03/07/2026
Escuela Dominical 28 de junio 2026
Colonia la esperanza en el Salto jalisco México
OB. Urias Hurtado
TEMA: LA LIBERALIDAD
Virtud que honra a Dios y fortalece a su iglesia.
PLEGARIA APOSTÓLICA MATUTINA
"La Iglesia tiene prosperidad y crecimiento espiritual y material porque los hermanos cumplen con el Señor en sus diezmos y ofrendas, que de todo lo que el Señor les concede, los hermanos siguen el ejemplo de Abraham, dan su diezmo al Señor, el espiritual y el material. Por eso la Iglesia sigue creciendo y se puede ver en la celebración de bautismos por todo el mundo, la edificación de hermosas casas de oración, la realización de eventos, el apoyo a la superación de los jóvenes de la Iglesia para que sigan preparándose".
Apóstol de Jesucristo Naasón Joaquín García.
Guadalajara, Jalisco, Hermosa Provincia.
27 de julio de 2018.
¿Qué es la liberalidad?
La liberalidad es una virtud que Dios forma en el corazón de sus hijos. No nace de una obligación ni del interés de recibir algo a cambio; nace cuando el alma reconoce que todo cuanto posee proviene de Dios. La vida, la salud, la fuerza para trabajar, la paz, la familia, el alimento y cada bendición son muestras de su amor y de su misericordia.
Cuando este reconocimiento llena nuestro corazón, comprendemos que Dios ha sido bueno con nosotros desde el principio. Entonces, servirle y honrarle deja de ser una carga y se convierte en un privilegio. La liberalidad es, precisamente, la expresión de un corazón que ama a Dios, que confía en Él y que vive agradecido por sus innumerables beneficios.
La Sagrada Escritura nos enseña que Dios no necesita de los bienes del hombre, porque todo le pertenece. Él mismo declara:
"Mía es la plata y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos."
Hageo 2:8
Si todo es suyo, ¿por qué nos enseña a ser liberales? Porque el propósito de Dios no es recibir algo que le haga falta, sino formar en nosotros un corazón libre del apego a lo material, un corazón que aprenda a confiar plenamente en Él. Dios desea que nuestra seguridad no esté en lo que podemos guardar, sino en Aquel que jamás deja de cumplir sus promesas.
Abraham: un corazón que reconoció la mano de Dios
Génesis 14:18-20
Después de la victoria, Abraham reconoció que todo había sido concedido por Dios. Él entendió que ninguna capacidad humana habría sido suficiente sin la ayuda del Altísimo.
Este testimonio nos enseña que el hijo de Dios no atribuye sus logros únicamente a su esfuerzo. Trabaja con responsabilidad, pero reconoce que la inteligencia, las fuerzas, las oportunidades y las bendiciones provienen del Señor. Por eso, cuando honra a Dios con gratitud, no siente que está perdiendo algo; al contrario, reconoce humildemente que todo lo que tiene salió primero de la mano de Dios.
La viuda pobre: la confianza que agradó al Señor
Marcos 12:41-44
A los ojos de muchos, aquella mujer tenía muy poco. Sin embargo, Jesucristo vio en ella una riqueza que nadie más podía ver: una confianza absoluta en Dios.
Mientras otros pensaban en lo que conservaban, ella descansó en la fidelidad del Señor. Su esperanza no estaba en aquello que podía retener, sino en el Dios que nunca abandona a quienes ponen su confianza en Él.
Este hermoso ejemplo nos enseña que la liberalidad no depende de la abundancia, sino de la fe. El corazón que ha conocido el cuidado de Dios aprende que nunca será más seguro aferrarse a lo material que descansar en las manos del Padre Celestial.
Dios mira el corazón
2 Corintios 9:7
"Cada uno dé como propuso en su corazón; no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre."
Estas palabras revelan el deseo de Dios. Él mira el corazón antes que cualquier acto exterior. No recibe aquello que nace del temor o de la obligación; recibe aquello que brota de una fe sincera y de un amor verdadero.
Cuando un hijo de Dios comprende cuánto ha recibido de su Padre Celestial, su manera de vivir cambia. Descubre que cada día está rodeado de la misericordia de Dios; que aun en los momentos difíciles el Señor ha permanecido a su lado; que nunca ha dejado de proveer, de consolar, de fortalecer y de abrir camino donde parecía no existir.
Entonces entiende que la liberalidad no consiste en desprenderse de algo material. Consiste en reconocer, con humildad y amor, que todo cuanto somos y todo cuanto tenemos proviene de Dios. Y cuando ese reconocimiento llena el alma, la mano se abre con naturalidad, porque primero se abrió el corazón.
Quien vive así ya no teme compartir con Dios de aquello que Él mismo le ha permitido recibir. Su confianza no está puesta en las cosas pasajeras de esta vida, sino en la fidelidad del Señor, que permanece para siempre.
Así, la liberalidad se convierte en un sacrificio de fe, de amor y de gratitud agradable a Dios; una expresión sincera de un corazón que ha comprendido que no existe mayor riqueza que vivir bajo la gracia, el cuidado y la bendición de nuestro Padre Celestial.