22/03/2026
Hay periodos en la historia en los que el mundo se siente convulso.
Las noticias se propagan rápidamente. Los cimientos de nuestras creencias familiares se tambalean. Muchas personas experimentan una silenciosa inquietud, a veces sin siquiera saber exactamente por qué.
La práctica zen no surgió en tiempos de paz. Se desarrolló a través de siglos de agitación social, conflictos políticos e incertidumbre. Se construyeron y destruyeron monasterios. Surgieron y cayeron dinastías. Maestros y estudiantes practicaron en medio de mundos cambiantes.
Lo que descubrieron es algo sorprendentemente simple.
Incluso cuando el mundo es inestable, el momento presente sigue aquí.
La respiración sigue fluyendo en el cuerpo.
El sonido del viento o de un coche que pasa sigue llegando a los oídos.
La sensación de los pies tocando el suelo sigue presente.
El zen no ignora el sufrimiento del mundo. Nos invita a afrontarlo sin perdernos en él.
Cuando la mente se ve abrumada por acontecimientos que escapan a nuestro control inmediato, la atención se reduce y el miedo crece. Pero cuando volvemos —aunque sea brevemente— al cuerpo y a la respiración, algo se estabiliza. El sistema nervioso se relaja. La mente recupera la perspectiva.
Desde esa estabilidad, podemos responder al mundo con mayor claridad y atención.
Esto no es evasión. Es preparación.
A lo largo de la historia, quienes practican la meditación han comprendido que una mente tranquila y serena no es un lujo, sino una responsabilidad. Cuando aprendemos a calmar la mente, nos volvemos menos reactivos, menos propensos a dejarnos llevar por la ira o la desesperación, y más capaces de actuar con sabiduría.
Ahora mismo, dondequiera que estés leyendo esto, tómate un momento.
Observa cómo entra la respiración en tu cuerpo.
Observa cómo sale.
Siente el peso de tu cuerpo en la silla o en el suelo.
Solo esta respiración.
Solo este momento.
Incluso en tiempos de incertidumbre, esto siempre está disponible.
Y desde aquí, volvemos a empezar.