12/05/2026
Entre cardenales, reuniones y responsabilidades inmensas… siempre encontraba tiempo para entrenar.
Antes de convertirse en el Papa León XIV, el entonces cardenal Robert Prevost era un visitante habitual de un gimnasio en Roma.
Y quienes lo conocieron allí recuerdan algo que hoy llama profundamente la atención:
Su disciplina silenciosa.
Su entrenador personal, Valerio Masela, contó que nunca tuvo problemas para convencerlo de ejercitarse.
Aunque tuviera poco tiempo, llegaba igualmente.
“Aunque fueran 20 o 30 minutos, entrenaba”, explicó.
Su rutina incluía ejercicios cardiovasculares, especialmente en la elíptica, junto con trabajo de fuerza con mancuernas y máquinas.
Nada extravagante.
Nada ostentoso.
Solo constancia.
Lo más sorprendente ocurrió el día en que Robert Prevost fue elegido Papa.
Valerio vio al nuevo Pontífice por televisión… pero no lo reconoció inmediatamente.
De pronto entendió algo increíble:
El nuevo sucesor de Pedro era aquel hombre sencillo que entrenaba con él como cualquier otra persona.
Qué impresionante recordar que incluso quienes cargan enormes responsabilidades humanas y espirituales siguen siendo personas reales.
Personas que se cansan.
Que necesitan cuidarse.
Que buscan equilibrio para seguir sirviendo mejor.
Hoy, ya como Papa León XIV, continúa ejercitándose en un pequeño gimnasio adaptado dentro del Palacio Apostólico.
Porque cuidar el cuerpo también puede ser parte del cuidado de la misión.
En tiempos donde muchos viven acelerados, agotados y desconectados, quizá este detalle del Papa deja una enseñanza sencilla pero poderosa:
La disciplina silenciosa también forma santos.
Y muchas veces la fidelidad a Dios se construye precisamente en las pequeñas decisiones de cada día.
Señor Jesús,
ayúdanos a vivir con equilibrio, disciplina y humildad.
Y fortalece al Papa León XIV para que siga guiando a tu Iglesia con sabiduría y entrega. Amén.