10/07/2026
Ayer estuve leyendo otra vez la historia de Nicodemo. Es curioso cómo uno puede leer el mismo pasaje muchas veces y, de pronto, un pequeño detalle parece salir del texto y quedarse dando vueltas en la cabeza durante horas.
Nicodemo era un fariseo, maestro de Israel y miembro del Sanedrín. En otras palabras, si alguien conocía las Escrituras, era él. Había dedicado buena parte de su vida a estudiar la Ley, a enseñarla y a procurar vivir conforme a ella. No era un hombre indiferente a Dios; al contrario, probablemente era uno de los hombres más preparados espiritualmente de su tiempo.
Por eso me llama tanto la atención que haya decidido buscar a Jesús.
Fue de noche. Hay muchas explicaciones sobre ese detalle. Algunos piensan que tenía miedo de ser visto con Jesús; otros creen que simplemente era el momento en que un maestro podía conversar con otro sin interrupciones. La verdad es que el evangelio no nos lo explica y, para ser sincera, creo que eso termina siendo lo de menos. Lo verdaderamente importante es que fue.
Y entonces ocurre algo que siempre me sorprende.
Nicodemo comienza hablando de Jesús. Le dice que sabe que ha venido de parte de Dios porque nadie podría hacer aquellas señales si Dios no estuviera con él. Hasta ahí todo parece una conversación normal entre dos maestros.
Pero Jesús lo interrumpe.
Bueno... interrumpir quizá suene un poco fuerte. Digamos que Jesús respondió una pregunta que Nicodemo todavía no había formulado.
Porque Nicodemo estaba intentando entender quién era Jesús, mientras que Jesús decidió hablarle de quién necesitaba llegar a ser Nicodemo. Eso cambia completamente la conversación.
Es como si Jesús le dijera: "Antes de seguir hablando de mí, hablemos un poco de ti."
Y creo que ahí hay algo profundamente humano.
A veces nosotros también nos acercamos a Dios buscando respuestas para preguntas muy concretas. Queremos entender por qué pasó aquello, por qué una puerta se cerró, por qué una oración sigue sin respuesta o qué decisión deberíamos tomar. Llegamos con nuestras preguntas perfectamente ordenadas y, de pronto, Dios comienza a trabajar en una parte de nuestra vida que ni siquiera habíamos puesto sobre la mesa.
No sé si te ha pasado. A mí sí.
Hay ocasiones en las que uno entra a la oración convencido de que necesita una respuesta y termina descubriendo que lo que realmente necesitaba era una transformación.
Eso fue exactamente lo que vivió Nicodemo.
Jesús no cuestionó su inteligencia. Tampoco ridiculizó todos los años que había dedicado al estudio. Pero sí le mostró una realidad incómoda: se puede saber muchísimo acerca de Dios y, aun así, seguir necesitando que Dios transforme el corazón.
Y esa conversación sigue siendo increíblemente actual.
Vivimos en una época en la que tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior. Escuchamos predicaciones mientras manejamos, llevamos la Biblia en el teléfono, vemos conferencias, seguimos a autores, hacemos cursos y discutimos teología en redes sociales. Todo eso es bueno. El problema comienza cuando confundimos conocer información con conocer verdaderamente a Cristo.
Hay una frase de Jesús que siempre me estremece. Le dice a Nicodemo: «Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas?» (Juan 3:10). No era una humillación, era una invitación, porque Jesús nunca avergonzó a Nicodemo por no entender. Lo invitó a comenzar de nuevo y eso me llena de esperanza.
Porque significa que nunca es tarde para descubrir que todavía tenemos cosas que aprender de Dios. Nunca es tarde para reconocer que podemos llevar muchos años en la iglesia y, aun así, permitir que Cristo siga transformando nuestra manera de pensar, de amar, de perdonar y de vivir.
Lo más hermoso es que la historia de Nicodemo no termina aquella noche. Vuelve a aparecer más adelante defendiendo a Jesús delante de otros líderes (Juan 7:50-52) y, después de la crucifixión, es él quien lleva una gran cantidad de mirra y áloes para preparar el cuerpo del Señor junt