Parroquia Tránsito de San José

Parroquia Tránsito de San José Pedro García Conde #1040 Col. Zona Industrial.

Guadalajara, Jalisco, México

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No desaproveches lo que hoy puedes disfrutar. No hagas de prisa aquello que merece permanecer. No te distraigas de lo ve...
23/07/2026

No desaproveches lo que hoy puedes disfrutar. No hagas de prisa aquello que merece permanecer. No te distraigas de lo verdaderamente importante. No dejes de vivir el presente por la ansiedad del mañana. No quieras adelantar lo que aún no llega ni te aferres a lo que ya pasó. La vida no se vive dos veces: el único instante donde Dios te espera, te habla y te regala es el ahora.

ORAR CON LA PALABRADel santo Evangelio según san Mateo 13, 10-17En aquel tiempo, se acercaron a Jesús sus discípulos y l...
23/07/2026

ORAR CON LA PALABRA

Del santo Evangelio según san Mateo 13, 10-17
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús sus discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no. Al que tiene se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.
En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Ustedes oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.
Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron». Palabra del Señor

REFLEXIÓN…

El tesoro de un corazón que sabe escuchar
«Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven, y los oídos que oyen lo que ustedes oyen.» (Mt 13,16)

Hay una diferencia muy grande entre mirar a Jesús y dejarse encontrar por Él. En el Evangelio de hoy, los discípulos le preguntan por qué habla en parábolas. Y Jesús responde revelando un misterio que sigue siendo actual: no basta con tener los ojos abiertos; hace falta un corazón dispuesto. Porque hay personas que escuchan el Evangelio una y otra vez, pero nunca permiten que esa Palabra atraviese su vida.

Dios no esconde su amor. Es el corazón el que, muchas veces, se va cubriendo de capas de ruido, de orgullo, de autosuficiencia o de prisas que terminan haciéndolo incapaz de reconocer su paso. Y eso es doloroso, porque podemos vivir rodeados de cosas santas, participar en la Eucaristía, rezar, servir e incluso hablar de Dios... y, sin embargo, permanecer cerrados a la novedad que Él quiere obrar en nosotros.

Jesús no habla en parábolas para complicar el camino. Habla así porque el amor nunca se impone. Dios no fuerza la puerta del corazón. Espera. Susurra. Invita. Solo quien se hace pequeño, quien reconoce que necesita ser enseñado, descubre el Reino escondido en las palabras más sencillas. La humildad abre los ojos que el orgullo mantiene cerrados.

Qué fuerte es pensar que los discípulos fueron llamados dichosos, no porque fueran mejores que los demás, sino porque se dejaron transformar por la presencia de Jesús. Lo miraron con un corazón disponible. Se dejaron sorprender. Se dejaron corregir. Se dejaron amar. La verdadera ceguera no consiste en no ver a Dios, sino en creer que ya no tenemos nada que aprender de Él.

Hoy el Señor también pasa delante de nosotros. Habla en la Palabra, en la Eucaristía, en el hermano que sufre, en la corrección que incomoda, en el silencio de la adoración y en esos pequeños acontecimientos donde suele esconder sus visitas. El problema no es que Dios haya dejado de hablar; quizá el problema es que hemos dejado de escuchar.

Pidámosle la gracia de recuperar un corazón contemplativo. Un corazón que no se conforme con saber cosas de Jesús, sino que desee conocerlo cada día más. Porque la santidad comienza cuando dejamos de vivir de respuestas aprendidas y empezamos a escuchar al Maestro como si cada palabra fuera pronunciada por primera vez.

Preguntas para el corazón

— ¿Tengo un corazón disponible para dejarme sorprender y transformar por Jesús?
— ¿Qué ruido o resistencia me impide escuchar hoy la voz de Dios?
— ¿Busco conocer más a Jesús o solo acumular conocimientos sobre Él?

Oración

Señor Jesús, abre mis ojos para reconocerte y mis oídos para escuchar tu voz en medio del ruido de cada día. Arranca de mi corazón todo aquello que lo endurece y no me deja acoger tu Palabra.

Dame un corazón humilde, dócil y contemplativo. Que nunca me acostumbre a tu Evangelio, sino que cada encuentro contigo renueve en mí el deseo de amarte más y seguirte con todo mi ser.


