17/12/2025
MEDITACIÓN DE ADVIENTO: ¿A QUÉ VIENE JESÚS?
Señor, te esperábamos como adulto y vienes en la debilidad de un niño.
Te esperamos a otra hora, y vienes en el silencio de la noche.
Te esperábamos como un deslumbrante rey, y vienes humano y frágil como nosotros.
Te esperábamos de otra manera, y vienes así de sencillo. Casi no hay quien te reconozca.
No te conocemos únicamente al mirarte, hay que creer que tú eres Dios, al verte así tan humano. Nos habíamos hecho una idea de Ti, y vienes, Señor, rompiendo esquemas.
Danos fe para creer en ti, y reconocerte así, como vienes. Amén.
Nuestro Dios es el Dios de las sorpresas. Una vez vino a nuestro encuentro, y sigue viniendo hoy, mañana y siempre. Y en cada encuentro, Dios nos revela algo nuevo y nos invita a andar nuevos caminos, a descubrir nuevas verdades, a convertirnos a su amor. Cuando Dios viene a nuestro encuentro echa por tierra nuestros prejuicios, desborda nuestras expectativas y a veces pone un poco de desorden en medio de nuestra vida ordenada y tranquila. A veces hace falta que Dios venga y nos estremezca con una nueva visión para darnos cuenta que hay mucho más que ver, mucho más que conocer, mucho más que hacer.
Estamos en Adviento. Es un tiempo especial de preparación para la celebración de Navidad y dar la bienvenida a Jesús, nacido en Belén y criado en Nazaret. Es un tiempo cuando fortalecemos la esperanza en aquello que está por venir. En el Adviento siempre nos preguntamos: ¿cómo nos estamos preparando para la venida del Señor? ¿Cómo preparamos el camino de su venida? Pero hoy quiero que nos preguntemos: ¿Y a qué viene Jesús? Porque recordar el propósito de la venida de Jesús nos ayudará a prepararnos de una mejor manera. Responderemos esta pregunta con las propias palabras de Jesús en el Evangelio.
Jesús viene a traer vida
“El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia (Jn 10,10). Jesús ha venido para traernos vida, y esta vida se hace presente en gestos de entrega, esperanza y edificación.
La entrega solidaria y el desprendimiento se oponen al robo, significa reordenar el mundo y la sociedad en que vivimos de tal manera que todos y todas podamos disfrutar de los bienes de la creación. Sabemos que nuestro planeta dispone de recursos y alimentos para dar a cada ser humano pueda tener lo necesario para una vida digna, pero la riqueza de nuestro mundo está distribuida de una manera injusta y desigual, y eso se refleja a nivel local, en los países y en las regiones. Aquel que roba no lo hace solamente para subsistir, también los ricos roban, y aquellos que acumulan bienes más allá de lo que realmente necesitan están participando de las injusticias y las desigualdades que hoy tenemos. Jesús viene a traer vida en forma de entrega solidaria, nos invita a compartir y no a acumular bienes, nos invita a trabajar por una sociedad donde las riquezas sean distribuidas con justicia para que no haya necesidad de robar.
Jesús viene a traernos vida en gestos de esperanza, viene a defender la vida y esto se opone a la muerte. Defender la vida es luchar contra la desesperanza. Podemos defender la vida comprometiéndonos con el cuidado de la creación, con el cuidado de nuestros seres queridos, denunciando la violencia y oponiéndonos a las guerras. Pero también podemos defender la vida ayudando a otras personas a encontrar el sentido de su vida, ayudando a tanta gente desanimada y desesperada a enamorarse nuevamente de la vida y restablecer sus relaciones, su deseo de vivir y luchar. Jesús viene a traernos vida, a devolvernos la esperanza, la alegría de vivir.
Jesús viene a traernos vida en gestos que construyan, esto se opone a todo tipo de destrucción. Es necesario ir por la vida edificando, y edificando sobre cimientos firmes. Jesús viene a traernos vida en gestos que edifiquen, y Jesús mismo es la roca firme sobre la cual debemos edificar. Es cierto que también es necesario derribar para volver a edificar. Así dijo Dios al profete Jeremías cuando lo llamó a ser su profeta: “Te envío a derribar y a edificar, a destruir y a plantar.” Es necesario derribar los muros que todavía hoy separan a las personas, a las iglesias, a los pueblos. Sólo derribando esos muros podremos edificar una nueva humanidad con esperanza y con vida plena. Que Dios nos ayude en este tiempo de Adviento a recibir al Jesús que viene a traernos vida en abundancia, participando también nosotros de esta hermosa obra de entrega, esperanza y edificación.
