26/04/2021
El Sufrimiento y la Esperanza de Curación
Dale Fincher
Mientras mi madre batallaba con el cáncer, analicé, lo más profundo que pude, el problema del sufrimiento. Conforme la acompañaba lo mejor que podía en cada etapa de su lucha contra esta agresiva enfermedad, surgieron muchos pensamientos y discusiones acerca de la plaga del pecado en la humanidad, sin exceptuar a nadie, y la inevitabilidad de la muerte.
Las Escrituras siempre nos proporcionan lugares seguros de consuelo y esperanza. Hallé uno de estos lugares en la vida de Jesús. Marcos menciona un incidente es sus primeros capítulos. Como todo escritor, sabe que la primera línea, el primer párrafo y el primer capítulo son críticos para capturar la atención de sus lectores. Y en su primer capítulo Marcos empieza a pintar un retrato impresionante del Mesías.
En Capernáun Jesús cura a la suegra de Pedro. Poco después, mucha gente del pueblo le llevó a sus enfermos y endemoniados para que Jesús los curara. El texto menciona que llegaron después de que obscureció. Jesús trabajó durante la noche sirviendo, curando y transformando los cuerpos de las víctimas de la enfermedad. Luego, cuando todavía estaba obscuro (aparentemente trabajó toda la noche), Jesús se retira a un lugar tranquilo para estar con su Padre. Mientras tanto, en el pueblo sus discípulos estaban rodeados de personas que les rogaban que curaran a sus enfermos. Los discípulos buscaron a Jesús y cuando lo hallaron le dijeron, “¡Todo mundo te está buscando!”
¡El mundo había encontrado a uno que sí curaba, a un médico que sí les quitaba sus padecimientos! Rápidamente acudieron al que sí podía quitarles su dolor. Pero Jesús les da una respuesta sorpresiva que detiene todo el proceso, “Vámonos a otro lugar para que también ahí predique, porque para eso he venido.”
Puedo imaginarme la expresión en las caras de estos novatos discípulos de Jesús. En total perplejidad sus mentes empezaron a examinar la palabra “predicar”. “¿Cómo curaría ESO a alguien? Las personas no se curan de cáncer, hepatitis o lepra con una predicación”.
Pero Jesús, el hombre más sabio que jamás haya vivido, entendió algo acerca de la realidad que sus discípulos (y quizá nosotros) olvidaban. Todas las personas que habían sido curadas se volverían a enfermar. Al final, la muerte física obtendría la victoria.
Si Jesús no predicara, la muerte obtendría una victoria total. Él sabía que había algo que debería curarse antes que el mismo cuerpo. El alma necesitaba curarse. Desesperada, llena de las cicatrices del pecado, engolfada en medio de relaciones mediocres, temerosa de ser expuesta, resentida, deshonesta con su propia condición y egoísta, construyendo su propio reino en la total aridez de su propio ego. Si las almas de aquellas personas no recibían el mensaje que Jesús traía al mundo, todas aquellas curaciones no tendrían ningún significado.
Jesús tuvo que enseñarles a sus discípulos que en lugar de una curación física, lo que esas personas necesitaban más era curar sus almas. “Para eso he venido,” dijo. Y continuó proclamando que, finalmente, se había abierto el camino definitivo para llegar al Padre.
Y ésta fue la verdad que mi madre aceptó, porque sabía que recibiría un nuevo cuerpo que jamás necesitaría de curación alguna.
Ahora acompáñame a ver esta escena. Una tumba debidamente sellada en el pueblo de Betania, cerca de Jerusalem, proclamando la victoria de la muerte, la descomposición total y final del cuerpo humano. Dos hermanas lloran, María y Marta, rodeadas de plañideras. Por las orillas del pueblo Jesús finalmente llega acompañado de sus discípulos. Las hermanas se acercan a Jesús y una de ellas lo culpa por no haber acudido antes a ver a Lázaro. Ellas sabían que Él tenía el poder de curar. ¿Por qué no había ido a curar a su amigo? Había curado a muchos extraños. ¿Por qué no fue a curar a Lázaro?
Jesús, guardando su compostura y determinación, le dijo, “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque esté mu**to, vivirá. ¿Crees tú esto?” La respuesta de Marta muestra que no entendía ni el poder ni el propósito de Jesús, pero sí sabía que era confiable: “Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que ha venido al mundo”.
Luego, Jesús llora con ellas. El que tenía el poder de resucitar a los mu**tos lloró con los que no tenían ese poder. No tenemos un Sumo Sacerdote que no se pueda identificar plenamente con nuestro más profundo sentimiento de pérdida.
Después de que ordenó quitar la piedra que guardaba la entrada, Jesús ora en voz alta para que todos lo escucharan y luego da la orden que produjo un profundo silencio, “Lázaro, ven fuera”. Y Lázaro salió.
Repentinamente, el increíble poder paralizante de la muerte se rompió. La muerte no tenía la última palabra. La Palabra misma (el Verbo Encarnado), la había anulado.
Sin embargo, Lázaro habría de morir nuevamente. Aunque las Escrituras no mencionan la segunda muerte física de Lázaro, los milagros físicos de Jesús siempre fueron, por naturaleza, temporales. Aquellas mujeres volverían a perder a su hermano.
¡El efecto devastador de la muerte sólo podrá ser totalmente nulificado con una resurrección definitiva! La última palabra en cuanto al sufrimiento y la curación reside en Jesucristo, quien es el único que ha resucitado para siempre, asegurándonos así una esperanza permanente.
El sufrimiento que sentimos cuando perdemos a una persona amada dura por mucho tiempo, aunque tengamos una esperanza perenne. El sufrimiento genera un cierto grado de ambivalencia en los que creemos en la resurrección. Sentimos el dolor de nuestras circunstancias actuales, que nos recuerdan lo que hemos perdido; sin embargo, esperamos nuestra futura liberación y victoria. Sufrimos, pero anhelamos una curación auténtica. Avanzamos titubeantes hacia la muerte, pero vemos la muerte como la puerta hacia la resurrección. Es difícil vivir con esta ambivalencia. “Estira” nuestras almas, desafiándonos a reconocer nuestra mortalidad, pero esperando la victoria final, la victoria que Jesús ganó para nosotros con su muerte y resurrección. Una victoria que sólo podrá ser nuestra del otro lado de la eternidad.
Aunque todas las personas mueren, no todas vivirán. El último capítulo de la historia humana no es la muerte, sino la vida. La resurrección de Jesús lo garantiza. Esta esperanza mantiene bajo control a nuestros sufrimientos, mientras aguardamos nuestra propia resurrección permanente. En la eternidad Él nos dirá, “¡Ven!”
“Pero sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2ª a Corintios 5:1).