25/08/2026
EL EQUIPO COORDINADOR BÁSICO
Lo que nadie ve en la parroquia
Hay una parte del servicio que casi nadie ve.
Nadie ve el cansancio que se acumula después de tantas reuniones, actividades y responsabilidades.
Nadie habla de las veces que convocaste a una reunión y casi nadie llegó… y, aun así, la semana siguiente volviste a convocar porque decidiste no rendirte.
Nadie sabe cuántas veces pusiste de tu propio bolsillo para que una actividad pudiera realizarse, para comprar un material, resolver una necesidad o evitar que un proyecto se detuviera.
Nadie ve las veces que tuviste que dejar a un lado el orgullo, pedir perdón, reconocer un error y volver a comenzar, aunque por dentro estuvieras herido.
Nadie escucha las oraciones que elevaste en silencio preguntándole a Dios:
“Señor, ¿cómo sigo? ¿Qué hago para que esto funcione? ¿Cómo motivo a quienes están perdiendo el entusiasmo?”
Nadie ve las llamadas que nunca fueron respondidas, los mensajes que quedaron en visto, las personas que prometieron estar y no llegaron, ni ese “ya no puedo más” que muchas veces guardaste en silencio para no desanimar a los demás.
Nadie ve que muchas veces llegas primero y te vas último.
Preparas, organizas, acomodas sillas, buscas materiales, resuelves problemas, recoges lo que queda, apagas las luces… mientras los demás ya están en sus casas descansando.
Nadie ve las decisiones difíciles que tuviste que tomar.
Y tampoco ven las críticas que recibiste por decisiones que nadie más quiso asumir.
A veces te comparan con quien estuvo antes.
A veces cuestionan lo que haces.
A veces olvidan todo lo que sí has hecho.
Y quizá nadie sabe de aquella noche en que, después de una reunión difícil, lloraste a solas porque sentías que ya no tenías fuerzas.
Pero al día siguiente volviste.
Volviste a sonreír.
Volviste a servir.
Volviste a intentarlo.
No porque no te doliera.
Sino porque amas la misión que Dios puso en tus manos.
Y quizá también has tenido que poner en pausa proyectos personales, reducir momentos con tu familia, sacrificar descanso y regalar horas que nadie contabiliza.
Pero hay algo que nunca debes olvidar:
DIOS LO VE TODO.
Él ve el esfuerzo que nadie reconoce.
Ve las lágrimas que nadie vio.
Ve las veces que dijiste “sí” cuando querías decir “no puedo más”.
Ve cada puerta que abriste, cada persona que animaste y cada semilla que sembraste.
Y aunque algunas semillas parezcan no dar fruto, ningún servicio hecho por amor a Dios es inútil.
Porque coordinar en la Iglesia no es simplemente ocupar un cargo.
Es servir.
Es acompañar.
Es escuchar.
Es animar.
Es unir.
Es sostener.
Es sembrar.
Y muchas veces, es hacerlo sin aplausos.
Por eso, querido coordinador:
No midas el valor de tu servicio por la cantidad de personas que te agradecen.
Mídelo por el amor con el que lo realizas.
Si algún día sientes que ya no puedes más, detente un momento, respira y vuelve tu corazón hacia Dios.
Dile:
“Señor, yo no puedo solo. Si me llamaste a servir, dame también la gracia para continuar.”
Porque el mismo Dios que te llamó,
es el Dios que te sostiene.
Y cuando nadie vea tu esfuerzo, recuerda:
el Cielo sí lo ve.
Tu cansancio también puede convertirse en oración.
Tus lágrimas pueden convertirse en ofrenda.
Tus sacrificios pueden convertirse en semillas.
Y tu servicio, cuando nace del amor, puede tocar vidas que quizá nunca sabrás que ayudaste a transformar.
🙏 Gracias a cada coordinador parroquial que sirve con un corazón generoso.
Que Dios renueve tus fuerzas, sane tus heridas, premie tus esfuerzos y nunca permita que olvides que, aunque muchas veces sirvas en silencio, tu servicio tiene un lugar muy grande en el corazón de Dios.