Jesús viene a servir
“Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mt 20,18). Servir y dar la vida. Creo que estas palabras resumen en profundidad el propósito de la vida de Jesús, el propósito de su venida. Cuando leemos los evangelios nos percatamos que Jesús rechazaba ser aclamado, rechazaba la adulación, los nombramientos, los títulos. Quizá a nosotros nos guste llamar a Jesús Rey y Señor, pero Jesús se identificó más bien con la imagen y el ministerio del siervo. Jesús se sintió muy identificado con las palabras del profeta Isaías cuando anunció la venida del mesías, del ungido por el Espíritu de Dios para traer liberación a los cautivos, vista a los ciegos, fuerza a los débiles.
Sin embargo, los seres humanos nos sentimos más a gusto bajo el cuidado de alguien que sabemos poderoso, rey y señor. La idea del Jesús siervo, humilde y débil, no resulta muy atractivo. sin embargo, cuando sus discípulos le preguntaron cuál de ellos estaría a su derecha y cuál a la izquierda en el reino de Jesús, el Señor les contestó con estas palabras: “Los gobernantes de las naciones se enseñorean sobre ellas, y los que son grandes ejercen su poder; mas entre ustedes no será así, sino que el que quiera hacerse grande será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero será vuestro siervo; porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”
En este tiempo de Adviento, Jesús nos invita a meditar en su llegada como aquel que viene a servir, en humildad y amor. La mejor manera de recibir a Jesús en esta Navidad es asumiendo igualmente un espíritu de humildad y servicio, no considerando el poder que podamos tener como algo a lo cual aferrarnos, sino colocando ese poder al servicio de los demás, porque el poder de Jesús es un poder que se manifiesta en el amor y el servicio.
Jesús viene a llamar al arrepentimiento
Recordemos la historia de Zaqueo. El encuentro de Zaqueo con Jesús produjo en aquel una transformación radical, al punto que Zaqueo se propuso devolver cuatro veces todo lo que había robado, y dar la mitad de sus bienes a los pobres. Cuando Zaqueo dijo esto, Jesús exclamó: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa porque este hombre es también hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido.” Este es un pasaje que muestra con gran claridad lo que significa la regeneración que Dios provoca en nuestra vida por el amor de nuestro Señor.
Cuando Jesús viene a nuestra vida, ya las cosas no pueden permanecer igual. Porque Jesús viene a nos confronta con nuestro pecado, y no lo hace sólo una vez, lo hace todos los días. Por eso cada día de nuestra vida puede ser Adviento, porque el Señor siempre está viniendo y sorprendiéndonos en el camino de la vida, haciéndonos ver nuestro mal y llamándonos al arrepentimiento y al cambio. A la luz del Señor que viene a llamarnos al arrepentimiento, este Adviento nos invita a revisar nuestra vida y a pedirle a Dios que nos ayude a identificar las zonas de oscuridad que aún no nos dejan dar el paso decisivo que dio Zaqueo.
Conviene recordar aquí aquella otra historia que nos cuenta Lucas sobre dos hombres que fueron al templo a orar, uno era fariseo y el otro cobrador de impuestos. El fariseo, puesto de pie, oraba consigo mismo, diciendo: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aún como este publicano: ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano”. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador.” Jesús concluye la historia diciendo que el publicano se fue a su casa ya perdonado, y el fariseo no; “porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla, será enaltecido.”
¿Nos parecemos más al fariseo o al publicano? ¿Nos creemos siempre buenos o estamos conscientes de nuestros errores y limitaciones? ¿Nos sentimos privilegiados y mejores por ser cristianos? ¿Creemos que nuestras prácticas religiosas son superiores a otras? En este tiempo de Adviento tomémonos un tiempo para meditar en estas cosas. Jesús no viene a buscar gente buena, orgullosa, autosuficiente, que toma distancia de los demás y se siente superior. Jesús viene a llamar a las personas que reconocen su pecado y su necesidad de arrepentimiento y cambio, porque estas son las personas que podrían comprender y acoger el reino del Señor que está viniendo siempre. “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento. “ (Lc 5,32).
