17/03/2026
El Secreto del Viejo en la Esquina.
Había un hombre que caminaba con el alma arrastrando. Tenía los pies cansados de tanto dar vueltas y las manos vacías de tanto pedir. Un día, llegó frente a la representación de Eleggua con un n**o en la garganta. Soltó los dulces, prendió la vela y, con lágrimas en los ojos, reclamó:
—“¡Padre! ¿Por qué me tienes los caminos cerrados? Te he puesto de todo, te he saludado primero, y nada me sale. ¿Dónde está la llave de mi suerte?”
En ese momento, el humo de la vela pareció dibujar la silueta de un niño juguetón que, en un parpadeo, se transformó en un viejo sabio. No hubo truenos, ni voces del cielo. Fue un susurro que le retumbó en el pecho:
—“Hijo mío... yo no tengo tus llaves. Las tienes tú en tu mirada.”
El hombre, confundido, miró sus manos vacías. El Viejo continuó:
—“Te pasas el día mirando lo que te falta, llorando por quien te traicionó y contando las monedas que no tienes. ¿No te das cuenta? Donde tú pones tu atención, ahí yo pongo mi pie. Si tú te enfocas en el hueco, yo te ayudo a caerte en él. Si tú te enfocas en la tragedia, yo te abro la puerta de la amargura porque esa es la dirección que tú me marcas.”
El hombre bajó la cabeza, entendiendo por fin. Había estado usando la fuerza de su Eleggua para construir paredes en lugar de puentes.
—“Escucha bien,” dijo el Viejo con una sonrisa pícara. “Yo soy el mensajero. Yo llevo tu atención al cielo y traigo la respuesta a la tierra. Si quieres que el camino se limpie, deja de alimentar al problema con tus ojos. Empieza a caminar como si ya hubieras vencido. Ríete como el niño que sabe que todo es un juego y mantente firme como el viejo que sabe que su palabra es ley. En el momento en que cambies lo que miras, verás que la puerta nunca estuvo cerrada... solo estabas mirando hacia el lado equivocado.”
Aquel hombre se levantó. No tenía más dinero en el bolsillo, pero caminaba distinto. Su mirada ya no buscaba la falta, sino la bendición. Y antes de llegar a la esquina, lo sintió: el viento le sopló a favor, un negocio apareció de la nada y la alegría volvió a su casa.
Porque entendió que Eleggua no es el que te tranca; es el que te enseña que tu enfoque es la única llave que importa.