Parroquia Jesús Misericordioso

Parroquia Jesús Misericordioso Parroquia Católica de la Arquidiocesis de Monterrey. Ubicada en el municipio de Zuazua Nuevo León

12/08/2026

Del santo Evangelio según san Mateo: 18, 15-20
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.
Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.
Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.
Palabra del Señor. R. Gloria a ti, Señor Jesús.

El Evangelio de hoy nos habla de algo que muchas veces falta en los matrimonios heridos: aprender a hablar desde el amor y no desde la herida.

Jesús nos dice: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas.” No dice: “habla mal de él”, “hazlo quedar mal” o “guarda rencor”. Dice ve a solas.

Cuántos matrimonios comienzan a romperse porque dejamos de hablar con el esposo y comenzamos a hablar de él con todos los demás. Contamos sus errores, recordamos sus fallas y buscamos que otros nos den la razón. Pero Jesús nos enseña otro camino: acercarnos con humildad, buscar el diálogo y procurar salvar al otro, no destruirlo.

Y esto también implica reconocer algo difícil: quizá yo también necesito cambiar. A veces pedimos a Dios que transforme el corazón de nuestro esposo, cuando Jesús quiere comenzar una obra de transformación en nuestro propio corazón.

Pero este Evangelio también nos recuerda que amar no significa permitirlo todo. Hay situaciones en las que es necesario poner límites, buscar ayuda y proteger la dignidad y la seguridad de la familia. Corregir desde el amor no significa soportar abusos ni justificar el pecado.

Y después Jesús nos deja una de las promesas más hermosas para un matrimonio en crisis:

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos.”

Tal vez hoy tú y tu esposo ni siquiera pueden ponerse de acuerdo. Tal vez uno quiere luchar por el matrimonio y el otro ya no. Tal vez están separados y parece imposible volver a comenzar.

Pero tú puedes comenzar por algo: llevar tu matrimonio a la oración.

Cuando ya no puedas hablar con tu esposo, habla con Jesús.
Cuando ya no puedas convencerlo, entrégaselo a Jesús.
Cuando no sepas cómo reparar lo que se rompió, pídele a Jesús que te muestre el camino.

Porque un matrimonio en crisis no necesita solamente que dos personas vuelvan a encontrarse; necesita que Cristo vuelva a ocupar el centro.

Hoy dile:

“Jesús, entra en medio de mi matrimonio. Entra donde nosotros ya no sabemos cómo entrar. Sana lo que nosotros herimos, desata lo que nosotros atamos y vuelve a unir lo que el dolor separó. Amén.”

Reflexionemos La Biblia en un año… Día 224📖
12/08/2026

Reflexionemos La Biblia en un año… Día 224📖

🌹ROSARIUM VIRGINIS MARIAE🌹Carta Apostólica sobre el Santo Rosario de San Juan Pablo II     DÍA 2LOS ROMANOS PONTÍFICES Y...
12/08/2026

🌹ROSARIUM VIRGINIS MARIAE🌹
Carta Apostólica sobre el Santo Rosario de San Juan Pablo II

