18/05/2026
Esta es una invitación a que te detengas y mires hacia adentro, reconociendo ese "remolino de sentimientos" que a menudo te sacude: el miedo, la baja autoestima y esa culpa que te susurra que eres indigno.
Al igual que el leproso de la historia de Lucas 5:12-16, es posible que no dudes del poder de Dios, sino de su deseo de inclinar su rostro hacia ti; tu verdadera pregunta no es "si Él puede", sino "si Él quiere".
Frente a esta enseñanza, te verás reflejado en la figura de alguien que vive con la "autoestima destruida" y que se siente un ser despreciable por sus errores pasados o por el daño causado a otros.
Quizás tú también escondes tu verdadero carácter tras una apariencia de santidad, mientras en tu interior luchas con pensamientos que te atormentan y te hacen sentir como un hipócrita ante los demás.
La misericordia es un acto, no solo un sentimiento. La misericordia de Jesús no es una simple pena pasajera, sino una simpatía manifestada en acciones hacia ti, precisamente cuando te encuentras en la miseria y menos lo mereces.
No necesitas justicia, sino gracia. Si Dios te tratará con justicia, recibirías lo que tus actos merecen, pero Él elige tratarte con una misericordia que llega hasta los cielos, dándote salud, hogar y sustento cada nuevo día a pesar de tus fallas.
Él se ocupa de tu carga. Cuando te sientas sin esperanza, como aquel padre que se sacrificó por su hija en la guerra, escucha la voz de Jesús diciéndote sobre tu pecado, tu enfermedad o tu escasez: "Yo me ocuparé de eso".
El desafío para ti no es esforzarte más, sino aprender a descansar y depender totalmente de Su misericordia.
Suelta la necesidad de ganar las bendiciones por mérito propio y a confiar en que el deseo del Maestro siempre será restaurarte, simplemente porque ÉL QUIERE.
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