28/05/2026
Evangelio de Hoy Jueves 28 de Mayo.
El pasaje que meditamos hoy, en la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, puede parecernos muy conocido, pues nos acerca a las palabras de Jesús en la última cena que el sacerdote dice al momento de la consagración en la Misa. María, ¿qué había en tu corazón cuando escuchaste estas palabras de tu Hijo? Seguramente te hicieron pensar en muchas cosas, pero una de ellas puede haber sido el contemplar cuánto amaba Jesús a sus apóstoles, a quienes incluso llamaba amigos y hermanos. Así como tú habías entregado toda tu vida para cuidar de ese niño que era el Hijo de Dios, ahora Él daba su vida por sus hermanos, daba su vida por mí también. Y así como tú le diste ejemplo de paciencia y de espera amorosa durante los años de Nazaret, ahora Él me da ejemplo de espera amorosa a mí, pues se ha quedado durante dos mil años en la Eucaristía para poder encontrarse conmigo. María, ayúdame a verte a ti y a Jesús para comprender mejor cómo vivir siguiendo sus ejemplos. Ayúdame a ver cómo vivir sus virtudes con mi propia familia, con mis amigos y mis hermanos, sobre todo a cómo entregar mi vida por ellos y a cómo vivir con ellos una espera amorosa.
PRIMERA LECTURA.
Del libro del profeta Isaías 52, 13-53, 12.
He aquí que mi siervo prosperará,
será engrandecido y exaltado,
será puesto en alto.
Muchos se horrorizaron al verlo,
porque estaba desfigurado su semblante,
que no tenía ya aspecto de hombre;
pero muchos pueblos se llenaron de asombro.
Ante él los reyes cerrarán la boca,
porque verán lo que nunca se les había contado
y comprenderán lo que nunca se habían imaginado.
¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado?
¿A quién se le revelará el poder del Señor?
Creció en su presencia como planta débil,
como una raíz en el desierto.
No tenía gracia ni belleza.
No vimos en él ningún aspecto atrayente;
despreciado y rechazado por los hombres,
varón de dolores,
habituado al sufrimiento;
como uno del cual se aparta la mirada,
despreciado y desestimado.
El soportó nuestros sufrimientos
y aguantó nuestros dolores;
nosotros lo tuvimos por leproso,
herido por Dios y humillado,
traspasado por nuestras rebeliones,
triturado por nuestros crímenes.
Él soportó el castigo que nos trae la paz.
Por sus llagas hemos sido curados.
Todos andábamos errantes como ovejas,
cada uno siguiendo su camino,
y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.
Cuando lo maltrataban,
se humillaba y no abría la boca,
como un cordero llevado a degollar;
como oveja ante el esquilador,
enmudecía y no abría la boca.
Inicuamente y contra toda justicia se lo llevaron.
¿Quién se preocupó de su suerte?
lo arrancaron de la tierra de los vivos,
lo hirieron de muerte por los pecados de mi pueblo,
le dieron sepultura con los malhechores
a la hora de su muerte,
aunque no había cometido crímenes,
ni hubo engaño en su boca.
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento
cuando entregue su vida como expiación,
verá a sus descendientes,
prolongará sus años y por medio de él
prosperarán los designios del Señor.
Por las fatigas de su alma,
verá la luz y se saciará;
con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos,
cargando con los crímenes de ellos.
Por eso le daré una parte entre los grandes,
y con los fuertes repartirá despojos,
ya que indefenso se entregó a la muerte
y fue contado entre los malhechores,
cuando tomó sobre sí las culpas de todos
e intercedió por los pecadores.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
SALMO RESPONSORIAL del salmo 39.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Cuántas maravillas has hecho, Señor y Dios mío,
cuántos planes en favor nuestro.
Nadie se te puede comparar. R.
En tus libros se me ordena hacer tu voluntad; esto es,
Señor, lo que deseo:
tu ley en medio de mi corazón. R.
He anunciado tu justicia en la gran asamblea;
no he cerrado mis labios, tú lo sabes, Señor. R.
No callé tu justicia, antes bien,
proclamé tu lealtad y tu auxilio.
Tu amor y tu lealtad
no los he ocultado a la gran asamblea. R.
SEGUNDA LECTURA.
De la carta a los hebreos 10, 12-23.
Hermanos:
Cristo ofreció un solo sacrificio por los pecadores
y se sentó para siempre a la derecha de Dios;
no le queda sino aguardar a que sus enemigos
sean puestos bajo sus pies.
Así,
con una sola ofrenda,
hizo perfectos para siempre
a los que ha santificado.
Lo mismo atestigua el Espíritu Santo,
que dice en un pasaje de la Escritura:
La alianza que yo estableceré con ellos,
cuando lleguen esos días,
palabra del Señor,
es ésta:
Voy aponer mi ley
en lo más profundo de su mente
y voy a grabarla en sus corazones.
Y prosigue después:
Yo les perdonaré sus culpas
y olvidaré para siempre sus pecados.
Ahora bien,
cuando los pecados han sido perdonados,
ya no hacen falta más ofrendas por ellos.
Hermanos,
en virtud de la sangre de Jesucristo,
tenemos la seguridad de poder entrar
en el santuario,
porque él nos abrió un camino nuevo
y viviente a través del velo,
que es su propio cuerpo.