DÍA 2

LOS ROMANOS PONTÍFICES Y EL ROSARIO

A esta oración le han atribuido gran importancia muchos de mis predecesores. Un mérito particular a este respecto corresponde a León XIII que, el 1 de septiembre de 1883, promulgó la Encíclica Supremi apostolatus officio, importante declaración con la cual inauguró otras muchas intervenciones sobre esta oración, indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. Entre los Papas más recientes que, en la época conciliar, se han distinguido por la promoción del Rosario, deseo recordar al Beato Juan XXIII y, sobre todo, a Pablo VI, que en la Exhortación apostólica Marialis cultus, en consonancia con la inspiración del Concilio Vaticano II, subrayó el carácter evangélico del Rosario y su orientación cristológica.
Yo mismo, después, no he dejado pasar ocasión de exhortar a rezar con frecuencia el Rosario. Esta oración ha tenido un puesto importante en mi vida espiritual desde mis años jóvenes. Me lo ha recordado mucho mi reciente viaje a Polonia, especialmente la visita al Santuario de Kalwaria. El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado muchas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad. [...] Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, un comentario-oración sobre el capítulo final de la Constitución Lumen gentium del Vaticano II, capítulo que trata de la presencia admirable de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto, con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos ponen en comunión vital con Jesús a través —podríamos decir— del corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana».
Con estas palabras, mis queridos Hermanos y Hermanas, introducía mi primer año de Pontificado en el ritmo cotidiano del Rosario. Hoy, al inicio del vigésimo quinto año de servicio como Sucesor de Pedro, quiero hacer lo mismo. Cuántas gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario en estos años: Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar mi agradecimiento al Señor con las palabras de su Madre Santísima, bajo cuya protección he puesto mi ministerio petrino: Totus tuus!

🙏 ORACIÓN
Señor Jesús, gracias por el regalo del Santo Rosario, tan amado por los Romanos Pontífices y, de un modo especial, por San Juan Pablo II. Concédenos descubrir en esta sencilla oración una escuela de contemplación, de confianza y de amor a María, para caminar siempre más unidos a Ti y servir con fidelidad a tu Iglesia. Amén.

📚 FUENTES
➖ San Juan Pablo II. Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 2.
➖ Unidos en oración por el Espíritu Santo.

🩷IMITACIÓN DE CRISTOUn camino de 113 días para transformar el corazón y la vida     DÍA 73De la total renunciación de sí...
12/08/2026

🩷IMITACIÓN DE CRISTO
Un camino de 113 días para transformar el corazón y la vida

DÍA 73

De la total renunciación de sí mismo para alcanzar la libertad del corazón

📖 CITA BÍBLICA
«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz cada día y me siga.» (Lucas 9, 23).

📜 MEDITACIÓN DE TOMÁS DE KEMPIS
Hijo, déjate a ti y me hallarás a mí. No quieras hacer elección ni te apropies cosa alguna, y siempre ganarás; porque negándote de verdad, sin volverte a ti, se te dará mayor gracia.
Señor, ¿cuántas veces me negaré, y en qué cosas me dejaré?
Siempre y en cada hora, así en lo pequeño como en lo grande. Ninguna cosa exceptúo, pues en todo te quiero hallar desnudo; porque de otro modo ¿cómo podrás tú ser mío y yo tuyo, si no te despojas de toda voluntad propia interior y exteriormente? Cuanto más presto hicieres esto, tanto mejor te irá; y cuanto más pura y cumplidamente, tanto más me agradarás y mucho más ganarás.
Algunos se renuncian, pero con alguna excepción, porque no confían del todo en Dios, y por eso trabajan en mirar por sí. También algunos al principio lo ofrecen todo, pero después, combatidos por la tentación, se vuelven a las cosas propias, y por eso no aprovechan en la virtud. Estos nunca llegarán a la verdadera libertad del corazón puro, ni a la gracia de mi suave familiaridad si antes no se renuncian del todo, haciendo cada día sacrificio de sí mismos, sin el cual no están ni estarán en la unión con que se goza de mí.
Muchas veces te dije, y ahora te lo vuelvo a decir: déjate a ti, renúnciate, y gozarás de una gran paz interior. Dalo todo por el Todo, no busques nada, nada vuelvas a pedir; está pura y confiadamente en mí y me poseerás; estarás libre en el corazón y no te hollarán las tinieblas.
Esfuérzate para esto, y esto desea: que puedas despojarte de todo propio amor y desnudo seguir al desnudo Jesús, morir a ti mismo y vivir a mí eternamente. Entonces huirán todas las vanas ilusiones, las penosas inquietudes y los superfluos cuidados. También se ausentará entonces el demasiado temor y morirá el amor desordenado.