Mirza Deras, r.a.

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ORAR CON LA PALABRA.Del santo Evangelio según san Juan 20, 1-2. 11-18El primer día después del sábado, estando todavía o...
22/07/2026

ORAR CON LA PALABRA.

Del santo Evangelio según san Juan 20, 1-2. 11-18
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto». María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: «¿Por qué estás llorando, mujer?» Ella les contestó: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto».
Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: «Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?» Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: «Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto». Jesús le dijo: «¡María!» Ella se volvió y exclamó: «¡Rabbuní!», que en hebreo significa ‹maestro›. Jesús le dijo: «Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‹Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios›.
María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje. Palabra del Señor.

REFLEXIÓN…

Evangelio de Juan 20,1-2.11-18

«María Magdalena fue y anunció a los discípulos: “He visto al Señor”.»

Hay lágrimas que nacen de la desesperanza y otras que Dios convierte en el lugar donde comienza la Pascua. María Magdalena llega al sepulcro cuando todavía está oscuro. No solo era de noche afuera; también dentro de su corazón. Había perdido a Aquel que había transformado su vida y, con Él, parecía haberse apagado toda esperanza.

Cuántas veces también nosotros buscamos a Jesús en el lugar equivocado. Lo buscamos entre los recuerdos, entre lo que ya pasó, entre las seguridades que se derrumbaron. Y mientras insistimos en buscar a un Cristo mu**to, Él ya está vivo, de pie, esperándonos. El problema no es que Jesús esté ausente; muchas veces somos nosotros quienes no sabemos reconocer su presencia porque el dolor nos ha nublado la mirada.

María llora, pero no huye. Permanece. Y esa permanencia cambia toda la historia. Hay almas que dejan de orar cuando Dios parece guardar silencio. Ella, en cambio, se queda. Sigue buscando. Sigue esperando. Y precisamente allí, donde el mundo solo veía un sepulcro, Jesús se deja encontrar.

Entonces sucede lo más hermoso del Evangelio: Jesús no comienza con un gran discurso. Pronuncia un solo nombre: «¡María!». Y basta una palabra salida de los labios del Resucitado para devolverle la vida al corazón. Porque cuando Dios pronuncia nuestro nombre, no solo nos llama; nos recuerda quiénes somos para Él. Nadie ama como Jesús. Nadie conoce tan profundamente nuestra historia, nuestras heridas y nuestros anhelos.

Quizá el mayor peligro de nuestra vida espiritual no sea dejar de hablar de Jesús, sino dejar de escuchar cuando Él pronuncia nuestro nombre. Podemos llenar los días de actividades, apostolados y compromisos, pero olvidar que antes de enviarnos, el Señor quiere encontrarse personalmente con nosotros. La misión nace siempre de una experiencia de amor. María Magdalena no anuncia una idea; anuncia a una Persona que ha cambiado para siempre su existencia.

Hoy la Iglesia celebra a la mujer que pasó del llanto al anuncio, de la oscuridad a la luz, del sepulcro a la misión. Y ese camino sigue siendo posible para nosotros. Jesús continúa llamando por nuestro nombre para sacarnos de todo aquello que nos mantiene encerrados y enviarnos a llevar al mundo la alegría de haberlo encontrado.

No tengas miedo si hoy solo puedes llorar delante del Señor. Permanece. Él llegará. Y cuando escuchemos nuestra vida pronunciada por su voz, comprenderemos que la Resurrección no es solo un acontecimiento del pasado; es una presencia viva que sigue transformando corazones.

Preguntas para el corazón

¿En qué "sepulcro" sigo buscando a Jesús, sin creer que Él ya está vivo y caminando conmigo?

¿Soy capaz de permanecer junto al Señor cuando no entiendo su silencio, o abandono fácilmente la oración?

Si Jesús pronunciara hoy mi nombre, ¿qué tendría que dejar para seguirlo con un corazón completamente enamorado?

Oración

Señor Jesús, pronuncia una vez más mi nombre. Haz que tu voz atraviese mis miedos, mis heridas y mis noches más oscuras. No permitas que me acostumbre a buscarte solo entre los recuerdos; enséñame a descubrirte vivo, presente y cercano cada día.

