza silenciosa del Reino creciendo en medio del mundo.

La obra de Dios no siempre hace ruido.

Pero nunca deja de dar fruto.



V. Una Iglesia que siembra con creatividad

La parábola del sembrador también interpela a la Iglesia de nuestro tiempo.

Durante siglos bastaba transmitir la fe como una tradición recibida.

Hoy el mundo ha cambiado profundamente.

Las nuevas generaciones ya no aceptan las cosas simplemente porque siempre se hicieron así.

No significa que el Evangelio haya perdido fuerza.

Significa que nosotros debemos aprender nuevos modos de sembrarlo.

La creatividad no es traicionar la Tradición.

La creatividad es hacer que la misma Palabra eterna pueda ser comprendida por el hombre de hoy.

La Iglesia de los primeros siglos fue profundamente creativa.

Llevó el Evangelio del mundo judío al mundo griego y latino.

Cada época necesita nuevos sembradores capaces de anunciar el mismo Cristo con un lenguaje nuevo, con nuevos métodos y con un renovado ardor misionero.



Queridos hermanos:

Jesús nunca prometió que toda semilla daría fruto.

Pero sí aseguró que la cosecha llegaría.

Por eso no debemos cansarnos.

Aunque no veamos resultados inmediatos.

Aunque el mundo parezca alejarse de Dios.

Aunque encontremos rechazo o indiferencia.

El sembrador sigue saliendo cada mañana con su bolsa llena de semillas.

Ese sembrador es Cristo.

Y hoy nos invita a sembrar junto con Él.

Sembrar esperanza donde reina el pesimismo.

Sembrar reconciliación donde existe división.

Sembrar misericordia donde hay juicio.

Sembrar fe donde parece crecer la desesperanza.

Porque el Reino de Dios siempre comienza igual:

Con una pequeña semilla.

Y cuando esa semilla encuentra un corazón abierto, produce frutos “al ciento, al sesenta y al treinta por uno”.

Que al acercarnos hoy a la Eucaristía le pidamos al Señor dos gracias: tener un corazón de tierra buena para acoger su Palabra y unas manos generosas para sembrar el Evangelio allí donde Él nos envíe.

VI. Acoger al Sembrador antes que admirar la parábola

Las parábolas de Jesús han cautivado siempre a sus seguidores. Los evangelios conservan cerca de cuarenta de ellas. Seguramente son las que Jesús repitió con mayor frecuencia o aquellas que quedaron grabadas para siempre en el corazón de sus discípulos.

Pero surge una pregunta importante: ¿cómo debemos leer las parábolas? ¿Cómo descubrir realmente su mensaje?

San Mateo nos da la primera clave. Antes de narrar la parábola, nos dice que Jesús salió de casa para enseñar a la multitud. Y la parábola comienza precisamente con estas palabras: “Salió el sembrador a sembrar”.

Ese sembrador es el mismo Jesús.

La parábola no pretende únicamente enseñarnos una lección sobre diferentes clases de terrenos. Ante todo, nos invita a mirar al Sembrador, a contemplar su manera de vivir, de amar y de anunciar el Reino.

Las parábolas solo se comprenden desde una relación viva con Jesucristo. Si no caminamos con Él, difícilmente podremos entender lo que quiere decirnos.

San Mateo afirma que la semilla es la Palabra del Reino. Cada parábola es una invitación a dejar atrás un mundo marcado por el egoísmo, la indiferencia y la injusticia, para entrar en el Reino de Dios, ese mundo nuevo donde reinan el amor, la misericordia, la verdad y la fraternidad.

Por eso Jesús no siembra simplemente ideas. Siembra una manera nueva de vivir.

Y esa siembra sucede en el corazón.

Es allí donde Dios transforma a la persona. Es allí donde comienza la verdadera conversión.

No basta admirar las parábolas o conocerlas de memoria. No basta predicarlas. Es necesario permitir que entren en nuestro interior y transformen nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar.

Jesús nunca discriminó a nadie al anunciar el Evangelio. Sembró para todos. Pero solamente quienes decidieron caminar detrás de Él comenzaron a descubrir los secretos del Reino.

Los discípulos comprendían cada vez más porque seguían a Jesús. En cambio, quienes permanecían cerrados escuchaban las mismas palabras, pero no llegaban a entenderlas.

También nosotros podemos correr ese riesgo.

Podemos tener oídos y no escuchar.

Podemos tener ojos y no reconocer el paso de Dios por nuestra vida.

Podemos conocer el Evangelio y, sin embargo, mantener un corazón endurecido.

Por eso el Señor nos invita hoy a preguntarnos:

¿Qué clase de tierra soy?

Pero también otra pregunta, igualmente importante:

¿Cómo estamos sembrando hoy el Evangelio en nuestras familias, en nuestras comunidades y en nuestra Iglesia?

¿Nuestras comunidades ayudan realmente a las personas a encontrarse con Jesucristo?

¿Creamos espacios donde la Palabra pueda echar raíces profundas?

¿Somos una Iglesia que solo conserva lo sembrado en el pasado o una Iglesia que sigue saliendo cada día a sembrar con alegría, con creatividad y con esperanza?

Porque mientras Cristo siga siendo el Sembrador de nuestra vida y nosotros abramos el corazón a su Palabra, el Reino de Dios continuará creciendo silenciosamente y dará frutos que superarán todas nuestras expectativas.

• Cristo es el verdadero Sembrador; las parábolas no son simples relatos morales, sino una invitación a seguirlo.
• La Iglesia está llamada a seguir sembrando hoy, con un corazón abierto, creatividad pastoral y confianza absoluta en la fuerza del Evangelio.

Amén.