REFLEXIÓN
La verdadera libertad no consiste en hacer siempre nuestra voluntad, sino en dejar que Dios haga la suya en nosotros. Mientras nos aferramos al orgullo, al control o a nuestros propios deseos, el corazón permanece inquieto.
Quien aprende a decir cada día: "Señor, no se haga mi voluntad, sino la tuya", comienza a experimentar una paz que el mundo no puede dar. La renuncia por amor nunca empobrece; siempre abre espacio para que Dios lo llene todo.

PROPÓSITO DEL DÍA
Hoy renunciaré con alegría a una pequeña comodidad, un capricho o una opinión personal, ofreciéndolo al Señor como un acto de amor.

🙏 ORACIÓN
Señor Jesús, enséñame a desprenderme de todo aquello que me aleja de Ti. Dame un corazón libre, humilde y confiado, capaz de buscar sólo tu voluntad. Que cada renuncia me acerque más a tu amor y me conceda la paz que sólo Tú puedes dar. Amén.

📚 FUENTES
➖ Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, Libro III, capítulo ###VII.
➖ Sagrada Escritura.
➖ Unidos en oración por el Espíritu Santo.

SANTA JUANA FRANCISCA DE CHANTAL ( 12 de Agosto)                                                         Los dones natur...
12/08/2026

SANTA JUANA FRANCISCA DE CHANTAL ( 12 de Agosto) Los dones naturales y los sobrenaturales son independientes. Pero cuando ambas cosas se unen, el resultado es verdaderamente deslumbrador. Naturaleza y gracia, íntimamente unidas, actuando aquélla de base a ésta de perfección, producen un resultado ante el cual se siente impresionado quien lo0 contempla.

Uno de estos casos es el de Santa Juana Francisca. Naturalmente era una superdotada. Sin establecer una comparación que en todo resultaría odiosa, pero mucho más en el caso presente, nos atrevemos a decir que no iba en zaga a San Francisco de Sales en cualidades naturales, y conviene tener en cuenta que San Francisco pasa por una de las personalidades más excepcionales que ha conocido la historia.

Juana Francisca parece tenerlo todo: inteligencia clarísima, extraordinario don de gentes, presencia agradable, hermosura corporal, corazón amplio… y sobre esta base descendieron en abundancia las gracias naturales que, correspondidas con una generosidad sin límites, produjeron una santidad extraordinaria. Hay que añadir a esto que la Santa trabajó en su propia santificación bajo la égida del prototipo del humanismo cristiano, San Francisco de Sales, y no nos podrá, extrañar que el resultado sea, según hemos dicho, verdaderamente deslumbrador.

Como todas las grandes personalidades, Juana Francisca se formó en la adversidad, entre dificultades. No es imposible, pero sí muy difícil, que una personalidad recia nazca en un ambiente de mimos y de vida fácil. Juana Francisca pierde en los primeros meses de su vida a su madre, y queda bajo la influencia de un padre rectísimo, hombre hecho de una pieza, que ha de atravesar durante la niñez de la Santa circunstancias bien difíciles.

Nos encontramos en Dijon, en plena época de guerras civiles. El señor Frémiot, su padre, era presidente Parlamento, lo que llamaríamos en España la Audiencia Territorial. Permanece fiel a la dinastía, y no menos fiel, a su fe católica. Esto le crea una situación dificilísima. Tiene que abandonar su propia casa, que es saqueada; recibe un mensaje amenazándole con la muerte de su hijo, que ha quedado prisionero, si no cede, y en efecto, no cede aunque la amenaza no llega a realizarse; atraviesa dificultades económicas y de tipo político, rodeado por la incomprensión de unos y de otros.

