04/08/2026
Fuente: San Juan María Vianney, presbítero. Catequesis sobre la oración (A. Monnin, Esprit du Curé d’Ars, París, 1899, pp. 87-89).
La mayor riqueza del cristiano no se encuentra en las cosas que pasan, sino en Dios, que permanece para siempre. San Juan María Vianney nos recuerda que nuestro verdadero tesoro está en el cielo y que, por eso, nuestro corazón debe aprender a mirar constantemente hacia Él. Cuando vivimos con esta certeza, nuestras preocupaciones dejan de ocupar el primer lugar y la esperanza comienza a iluminar cada jornada.
El santo Cura de Ars nos enseña que la vocación más hermosa del ser humano es muy sencilla de expresar, pero inmensa en su profundidad: orar y amar. No se trata de dos tareas separadas, sino de una misma experiencia. Quien ora de verdad aprende a amar; y quien ama sinceramente descubre el deseo de encontrarse con Dios en la oración.
La oración no consiste únicamente en pronunciar palabras, sino en entrar en una profunda amistad con el Señor. Es ese momento en el que el alma se deja abrazar por su amor y experimenta una paz que el mundo no puede ofrecer. Dios nunca se cansa de escucharnos; al contrario, espera con paciencia que abramos nuestro corazón para llenarlo de su presencia.
Qué hermosa es la imagen que utiliza San Juan María Vianney al comparar la unión del alma con Dios con dos trozos de cera que, al fundirse, llegan a ser uno solo. Así desea el Señor unirse a nosotros: no desde la distancia, sino desde la intimidad de un amor que transforma, fortalece y renueva toda nuestra vida.
También nos recuerda que la oración ensancha el corazón. Muchas veces sentimos que nuestras fuerzas son pequeñas, pero cuando permanecemos junto al Señor, Él mismo dilata nuestra capacidad de amar, de perdonar, de servir y de confiar. La oración convierte nuestras lágrimas en esperanza y nuestras cargas en oportunidades para abandonarnos en las manos de Dios.
Con frecuencia llegamos al templo sin saber qué decirle al Señor, mientras que cuando visitamos a cualquier persona tenemos muy claro el motivo de nuestra visita. Hoy el santo nos invita a redescubrir el valor de esos momentos de silencio, de adoración y de diálogo sincero con Dios, presentándole nuestras alegrías, nuestras luchas y también nuestros deseos más profundos.
Si acudimos al Señor con una fe viva y un corazón limpio, nunca regresaremos con las manos vacías. Tal vez no siempre recibamos exactamente lo que pedimos, pero siempre recibiremos aquello que más necesitamos para caminar con fidelidad y confianza. La oración nos adelanta un poco del cielo y nos recuerda que nunca estamos solos.
Que hoy encontremos un momento para detenernos ante el Señor, hablarle con confianza y dejar que su amor transforme nuestro corazón. Descubriremos que la verdadera felicidad nace de vivir unidos a Él.
P.D. Adaptación pastoral realizada para las redes sociales.