🙏🙏🙏
08/07/2026

🙏🙏🙏

05/07/2026

Homilía para el XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio: Mateo 11, 25-30

Título:

“El Evangelio solo se entiende con un corazón sencillo”
Homilía de nuestro promotor vocacional: FrIvan Anawin Hernández

⸻Homilía para el XIV Domingo del Tiempo OrdinarioEvangelio: Mateo 11, 25-30Título:“El Evangelio solo se entiende con un ...
05/07/2026



Homilía para el XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio: Mateo 11, 25-30

Título:

“El Evangelio solo se entiende con un corazón sencillo”

Introducción

Vivimos en una cultura donde se valora mucho el conocimiento, los títulos, la especialización y el éxito. Pareciera que quien más sabe es quien mejor comprende la realidad. Sin embargo, el Evangelio de hoy nos presenta una paradoja sorprendente: Jesús da gracias al Padre no porque los sabios hayan comprendido su mensaje, sino porque quienes mejor lo han acogido son los pequeños, la gente sencilla.

Es una oración que brota del corazón de Cristo. No es una crítica contra la inteligencia ni contra el estudio. Jesús mismo admira la sabiduría. Lo que denuncia es el orgullo que hace creer al hombre que ya lo sabe todo y, por eso mismo, deja de escuchar a Dios.



1. Dios se revela a quien conserva un corazón sencillo

Jesús exclama lleno de alegría:

“Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla.”

Es una afirmación que desconcierta.

Los grandes maestros de la Ley, los escribas y los sacerdotes conocían perfectamente las Escrituras. Sabían explicar la Ley, discutirla y enseñarla. Sin embargo, cuando Dios pasó delante de ellos en la persona de Jesús, no fueron capaces de reconocerlo.

¿Por qué?

Porque ya tenían una imagen de Dios construida por ellos mismos. Su seguridad intelectual terminó cerrando su corazón.

En cambio, los campesinos de Galilea, los pescadores, los pobres, los enfermos, las mujeres marginadas… ellos sí entendieron a Jesús.

No porque supieran más.

Sino porque tenían necesidad de Dios.

La sencillez no consiste en ignorancia. Consiste en dejarse sorprender por Dios.

El Evangelio solo entra en un corazón humilde.



2. Jesús ofrece descanso a quienes viven agobiados

Después de mirar con ternura a los pequeños, Jesús hace una invitación maravillosa:

“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré.”

Aquella gente estaba cansada.

No solamente por el trabajo.

Estaban cansados de una religión convertida en carga.

Los especialistas de la Ley habían multiplicado normas, prohibiciones y obligaciones que hacían sentir a las personas indignas delante de Dios.

La religión había dejado de ser Buena Noticia.

Jesús cambia completamente esa perspectiva.

No elimina las exigencias del Evangelio.

Pero las centra en lo esencial:

el amor.

El amor nunca esclaviza.

El amor libera.

El Evangelio no complica la vida.

La hace más humana.

Por eso Jesús dice:

“Mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”

No porque sea un camino fácil.

Sino porque quien ama encuentra fuerza incluso para cargar la cruz.



3. Aprender de Jesús significa aprender la humildad

Jesús termina diciendo:

“Aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón.”

Aquí está el centro del Evangelio.

No invita primero a aprender doctrinas.

Invita a aprender su modo de vivir.

Su mansedumbre.

Su humildad.

Su cercanía.

Mientras algunos dirigentes religiosos imponían cargas, Jesús levantaba a los caídos.

Mientras otros condenaban, Él acogía.

Mientras unos excluían, Él integraba.

Por eso la gente sencilla encontraba descanso junto a Él.

Y quizá aquí aparece una pregunta muy seria también para nosotros, especialmente para quienes servimos dentro de la Iglesia.

¿No corremos también nosotros el riesgo de complicar demasiado la fe?

¿No hablamos muchas veces un lenguaje que la gente ya no entiende?

¿Por qué, a veces, existe tanta distancia entre nuestras palabras y la vida concreta de nuestro pueblo?

Jesús hablaba de semillas, ovejas, pan, agua, familia, trabajo…

Todos podían entenderlo.

El Evangelio nunca fue complicado.

Nosotros somos quienes a veces lo complicamos.



Conclusión

Al terminar este Evangelio descubrimos algo muy hermoso.

Jesús nunca tuvo problemas con la gente sencilla.

Ellos comprendían inmediatamente el rostro del Padre que Él anunciaba.

Los pobres intuían que Dios quería verlos felices.

Los enfermos descubrían que Dios era un Dios de vida.

Las mujeres encontraban en Jesús una dignidad que nadie les había reconocido.

Los pecadores experimentaban que Dios no los rechazaba.

Quizá por eso Jesús dio gracias.

Porque el Reino ya estaba creciendo donde nadie lo esperaba.

Hoy también la Iglesia tiene mucho que aprender de esa gente sencilla que llena nuestras parroquias, que reza con fe, que sirve en silencio, que sostiene a sus familias, que confía en Dios aun en medio del sufrimiento.

Ellos siguen siendo un verdadero tesoro para la Iglesia.

De ellos tenemos que aprender los obispos, los sacerdotes, los teólogos, los catequistas y todos los que anunciamos el Evangelio.

Porque existe un peligro permanente: racionalizar demasiado la fe, teorizar el Evangelio y olvidar que Jesús vino para tocar el corazón.

Termino con dos preguntas que pueden acompañarnos durante esta semana:

• ¿Conservo un corazón suficientemente humilde para dejarme enseñar por Jesús?
• ¿Mi manera de vivir y anunciar la fe acerca a las personas a Cristo o les hace sentir que Dios está cada vez más lejos?

Pidamos al Señor la gracia de tener un corazón sencillo.

Porque solo quien se hace pequeño descubre la grandeza del Reino de Dios.

Amén.

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