Así contemplando aquellos ejemplos de integridad y de hombría de bien, se desarrolla la muchacha hasta llegar a los veinte años

A esta edad contrae matrimonio con el barón de Chantal, que tenía siete años más que ella. Todos los biógrafos se hacen lenguas de la magnífica pareja que formaban los dos jóvenes. Tenía Juana Francisca un tipo majestuoso, una innegable gracia natural y parece que su esposo no se dejaba superar ni en esto, ni en las cualidades del alma, por su mujer. Lo cierto es que durante ocho años el matrimonio vivió una felicidad que parecía no tener límites. Es cierto que a veces el joven esposo tenía que dejar el hogar para ir a la guerra, o a cumplir sus deberes en la corte. Pero esto hacía cada vez más gratas las horas que se pasaban cada vez que regresaba. El mismo rey distinguía al barón de Chantal con su afecto, y nada parecía faltar a la felicidad de aquel hogar que Dios había bendecido con la sonrisa de seis niños.

De pronto, todo aquello se viene abajo Un estúpido accidente de caza, producido de manera casual, vino a arrebatar la vida del joven barón. Sus últimas horas, de ejemplar cristiano, fueron para perdonar a quien había sido el involuntario causante de su muerte. Como ocurre siempre, cuanto mayor había sido la unión del matrimonio y más íntimos los lazos establecidos entre los dos esposos, más trágica resultaba la muerte de uno de ellos. Juana Francisca sintió un dolor sin límites y se consagró por completo a la educación de sus hijos.

Con un impulso en parte religioso y en parte proveniente del amor a su difunto marido, hizo voto de castidad. Desde entonces su vida se repartiría entre las prácticas de religión y caridad y la educación de los niños. Hay una fase de la vida de Santa Juana que cuesta llegar a comprender el heroísmo que en sí encerraba. Viuda, se le ofrecían atrayentes posibilidades. Podía continuar viviendo en la misma casa en que tan feliz había sido con su marido. Podía ir a vivir con su padre, que la idolatraba. Pero he aquí que decide ir vivir al sombrío castillo de su suegro.

Todo era allí repelente. El carácter de este hombre, duro, áspero, más hecho a tratar con soldados que con mujeres. El edificio mismo, sombrío y triste, y falto de muchas comodidades a las que Juana Francisca estaba acostumbrada. Y la presencia de una persona, a la que eufemísticamente llaman “criada” los biógrafos de la Santa, que se había apoderado por completo de la voluntad del dueño de la casa y que se aprovechaba de esta situación para proceder despóticamente frente a Juan Francisca ya sus hijos.

La joven viuda acepta, sin embargo, todo aquello. Muy probablemente le guiaba el deseo de trabajar por la eterna salvación de su suegro. Pero no excluimos también, antes parece casi seguro, que le atrajeran tantos y tan íntimos sufrimientos como allí le esperaban. Lo cierto es que allí, y siempre a lo largo de su vida, Juana Francisca se portó de manera muy ejemplar en sus relaciones familiares.

La casa, pésimamente gobernada, tenía que dolerle a una mujer de las extraordinarias cualidades de Juana Francisca. Jamás hizo una observación. Su tiempo estaba distribuido entre sus hijos y los pobres. Conservamos rasgos maravillosos de lo que fue su caridad por aquel tiempo. Sencillamente heroica. El pobre leproso, al que ella acoge, el enfermo repugnante, el trigo que se agota y Dios multiplica… todas esas cosas que encontramos en los grandes héroes de la santidad, las hallamos también en esta época de la vida de Juana Francisca.

Por si era poco, vino a caer en manos de un áspero director, extraordinariamente exigente. Son célebres en la historia de la espiritualidad los votos que hubo de hacer: el de obedecerle, el de no abrirse a nadie más, el de no admitir pensamiento que fuera en contra de esto. Atada con estos votos, y metida en un oscuro rincón de Francia, parecía imposible que pudiera llegar a tener contacto alguno con un obispo extranjero, el de Ginebra, que vivía por entonces, expulsado de la capital de su diócesis, en la relativamente lejana ciudad de Annecy. Pero los planes de Dios eran otros.