Asimismo,
en Cristo
tenemos un sacerdote incomparable
al frente de la casa de Dios.
Acerquémonos,
pues,
con sinceridad de corazón,
con una fe total,
limpia la conciencia de toda mancha
y purificado el cuerpo por el agua saludable. Mantengámonos inconmovibles
en la profesión de nuestra esperanza,
porque el que nos hizo las promesas
es fiel a su palabra.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
EVANGELIO. Del santo Evangelio según san Lucas 22, 14-20.
En aquel tiempo,
llegada la hora de cenar,
se sentó Jesús con sus discípulos
y les dijo:
«Cuánto he deseado celebrar
esta Pascua con ustedes,
antes de padecer,
porque yo les aseguro
que ya no la volveré a celebrar,
hasta que tenga cabal cumplimiento
en el Reino de Dios».
Luego tomó en sus manos una copa de vino,
pronunció la acción de gracias
y dijo:
«Tomen esto
y repártanlo entre ustedes,
porque les aseguro
que ya no volveré a beber del fruto de la vid
hasta que venga el Reino de Dios».
Tomando después un pan,
pronunció la acción de gracias,
lo partió
y se lo dio diciendo:
«Esto es mi cuerpo,
que se entrega por ustedes.
Hagan esto en memoria mía».
Después de cenar,
hizo lo mismo con una copa de vino,
diciendo:
«Esta copa es la nueva alianza,
sellada con mi sangre,
que se derrama por ustedes».
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
REFLEXIÓN.
El primer jueves después de la Fiesta de Pentecostés la Iglesia universal celebra a Jesucristo como Sumo y Eterno Sacerdote.
Hoy, jueves inmediato posterior reflexionamos la figura de Jesucristo, fundador y fundamento de la Iglesia. Jesucristo, Cordero sin mancha que se ofrece en sacrificio. Sacerdote, Ofrenda y Altar que consagra una alianza eterna.
Para entender y dimensionar esta Fiesta es necesario sumergirse en el espiral de amor que tiene Dios por el hombre. Un amor profundo que impulsa al Señor a enviarnos a su Hijo para que sea el sacrificio que borre nuestros pecados.
En la antigua alianza, el sacerdote ofrecía en sacrificio la sangre de un animal. Ese sacrificio no implicaba dolor, ni para el sacerdote, ni para el pueblo. Es así, que al llegar la plenitud de los tiempos quizo Dios enviar a su Hijo. Funda una sola Iglesia y no solo la funda, sino que, al ofrecerse en sacrificio, se convierte además en fundamento.
Para entender el Sacerdocio de Jesús, debemos retroceder a los tiempos antiguos, donde vemos en el Génesis el sacerdocio de Melquisedec que prefigura el Sacerdocio de Jesús. “Tú eres sacerdote para siempre”.
El sacrificio cruento de Jesús se realizó una vez y para siempre. Sin embargo, en cada celebración Eucarística, el sacerdote renueva, en lo que conocemos como forma incruenta, el sacrificio de Jesús. La ofrenda, bajo las especies de pan y vino, con el poder del Espíritu Santo, se transformarán en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. A este cambio en las especies se le conoce como transubstanciación. Esto solo lo puede hacer el sacerdote consagrado. Ningún laico puede hacer este milagro. Milagro de amor que el Señor nos concede para seguir alimentándonos con el Cuerpo y la Sangre divina de Jesús.
San Pablo nos dice que Jesús es la cabeza de la Iglesia, y nosotros su cuerpo. Como cabeza de la Iglesia, actúa y nos dirige, y los sacerdotes actúan en nombre de Cristo. Un ejemplo de esto es el perdón de nuestros pecados, es Cristo quien nos los perdona a través del sacerdote.
San Lucas hoy nos narra la Consagración de la primera celebración Eucarística. Y deja el mandato de seguir haciéndolo en memoria de Jesús. Y esta acción se repite en cada Misa. En cada Consagración. Y tan importante es en nuestra vida, porque es el alimento que nos da vida eterna: “El que come mi Cuerpo y bebe mi Sangre tiene vida eterna”, dice el Señor.
No existe ninguna iglesia en donde el fundador sea el fundamento. Sólo en la Iglesia Católica. Y esto es lo que hoy celebramos. Y lo debemos celebrar con gran alegría, pues este acto de amor y de obediencia de Jesús es el que hace posible tengamos vida eterna.
Antes de concluir es importante agradecer y felicitar a todos los sacerdotes que han consagrado su vida al Señor. Gracias a ellos tenemos la Eucaristía. Gracias a ellos nos podemos reconciliar con el Señor. Gracias a ellos es posible recibamos los Sacramentos. Si tienes un amigo sacerdote procúralo. Manifiéstale tu aprecio constantemente. Son seres humanos que muchas veces por la obediencia pastoral viven alejados de sus familias. También no olvidemos rezar por ellos. Ellos se sostienen en su ministerio gracias a nuestras oraciones. Hay que rezar mucho por ellos.
Les envío un fuerte abrazo y felicitación a todos los sacerdotes. Dios les conceda ser fieles administradores de la Gracia recibida y puedan conducir al cielo a todas las almas que el Señor les ha encomendado a sus cuidados pastorales.