Jesús viene a traer conflictos
Cuando nos acercamos a la Navidad anunciamos al mundo el nacimiento del Príncipe de Paz. ¿Cómo es posible que el Príncipe de Paz nos diga “No he venido para traer paz, sino espada Porque he venido para poner disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de la casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí?” (Mt 10,34-38).
Este es un pasaje que puede prestarse a malentendidos. Creo que Jesús nos está poniendo delante, desde el principio, el costo de ser sus discípulos y discípulas. Seguir a Jesús, comprometernos con su reno implica una decisión, implica optar por los valores de ese reino. La paz es un don de Dios, pero cuando decidimos acoger esa paz y ser sus mensajeros vienen las contradicciones y el conflicto. La paz que Jesús trae no es la paz que el mundo propone, porque la paz del mundo se construye sobre la violencia, sobre el dominio de unos pocos sobre las mayorías, sobre las desigualdades, esto es una paz falsa.
Desde sus comienzos, la Iglesia que ha querido ser fiel al evangelio de la paz de Jesús ha sufrido la incomprensión, la hostilidad, el rechazo, la persecución y no pocas veces el martirio. La paz que viene a traernos el Príncipe de la Paz no es un camino de felicidad libre de pruebas y conflictos. Al contrario, proclamar y vivir la paz de Jesús es un desafío que exigirá nuestra entrega y nuestro compromiso. A partir de ahí podemos entender por qué Jesús afirmó en cierta ocasión: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la ponen en práctica.” Jesús no asume una postura antifamiliar, no critica el valor de la familia, lo que hace es poner en claro las consecuencias del discipulado, al tiempo que afirma que en la nueva familia de Dios son más fuertes los lazos de conciencia y de fe que los lazos consanguíneos. En otras palabras, el nuevo pueblo de Dios que sigue a Jesús será reconocido por su compromiso con la paz, el amor y la justicia.
Jesús nunca ocultó estos riesgos. En otro pasaje del evangelio, a propósito de este mismo tema, nos dice: “¿Quién de ustedes, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo necesario para acabarla?” Y concluye: “Aquel que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” En este tiempo de Adviento, el Señor nos invita a trabajar por la paz, pero sabiendo que ser mensajeros de su paz nos traerá también confrontación y rechazo. El anuncio de los ángeles en aquella primera noche de Navidad en Belén, conjugó en una sola realidad y en un solo canto la gloria de Dios en los cielos y la paz en la tierra. Cuando luchamos por la paz en la tierra, Dios se glorifica en los cielos.
Conclusiones
En los domingos anteriores al Adviento hemos leído y predicado en varios textos que apuntaban hacia la doctrina del fin de los tiempos. Las parábolas de Mateo cap. 25: las diez vírgenes, los talentos y el juicio de las naciones. Después de haber analizado estos pasajes hemos entrado en el tiempo del Adviento. Aquellas parábolas nos recordaban la necesidad de estar preparados para la venida del Señor por medio de una vida prudente, justa y vigilante. El Adviento, en ese mismo camino, nos coloca en el preámbulo de la llegada del Señor, de su nacimiento en Belén, de su venida a nuestra vida y nuestra historia. Hoy hemos recordado a qué viene el Señor: viene a traernos vida en abundancia, viene a servir, viene a llamar al arrepentimiento, viene a traer conflictos.
¿Cuál de esas cosas será más importante? ¿Por cuál habría qué comenzar? Ese es el ejercicio de tarea. Lo importante es reconocer que cuando el Señor viene e irrumpe en nuestra vida en serio, provoca todas estas experiencias: el arrepentimiento, la vida plena, el deseo de servir y el compromiso por la paz y la justicia. Y todo esto lo vivimos constantemente todos los días, porque Jesús viene siempre, nos sorprende, nos confronta y todo vuelve a empezar de nuevo. Y ese es mi deseo, que podamos vivir este tiempo de Adviento como un nuevo comienzo, que esperemos a Jesús teniendo plena conciencia del propósito de su venida y del propósito de nuestra espera.
Dejo como final para ustedes las palabras de Mateo 24,26: Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su Señor venga, le encuentre haciendo así. Amén.