Iba un día ella a caballo cuando, cerca de un bosquecillo, vio a un sacerdote de aspecto venerable, alto, rubio, que rezaba apaciblemente su breviario. Sintió interiormente que aquél sería el instrumento de que Dios se serviría para orientar definitivamente su vida. En la capilla de su castillo de Sales, aquel sacerdote tuvo también una visión: se le apareció una mujer viuda, joven, vestida modestamente. Y sintió en su interior que ella habría de ser el instrumento para una obra, muy de Dios, que entonces empezaba a dibujarse en su espíritu.

Habían de pasar años antes de que se encontraran. Un buen día Juana Francisca recibe una carta de su padre. Va a venir a de Dijon, a predicar la Cuaresma, un predicador extraordinario: el obispo de Ginebra; ¿por qué no salir de su retiro y venir a pasar la Cuaresma a Dijon? A Juana Francisca le agrada el plan y se pone en camino con sus hijos. Para no perder palabra del sermón, Juana Francisca ha elegido para sí el mejor sitio de la iglesia: enfrente, enfrente del púlpito. Al subir el predicador, le da una vuelta al corazón: era el que había visto hacía años. Tampoco al predicador se le escapó su presencia. Poco después preguntaba quién era ella, y cosa curiosa, hacía la pregunta al arzobispo de Bourges, hermano de la santa. Poco costó concertar una entrevista.

Sin embargo, San Francisco de Sales, con maravillosa prudencia, no quiso precipitar las cosas. Procedió con lentitud, y sólo ya el último día de su estancia en Dijon dio alguna esperanza a Juana Francisca de encargarse de la dirección de su alma. Pero era todavía algo muy vago. Habrían de continuar los contactos y comunicaciones. No las conocemos detalladamente. Cuando murió el Santo, Juana Francisca se hizo cargo de todos sus papeles, y al ordenarlos descubrió sus propias cartas, anotadas por el Santo con admiraciones y encarecimientos. Mu**ta de vergüenza las echó al fuego. Pérdida irreparable para la historia de la espiritualidad y aun de la misma Iglesia.

Por fin, la vigilia de Pentecostés de 1607; San Francisco de Sales descubrió su pensamiento a Juana Francisca. Después de probarla un poco, proponiéndole diversos planes, le declaró el proyecto que desde hacía mucho tiempo estaba madurando. La Santa se sintió internamente movida a cooperar con todas sus fuerzas aquellos hermosos designios. Pero parecía imposible que se pudieran realizar; era madre de cuatro hijos a los que tenía que atender antes de poder pensar en abrazar la vida religiosa.

Dios solucionó las cosas mucho antes de lo que pudieran pensar los dos santos. La hija mayor de Santa Juana se casó con el hermano menor de San Francisco de Sales. Otra de las hijas de Santa Juana murió inesperadamente. Quedaba otra, niña aún, que podía acompañar a su madre al convento. Del hijo se haría cargo su abuelo. Faltaba el consentimiento de éste, que San Francisco obtuvo en una memorable entrevista. Y por fin, en 1610, se pudo pensar en iniciar la nueva fundación.

La Orden de la Visitación de Santa María
Los orígenes de la orden de la Visitación constituyen una de las páginas más encantadoras de toda la historia de la Iglesia. Tienen la frescura, el aire sobrenatural y maravilloso de las florecillas de San Francisco o de la narración de los primeros votos de los jesuitas en Montmartre. Habían encontrado, a las afueras de Annecy, una casita que, que por tener un paso cubierto al jardín vecino se llamaba “de la Galería” A esta casita de la galería, fueron el 6 de junio de 1610, fiesta de la Santísima Trinidad y de San Claudio, las tres primeras madres de la Visitación.

