27/04/2024
Cuando se organiza un coro, todos los que deciden formarlo saltan de entusiasmo por la novedad, por poder participar cantando en Misa y por pertenecer a un grupo en la Iglesia. Es muy fácil ver coros de 15, 20, 25 personas. Todos muy alegres, motivados y dispuestos a cantar.
Pero conforme va pasando el tiempo, esa motivación va desapareciendo a medida que se van dando cuenta que servir en un coro no es solo verse 15 minutos antes de la Misa en las escaleras de la parroquia para “ensayar”. Involucra disciplina, constancia, aprendizaje, formación. Los ensayos se van tornando aburridos, pues repasar cantos es tedioso.
Es entonces cuando muchos integrantes se comienzan a ir sin siquiera despedirse. Simplemente ya no se aparecen. Y los que aún quedan llegan tarde, se distraen fácilmente, platican en vez de poner atención durante la práctica, etc. Obviamente, el canto en las celebraciones ya no se escucha igual, hay más errores y menos motivación para continuar en el coro. Cuando tratas de averiguar el por qué se está vaciando el coro, las respuestas son variopintas y (a veces) llenas de excusas: “es que mi trabajo / mis hijos / mi casa / mis estudios / mi novio(a)…”.
Todo indica que el coro está destinado a desaparecer en poco tiempo. Lo más triste es descubrir que, en un afán de “novedad”, algunas personas migran o forman otros coros que entran “en competencia” con el tuyo.
¿Lo anterior te suena familiar? ¿Has atravesado o estás viviendo esto? ¿Qué se debe hacer en estos casos? En primer lugar, tú y todos los participantes de tu coro deberían contestar sincera y personalmente estas 3 preguntas:
1. ¿Por qué le cantas a Dios? ¿Cuál es tu razón más profunda para participar en un coro de la Iglesia? ¿Realmente quieres servir y agradar a Dios mediante la música y el canto? ¿O tal vez tengas otros intereses?
2. Cantar a Dios involucra tiempo, disciplina, trabajo personal, práctica personal, estudio, sacrificio y renuncia. ¿Estás dispuesto/a a todo ello, independientemente de atender todas las demás actividades en tu vida? ¿A qué estás dispuesto/a a renunciar?
3. Servir en un ministerio de música implica ser “invisible” para la gente. ¿Serías capaz de servir a Dios en la alabanza sin recibir recompensas, aplausos, reconocimientos o felicitaciones?
4. ¿Cómo tratas a los demás? ¿Eres verdaderamente un reflejo del amor de Dios para con los demás? ¿Tienes palabras y actitudes amables? ¿O eres duro/a de palabras, tu carácter es irascible, explotas con facilidad, no tienes paciencia cuando las cosas no salen bien? Tal vez una de las causas por las que la gente se va del coro es tu conducta y anti-testimonio.
A la luz de estas preguntas, podemos darnos cuenta si realmente tenemos “madera” para servir a Dios en la alabanza. Y frecuentemente deberíamos repasarlas, pues con el tiempo las respuestas pueden variar. Lo que hoy creemos que es válido y verdadero para nosotros, puede ser que mañana ya no sea vigente por las circunstancias de la vida. Hay que reconocer las cosas con sinceridad, sobre todo cuando nosotros somos la causa de que otros salgan del ministerio.
Una gran verdad es que cantar en un coro NO ES para todo el mundo. Cantar lo podemos hacer todos. Pero ser un verdadero adorador a través de la música en la Misa, pocos lo logran.
Confío que lo siguiente te dé fuerzas y consuelo, si es que tu coro parecer estar desapareciendo: si los demás se van y tu permaneces cantando a Dios porque sientes “una voz” dentro de ti y simplemente no puedes dejar de hacerlo, ten por seguro que DIOS TE ESCOGIÓ. Recuerda bien esto: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos” (Mt 22, 14). Si todos se van del coro y tu permaneces, dentro de ti está la misma respuesta que dio Pedro cuando el Señor les preguntó “¿Ustedes también quieren irse?” (Jn 6,67).
Así que... ¡ánimo! ¡Sigue en esta misión. No tengas miedo. Podrán irse todos pero Dios permanece. Como decía Santa Teresa de Ávila: "Dios no se muda". ¡Él te dará los dones que necesitas para cantarle! ¡Confía y sigue creciendo espiritual, litúrgica y musicalmente!