Como María Magdalena, dame un corazón que permanezca, que te reconozca y que no pueda guardar para sí la alegría de haberte encontrado. Que toda mi vida anuncie con sencillez y verdad: ¡He visto al Señor!


Mirza Deras, r.a.

Que el silencio de esta noche sea un himno de gratitud por todo lo vivido. Gracias, Señor por estar…
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ORAR CON LA PALABRA.Del santo Evangelio según san Mateo 12, 46-50En aquel tiempo, Jesús estaba hablando a la muchedumbre...
21/07/2026

ORAR CON LA PALABRA.

Del santo Evangelio según san Mateo 12, 46-50
En aquel tiempo, Jesús estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus parientes se acercaron y trataban de hablar con él. Alguien le dijo entonces a Jesús: «Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren hablar contigo».
Pero él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». Palabra del Señor.

REFLEXIÓN…

Evangelio según san Mateo 12,46-50

«El que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Hay palabras de Jesús que, al escucharlas por primera vez, parecen desconcertarnos. Este Evangelio es una de ellas. Mientras Jesús habla a la multitud, le anuncian que su madre y sus hermanos lo buscan. Y Él responde señalando a sus discípulos: «Estos son mi madre y mis hermanos». No es un rechazo a María. Al contrario. Es la revelación del camino por el que ella llegó a ser la más cercana al Corazón de su Hijo: hizo de la voluntad del Padre el lugar donde decidió vivir cada día.

Qué fácil es creer que estamos cerca de Jesús porque conocemos muchas cosas de Él, porque participamos en actividades de la Iglesia, porque servimos o hablamos de Dios. Pero la verdadera cercanía con Cristo no se mide por lo que hacemos alrededor de Él, sino por cuánto dejamos que su voluntad transforme nuestra vida. El parentesco con Jesús no nace de los labios que pronuncian su nombre, sino del corazón que se abandona completamente en sus manos.

A veces queremos seguir al Señor, pero sin renunciar a nuestros propios planes. Le entregamos aquello que no nos cuesta demasiado, mientras guardamos para nosotros las decisiones que más miedo nos dan. Y, sin darnos cuenta, terminamos construyendo una fe cómoda, donde Jesús acompaña nuestros proyectos, pero no llega a ser el Señor de ellos. Sin embargo, el Evangelio de hoy nos recuerda que la santidad comienza cuando dejamos de preguntarnos qué queremos nosotros y empezamos a preguntarnos qué quiere Él.

María no fue grande porque tuvo el privilegio de llevar a Jesús en su seno. Fue grande porque antes lo llevó en la obediencia de su corazón. Su "sí" abrió espacio para que Dios hiciera lo imposible. Ese mismo camino sigue abierto para nosotros. Cada vez que elegimos amar, perdonar, servir, permanecer fieles en lo escondido y confiar cuando no entendemos, nuestra vida también se convierte en un hogar donde Cristo puede habitar.

Quizá hoy Jesús no está preguntando cuánto sabes de Él. Está preguntando si estás dispuesto a dejar que Él conduzca tu vida. Porque solo quien se entrega sin reservas descubre la alegría profunda de pertenecer verdaderamente a la familia de Dios.

Que al final de nuestros días no se diga solamente que hablamos de Jesús, sino que vivimos como Él, amamos como Él y buscamos, por encima de todo, hacer la voluntad del Padre.

Preguntas para el corazón

— ¿Qué parte de mi vida sigo resistiéndome a poner completamente en las manos de Dios?

— ¿Busco la voluntad del Padre o intento convencerlo de que bendiga la mía?

— ¿Podría Jesús reconocer en mi manera de vivir el rostro de alguien que pertenece a su familia?

Oración

Señor Jesús, enséñame a vivir como María, con un corazón disponible y confiado. Arranca de mí todo orgullo, todo miedo y toda resistencia a tu voluntad.

Que cada decisión de mi vida sea un nuevo "sí" a tu amor. Hazme permanecer tan unida a Ti que mi mayor alegría sea cumplir la voluntad del Padre y vivir como verdadera hija de tu Reino.


Mirza Deras, r.a.

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