Allí les esperaba, como tornera, una joven que había estado ligada a uno de los episodios más novelescos de la vida de San Francisco de Sales: estaba sirviendo en “El Escudo de Francia”, una hostería de Ginebra, cuando Francisco, joven sacerdote aún, hizo algunos viajes a aquella ciudad para tratar de convertir a Teodoro de Beza. Paró en la hostería y ella quedó prendada de aquel santo sacerdote. Ahora, al poner en marcha la fundación, se ofreció inmediatamente a entrar en ella.

Pero hay otra figura más encantadora aún si cabe: la de la hermana Claudia Simpliciana, una ingenua campesina, llevada allí por su astuto tío, que dio lugar al anecdotario más gracioso, y al mismo tiempo más ejemplar, que se haya podido registrar en la vida religiosa del mundo entero. La buenísima hermana tomaba al pie de la letra cuanto oía y daba origen así a conmovedores episodios.

Aquel grupito de mujeres suponía, sin embargo, una verdadera revolución. Hoy nos cuesta darnos cuenta de lo que la Visitación supuso, porque admitimos como la cosa más natural lo que entonces suponía romper con mil prejuicios. Se trataba de una vida religiosa apoyada por completo en la sencillez y en la caridad; que buscaba más la muerte de la voluntad y del amor propio, que el quebrantamiento del cuerpo por las penitencias; que se había concebido sobre la base nueva de que las religiosas entraran voluntariamente, sin admitir en modo alguno que pudieran ir a parar al convento por compromisos familiares… El estampido fue tremendo. Hubo burlas, chacotas, calumnias graves, persecuciones abiertas, resistencias solapadas. Pero hay que decir también que hubo un colosal movimiento de entusiasmo. Y ambas cosas, el entusiasmo y las persecuciones acompañarían a la Visitación en su marcha triunfal por todas partes.

La vida de los primeros tiempos de la Visitación la conocemos, no sólo por fuentes fidedignas, sino, además, de una hermosura literaria sin par. No sólo las obras de San Francisco de Sales, su admirable correspondencia, las cartas y los escritos de Santa Juana de Chantal, escrito todo en el espléndido y robusto francés del siglo XVII. Tenemos además las obras escritas por la madre Francisca Magdalena de Chaugy. Son auténticos primores literarios, en los que la lengua francesa, la unción de estilo, el buen sentido y el conocimiento directo de lo que se trata, brillan de tal manera que el lector se siente conmovido. Así podemos hoy ponemos en contacto con aquellos maravillosos tiempos del comienzo de la Visitación.

Pronto inició la nueva Orden su expansión. La fama de San Francisco de Sales, que ya era grande, se acrecentó de manera extraordinaria con la publicación de “La Introducción a la vida devota”. Edición tras edición, el público devoraba aquel libro, y al enterarse de que su autor había fundado unas religiosas, se apresuraban a llamarlas. En 1615 se fundaba la casa de Lyon. Poco después, las de Moulins, Grenoble y Bourges. Pero mayor importancia iba a tener la fundación de París. San Francisco de Sales hubo de trasladarse allí en 1619, y llamó junto a sí a la Madre de Chantal. Tras algunas dificultades se fundó el primer monasterio de París, llamado a tener enorme influencia. No se olvide que en el París del siglo XVII se estaba forjando una reforma pastoral y una orientación de la espiritualidad que en gran parte perseveran aun hoy, y que desde luego tuvieron ya entonces extraordinaria repercusión en la historia de la Iglesia.

La Santa pasa entonces unos años de intensa actividad, atendiendo a los monasterios que se van fundando, sin poder entrevistarse con su director, Mons. Francisco de Sales. Por fin, en diciembre de 1622 se encuentran en Lyon. Es conocida la maravillosa escena. Ella llevaba preparadas unas notas sobre sus cosas íntimas. Él, Francisco de Sales, con sobrenatural firmeza, impuso otro tema de conversación: los asuntos de la Orden. La cuenta de conciencia se la daría más tarde, en Annecy. La Santa obedeció heroicamente a aquella indicación, que tan tremendo sacrificio le suponía.

