22/05/2026
Desde niño sabía que Dios estaba conmigo. Mi nacimiento fue complicado y crecí con enfermedades y convulsiones, pero aun así sentía Su cuidado y protección. Aunque vivía rechazo y abandono por parte de personas cercanas, en mi corazón sabía que había alguien que me amaba y caminaba conmigo.
Todo cambió cuando mis padres se separaron. Eso me afectó profundamente. Bajaron mis calificaciones, me aislé y empecé a sentir un vacío enorme. Con el tiempo, ya viviendo en la Ciudad de México, me involucré en el ocultismo, la adivinación y prácticas oscuras. Todo comenzó aparentemente como un juego, incluso desde que una ouija llegó a mis manos, pero sin darme cuenta estaba abriendo puertas espirituales peligrosas.
Poco a poco mi vida comenzó a derrumbarse. Perdí trabajos, vivía en ansiedad, depresión y desesperación. Sentía que Dios ya no estaba conmigo. Fue entonces cuando comencé a clamar:
“Dios, si realmente existes, manifiéstate.”
Y Dios respondió.
Usó personas para acercarse nuevamente a mí, hasta que una compañera de trabajo me llevó a una iglesia donde tuve mi verdadero encuentro con Él.
Ese día Dios me liberó.
Recuerdo que al salir sentía que no tocaba el suelo. Él quitó cargas, opresión y todo aquello que me tenía atrapado. Mi vida comenzó a cambiar completamente. Empecé a sentirme amado, protegido y con propósito.
Después Dios me mostró algo muy fuerte: entendí que durante mucho tiempo había caminado de la mano de Satanás creyendo equivocadamente que estaba buscando a Dios. El enemigo me había confundido a través del ocultismo y falsas prácticas espirituales, alejándome de la verdad sin que yo lo comprendiera.
Tiempo después, mientras viajaba en el metro, escuché claramente:
“Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob… y tengo grandes planes para tu vida.”
Más adelante, al abrir la Biblia, Dios confirmó esa palabra a través de Isaías 43. Ahí entendí que esa era Su promesa para mí: que jamás me abandonaría y que aunque atravesara fuego o aguas profundas, Él estaría conmigo.
Hoy sé que nunca estuve solo. Dios me guardó, me sostuvo y transformó completamente mi vida. Jesús todavía sana, libera y da una nueva vida.