05/04/2026
La Escritura no describe este momento… pero el alma y el corazón lo intuye.
Después del silencio… después del dolor… después de haber sostenido en sus brazos un cuerpo sin vida, algo cambia.
No es inmediato. No borra lo vivido. No hace que el dolor no haya existido.
Pero entra la luz.
María, que permaneció cuando todo parecía terminado, que no se fue, que sostuvo, que amó incluso en la oscuridad… ahora recibe algo que el corazón apenas puede contener… Lo abraza de nuevo.
Y en ese abrazo hay algo que no se puede explicar del todo. No es solo alegría… es consuelo, es paz, es la certeza de que el amor no se perdió, de que nada fue en vano, de que la muerte no tuvo la última palabra… Y eso toca muy profundo.
Porque todos, en algún momento, hemos pasado por silencios, por pérdidas, por momentos donde todo parece terminar… donde no se ve más allá.
Y, sin embargo… Dios actúa también ahí.
No siempre como esperamos.
No siempre cuando queremos.
Pero llega.
Y entonces el corazón entiende algo distinto: que el dolor puede tener sentido, que la espera no es vacía, que el amor… siempre permanece.
Y quizá hoy, en medio de lo que cada uno vive, esta escena no es solo una imagen… es una promesa.
Que después del dolor… hay vida.
Que después del silencio… Dios habla.
Que después de la cruz… siempre viene algo nuevo.
La Resurrección no borra la cruz… la transforma.