19/08/2026
Me costó digerir esa imagen.
Ver a un grupo de personas aplaudiendo mientras se firma una ley que permite terminar con la vida de un bebé incluso al final del embarazo me dejó un n**o en la garganta. ¿Qué estamos celebrando exactamente?
A los nueve meses no existe simplemente “un conjunto de células”. Existe un bebé plenamente reconocible: su corazón late, su cerebro funciona y continúa madurando, sus órganos están desarrollados, mueve sus brazos y piernas, duerme, responde a sonidos y reconoce la voz de su madre. Está preparado para salir del vientre, respirar, llorar y recibir el abrazo de alguien.
La diferencia entre ese bebé dentro del vientre y el recién nacido que descansa en los brazos de su madre puede ser apenas cuestión de minutos. Su ubicación no determina su humanidad ni su derecho a vivir.
Y su dignidad tampoco comenzó a los nueve meses. Desde la concepción existe una vida humana única, con una identidad genética irrepetible, que solo necesita tiempo, protección y alimento para continuar desarrollándose.
Quizá estas palabras incomoden, pero hay realidades que no pueden maquillarse: el ab**to no elimina un problema; elimina una vida. Y, en muchos casos, deja a otra persona profundamente herida.
No soy madre, pero como psicóloga he escuchado en terapia el dolor desgarrador de madres que han perdido a sus hijos. He visto lágrimas que no se pueden explicar, brazos que extrañan y corazones que darían cualquier cosa por volver a abrazarlos. Por eso me resulta imposible comprender que la muerte de un hijo pueda presentarse como una conquista y celebrarse entre sonrisas y aplausos.
Tampoco creo que el ab**to sea la respuesta frente a una violación. La violación es un crimen atroz que destroza la seguridad, la dignidad y la intimidad de una mujer. Ella necesita ser escuchada, protegida, acompañada psicológica y espiritualmente, y sostenida por su familia, la sociedad y la justicia. Necesita que el agresor sea encontrado y castigado.
Pero el bebé no es el violador. No cometió el crimen, no eligió las circunstancias de su concepción y no puede recibir la pena que le corresponde al agresor. Su vida no es menos humana por haber comenzado en medio de un acto de violencia.
El ab**to no puede borrar la violación ni hacer que el abuso nunca haya ocurrido. Incluso podría añadir otra experiencia dolorosa a una mujer que ya ha sido profundamente herida. La respuesta verdaderamente humana no consiste en dejarla sola ante dos violencias, sino en rodearla de protección, tratamiento psicológico especializado, ayuda económica y acompañamiento real, respetando siempre su dignidad y la vida de su hijo.
Decir esto no significa minimizar su sufrimiento ni juzgarla. Significa afirmar que la justicia debe dirigirse contra el culpable y que la sociedad tiene la obligación de sostener a la víctima, no de presentarle la muerte del inocente como su única salida.
Si una madre siente que no puede criar, existe también la adopción. Hay personas y familias esperando con el corazón abierto la oportunidad de amar y ofrecerle un hogar a ese niño. Permitirle vivir y confiar su cuidado a otros no es abandonarlo: también puede ser un acto inmenso de amor.
No podemos construir una sociedad más justa enseñando que, cuando una vida aparece en circunstancias dolorosas o se vuelve incómoda, puede desecharse.
Elegir la vida no significa ignorar el dolor de la mujer. Significa negarnos a abandonar a cualquiera de los dos.
Acompañemos a la madre. Castiguemos al agresor. Protejamos al inocente. Defendamos la vida, siempre.
— Psico Dayra | Psicología Católica
Psicología que sana en manos del Alfarero
Nuestra Señora del Rosario El higo ver.