19/05/2026
TESTIGOS DE CRISTO REY
San Cristóbal Magallanes Jara
Esta semana contemplamos la figura de un testigo de Cristo Rey que transformó el campo jalisciense en un semillero de fe y progreso, un hombre que con su mirada atenta y su celo apostólico se convirtió en el faro de su comunidad en tiempos de tempestad. Nos referimos a San Cristóbal Magallanes Jara.
Nacido en el seno de una humilde familia en Totatiche el 30 de julio de 1869, su juventud estuvo marcada por las labores de la tierra hasta que ingresó al seminario. Al asumir como párroco de su tierra natal, su mirada no se limitó al templo; supo observar las profundas carencias de su pueblo y la fragilidad de su gente. Con un espíritu visionario, fundó un asilo para ancianos, escuelas para niños, talleres de artes y oficios, un centro agrícola y hasta una planta de energía eléctrica para el progreso de la comunidad. Ante el estallido de la persecución religiosa y el posterior cierre de los seminarios, su prioridad absoluta no fue resguardarse, sino proteger las vocaciones; con audacia, creó un seminario clandestino dispersando a los alumnos en casas particulares. Para esta titánica labor de resistencia pacífica y formación, eligió al joven padre Agustín Caloca como su mano derecha y encargado principal, compartiendo con él no solo el riesgo diario, sino el desvelo por asegurar que el futuro de la Iglesia y los sueños de aquellos muchachos no se truncaran.
Al ser capturado el 21 de mayo de 1927 en el rancho de Santa María justo cuando se dirigía a celebrar una fiesta patronal, el padre Magallanes fue conducido a la reclusión y poco después las tropas federales llevaron también al padre Agustín Caloca, reuniendo nuevamente al párroco y a su vicario en el dolor. Horas más tarde, los dos fueron trasladados al palacio municipal de Colotlán, Jalisco, y acusados de conspirar contra el gobierno. Esto no fue sino un pretexto para deshacerse de ellos puesto que no había prueba alguna de que los sacerdotes estuvieran involucrados en conspiración alguna. Se decidió entonces que ambos hombres fueran ejecutados simplemente por ser sacerdotes.
El 25 de mayo de 1927 cuatro días después de su detención, fueron sacados al patio para ser fusilados. El padre Magallanes al ver a su compañero presa del miedo, le dijo: “Tranquilízate hijo, solo un momento y estaremos en el cielo”, y tras absolver tiernamente a su vicario, el Sr. Cura Magallanes se dirigió firmemente al pelotón de ejecución. Distribuyó sus pocas pertenencias entre los soldados y, con voz clara y llena de un valor sobrenatural, pronunció sus últimas palabras: “Soy y muero inocente; perdono de corazón a los autores de mi muerte, y ruego a Dios que mi sangre sirva para la unión de mis hermanos los mexicanos”. Acto seguido, cayó bajo la descarga del fusil, sellando su fidelidad pastoral.
Hoy, el testimonio de San Cristóbal Magallanes nos invita a dejar atrás la indiferencia y a mirar con compasión las realidades y dolores de quienes nos rodean. Su vida nos cuestiona sobre el cuidado que ponemos en las tareas encomendadas y la audacia con la que protegemos la fe en los momentos de dificultad. Como agentes de pastoral y guías de la comunidad, estamos llamados a encarnar esa caridad pastoral que no busca el beneficio propio, sino el bienestar espiritual y material del prójimo. Que esta semana reflexionemos en qué áreas de nuestra vida nos hace falta actuar con mayor desprendimiento y generosidad, dejando atrás nuestros propios temores para ser auténticos constructores de paz y reconciliación en nuestros entornos.
San Cristóbal Magallanes, ruega por nosotros.
¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!