Poco tiempo después, el día de Inocentes de aquel año, moría Francisco de Sales, con fama de santidad. Llevaron su cadáver a Annecy. Por la noche, cuando la comunidad se quedó sola, la Santa avanzó hacia el cadáver. Tomó reverente su mano derecha y la puso sobre su cabeza, permaneciendo ella de rodillas largo rato. Cumplía así el encargo: estaba dando cuenta de conciencia a su director. Entonces se dice que vieron las hermanas maravilladas el milagro que se produjo: la mano del Santo se animó, cobró vida, y empezó a acariciar la cabeza de la Madre. Así un buen rato, hasta que terminó por volver a caer yerta.

Las Salesas conservan aún el velo que Santa Juana llevaba en aquella circunstancia inolvidable. Mu**to el Fundador,. La Madre de Chantal iba a tener ocasión de dar la auténtica medida de su grandeza de ánimo. Ahora era ella la que tenía la plenitud de las responsabilidades. Las aceptó, y llevó a cabo con sobrenatural entereza de ánimo, la dificilísima misión que eso suponía.

Había que hacer frente a la expansión de la Orden. A su muerte dejaría ochenta y siete monasterios. En cierta ocasión que Santa Juana había pensado, aún seglar, en entrar carmelita, una de las religiosas le dijo: “Santa Teresa no os quiere para hija, sino para compañera”. Ahora se veía lo cierto de esa profecía. Porque la vida de Santa Juana se asemeja por completo en esta fase a la de Santa Teresa: continuos viajes, interminable correspondencia, disgustos y dificultades, ejercicio continuo de la prudencia y de la discreción.

Pero la expansión de la Orden era lo de menos. Importaba salvar por encima de todo su verdadera fisonomía. De un lado y otro brotaban chispazos: se quería conseguir que la Santa hiciera algunas excepciones. Ahora deseaban dispensa, de la ley de que no pudiera serIo más de seis años, en favor de esta superiora excepcional. Después querían que la Orden tuviera una superiora general. Aquí se edificaba un monasterio suntuoso contrario al espíritu de sencillez. Más allá se trataba de permitir que los obispos pudieran dispensar de algunas reglas. Con entereza, pero con humildad, con firmeza empapada de dulzura, Santa Juana defendió, como una leona a sus cachorros, la idea que había recibido de San Francisco de Sales. Y consiguió sacarla por completo adelante.

Su misión sobre la tierra parecía haber terminado. El deseo de atender y dar el velo personalmente a la duquesa de Montmorency, que había ingresado en la Orden, le movieron a emprender un último viaje. En él llegó hasta París, resolviendo importantes asuntos, y despidiéndose al mismo tiempo de todos los monasterios que iba encontrando a su paso. Cuando no fue posible que ella llegara a todos, se reunieron las superioras de los alrededores para cambiar las últimas impresiones y fijar todos los detalles.

Por fin, el 13 de diciembre del 1641 le llegó la muerte. Lejos de su amadísima Annecy, en Moulins. Dios Nuestro Señor que la había probado extraordinariamente en largas épocas de su vida con aridez en la oración, la colmó de consuelos en sus últimos días. Pidió que le hicieran la recomendación del alma, que escuchaba con devoción, y luego dijo: “Dios mío, ¡Qué hermosas son esta oraciones!”. Le leyeron la Pasión de Nuestro Señor y la Profesión de fe, según el Concilio de Trento, y de nuevo afirmó que creía firmísimamente cuanto en ella se contenía y que daría toda su sangre en testimonio de su fe. Con frecuencia invocaba a la Santísima Virgen con devotas jaculatorias. Viendo que estaba próxima a espirar le dijo el Padre Lingendes, S.J.: “Madre mía, ved que viene el Esposo; ¿no queréis ir a recibirme?”. “Sí, Padre mío, ya voy, ¡Jesús, Jesús, Jesús! Y dulcemente rodeada de sus hijas voló al cielo un viernes 13 de diciembre de 1641, a las seis y media de la tarde.

