26/06/2026
VIERNES 26: ¡SÁNAME, SEÑOR!
(Mt 8,1-4)
Por: Nubia Celis, Verbum Dei
El leproso, en tiempos bíblicos, era considerado un impuro y, por lo tanto, se le exigía vivir fuera de la comunidad. Existían leyes que prohibían acercarse a ellos, y si se daba el caso de que alguno entrara al pueblo, podría ser apedreado. Muchos, morían desolados y hambrientos. ¿Imaginas lo duro que era para ellos? No solo debían soportar el malestar físico de la enfermedad, sino, además, el rechazo y la exclusión.
Aquel día, uno de ellos, cayó rostro en tierra y le suplicó a Jesús: “Si quieres, puedes curarme”. Jesús, conmovido, extendió la mano, lo tocó y dijo: "Quiero, queda limpio"; al instante, el leproso quedó limpio. Te invito a que te adentres en este relato, y a que, con la ayuda del Espíritu Santo, hagas una composición de lugar: ponte de protagonista, ubícate allí, frente a Jesús, como un leproso más ¿qué sientes, cómo te experimentas? ¿Identificas tu lepra? Mira cómo Jesús extiende su mano y te toca para curarte.
Santa Teresa decía: “La humildad es andar en verdad” y la verdad es una de las principales condiciones para ser realmente libres (Cfr Jn 8,32). Nuestra verdad más profunda es que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, sin embargo, no podemos negar que el pecado hace, cada día, estragos en nosotros, a lo bueno lo llamamos malo y a lo malo, bueno: la corrupción de lo mejor es lo peor.
¿Qué corrompe nuestra mente, corazón y voluntad? La lepra del egoísmo nos aísla, la lepra de la infidelidad destruye hogares y vocaciones, la lepra del poder esclaviza naciones. La lepra de la pasividad, de la indiferencia y la mediocridad nos estanca y nos impide ser felices.
Hoy, como aquel leproso, necesitamos una limpieza profunda; el solo hecho de reconocerlo ante Dios es pura gracia y él está esperando que se lo pidamos, pues, como bien escribió San Agustín: "El que te creó sin ti no te salvará sin ti". Si tú no le llamas, él no viene; si tú no le pides, él no se acerca porque respeta tu libertad aun a sabiendas de que te puedes perder.
Oremos y digamos con toda humildad:
"Desde lo hondo a ti grito Señor, no quede yo nunca defraudado. Escúchame que me falta el aliento y mira mis heridas; el pecado me ha llagado, mi lepra huele mal y me lastima. Mira, Señor, la lepra de mi familia, de mi país, del mundo en el que vivo. Ten misericordia y extiende tu mano. Tócanos con tu gracia, si quieres, puedes limpiarnos.
Devuélvenos la inocencia, la alegría de tu salvación. Haznos más sensatos, más espirituales y menos carnales; sálvanos, Señor"
Hna. Nubia CelisReligiosa de la Fraternidad Misionera Verbum DeiL...