15/06/2026
Fuente: San Cipriano, obispo y mártir. Tratado sobre el Padrenuestro, caps. 8-9 (CSEL 3, 271-272).
La oración que Jesús nos enseñó comienza con una palabra que transforma nuestra vida: Padre. No nos enseñó a dirigirnos a Dios pensando únicamente en nosotros mismos, sino como miembros de una gran familia. Por eso decimos “Padre nuestro” y no “Padre mío”. Desde las primeras palabras del Padrenuestro descubrimos que la fe cristiana nunca se vive en soledad.
San Cipriano nos recuerda que nuestra oración es pública y común. Cada vez que rezamos, llevamos en el corazón las alegrías, sufrimientos, necesidades y esperanzas de nuestros hermanos. Aunque estemos solos en una habitación, nuestra oración se une a la de toda la Iglesia extendida por el mundo.
Vivimos en una época en la que con frecuencia se fomenta el individualismo, donde cada persona parece preocuparse solamente por sus propios intereses. Sin embargo, el Evangelio nos invita a mirar más allá de nosotros mismos. El cristiano auténtico aprende a interceder, a cargar en su corazón las necesidades de los demás y a presentar ante Dios el clamor de toda la humanidad.
La unidad en la oración tiene una fuerza especial. Los tres jóvenes en el horno de fuego alababan a Dios con un solo corazón. Los apóstoles perseveraban unidos en la oración junto con María después de la Ascensión del Señor. Allí donde los creyentes oran unidos, Dios derrama abundantemente sus gracias y fortalece la comunión de su pueblo.
También es significativo que Jesús nos enseñe a llamar a Dios “Padre”. Esta palabra encierra una inmensa esperanza. Por el bautismo y por la fe en Jesucristo hemos sido hechos hijos de Dios. No somos extraños ante Él ni simples servidores; somos hijos amados llamados a vivir en su casa y a participar de su vida.
Cada vez que pronunciamos el Padrenuestro deberíamos hacerlo con gratitud. Al decir “Padre nuestro” reconocemos el inmenso regalo de pertenecer a la familia de Dios. Al decir “nuestro”, recordamos que caminamos junto a muchos hermanos y hermanas que comparten la misma esperanza y la misma fe.
Que esta enseñanza nos ayude a redescubrir la belleza de rezar por los demás, de sostener a quienes sufren y de fortalecer la unidad en nuestras familias, comunidades y parroquias. Una Iglesia que ora unida es una Iglesia que refleja el corazón mismo de Cristo.
Hoy el Señor nos invita a pasar de una fe individualista a una fe verdaderamente fraterna, donde cada oración se convierta en un acto de amor por Dios y por nuestros hermanos.
Invitación final
Pidamos al Señor la gracia de rezar cada día el Padrenuestro con mayor conciencia, sintiéndonos hijos amados del Padre y hermanos de todos los hombres.
P.D. Adaptación pastoral realizada para las redes sociales.