Es sabido que San Vicente de Paúl, con quien había tratado en París y a quien había confiado las religiosas de la Visitación de aquella ciudad, vio subir su alma en forma de globo luminoso al cielo. Y vio también otro globo en el que se representaba a San Francisco de Sales salir al encuentro y fundirse entrambos con un tercero más luminoso y bello que representaba la esencia divina.

La Duquesa de Montmorency hizo embalsamar el santo cuerpo y quedó expuesto dos días en el coro junto a la reja donde acudió inmenso gentío que la proclamaba Santa y hacían tocar en él, rosarios y otros objetos; después de lo cual por orden de la duquesa y para cumplir el deseo de la Santa fue trasladado a Annecy y aquí fue recibido con entusiasmo y solemnemente conducido al primer Monasterio de la Visitación, donde hubo que abrir la caja para consuelo de sus Hijas y satisfacción del pueblo. Entre los que se acercaron a besarle los pies se presentó un libertino que pretendía hacer lo mismo; pero en el momento que iba a ejecutarlo, los retiró la Santa, viéndolo todo el pueblo que celebró con un grito de aplauso. Desde entonces, la fama de santidad se extendió rápidamente y muchos milagros obrados por su intervención atestiguaron claramente su poder para con Dios.

Dejaba, según hemos dicho a su marcha de este mundo ochenta y siete monasterios fundados. De esta manera, como Santa Teresa, continuará viviendo en sus hijas y en sus libros. Porque todos aquellos monasterios se constituyeron en focos de irradiación de la más preciosa espiritualidad. “Sólo en el cielo sabremos -ha escrito Henry Brèmond- el bien que los monasterios de la Visitación hicieron en Francia”.

Y lo continuaron haciendo. Reunidas después de la tormenta de la Revolución Francesa, las religiosas de la Visitación, más conocidas con el nombre de Salesas, volvieron de nuevo a continuar sin la más mínima modificación el género de vida que de sus Santos Fundadores habían recibido.

Un error muy extendido entre los canonistas impidió que el proceso de beatificación de Santa Juana Francisca fuera con la rapidez que cabía esperar de su gran fama de santidad. El 21 de noviembre de 1751 fue beatificada y en 1767 canonizada.

MIÉRCOLES JOSEFINO .                                                      Oh san José, cuya protección es tan grande, ta...
12/08/2026

MIÉRCOLES JOSEFINO . Oh san José, cuya protección es tan grande, tan fuerte y tan inmediata ante el trono de Dios, a ti confío todas mis intenciones y deseos.

Ayúdame, san José, con tu poderosa intercesión, a obtener todas las bendiciones espirituales por intercesión de tu Hijo adoptivo, Jesucristo Nuestro Señor, de modo que, al confiarme, aquí en la tierra, a tu poder celestial, Te tribute mi agradecimiento y homenaje.

Oh san José, yo nunca me canso de contemplarte con Jesús adormecido en tus brazos. No me atrevo a acercarme cuando Él descansa junto a tu corazón. Abrázale en mi nombre, besa por mí su delicado rostro y pídele que me devuelva ese beso cuando yo exhale mi último suspiro.

¡San José, patrono de las almas que parten, ruega por mi! Amén.

Dirección

Avenida Real De Palmas
General Zuazua
65760

Horario de Apertura

Lunes 9am - 1pm
3pm - 6pm
Martes 9am - 1pm
3pm - 6pm
Miércoles 9am - 1pm
3pm - 6pm
Jueves 9am - 1pm
3pm - 6pm
Viernes 9am - 1pm
3pm - 6pm
Sábado 9am - 1pm

Teléfono

+528125191755

Página web

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Parroquia Jesús Misericordioso publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto El Lugar De Culto

Enviar un mensaje a Parroquia Jesús Misericordioso:

Atajos

Compartir